Tango Todo

Adán Buenosayres

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


de Leopoldo Marechal

Fragmento
Libro Quinto, Parte III

Con
los ojos puestos en el Cristo de la Mano Rota, guarda silencio Adán,
esperando un signo inteligible, un solo eco de sus voces, la sombra de
una comunicación. Pero no advierte señal alguna, como no sea el frío
estelar que parece llover desde lo alto sobre su agonía. Entonces
comienza en él un relajamiento más doloroso que la tensión. Adán ignora
que mil ojos invisibles están llorando por él en las alturas, y que los
de la espada, en torno suyo, han comenzado a mirarse y a sonreírse,
como si desde la eternidad poseyeran un secreto inviolable. Y Adán
intenta el último llamado:

– Señor, ¡no puedo más conmigo! Estoy cansado hasta la muerte. Yo…

Las campanas del cielo han comenzado a redoblar, y redoblan a fiesta.
Voces triunfales estallan en los nueve coros de arriba; porque vale más
el alma de un hombre que toda la creación visible, y porque un alma
está peleando bien junto a la reja de San Bernardo. Pero Adán
Buenosayres no las oye, y es bueno que no las oiga todavía: con sus
ojos puestos en el Cristo de la Mano Rota, vuelve a esperar el anuncio
de Alguien que tal vez lo haya escuchado. Y otra vez le contestan el
silencio que mana del cosmos, el silbo de las palmeras aventadas y el
canturreo de la lluvia. Su voluntad se quiebra entonces: desciende su
mirada, gira él sobre sus talones y permanece allí como anonadado,
frente al círculo de luz que un farol proyecta en los adoquines de la
calle. Un perrito negro anda por allí, sentándose acá y allá sobre sus
patas traseras, gimiendo y olfateando lugares, en el tormento de una
deposición trabajosa; y Adán Buenosayres, muerto para sí mismo, sigue
ahora con ojos todavía mojados las alternativas de aquel pequeño drama.
El cuzco negro se ha perdido en la noche. Adán cruza la calle Warnes y
se interna en la de Mont-Egmont: a la crisis de su alma sucede ahora un
gran silencio interior que nace del mutismo en que han entrado su
memoria, su entendimiento y su voluntad. Pero, ¿qué figura es aquella
que duerme tendida en el umbral de su casa?

– Un linyera – se responde Adán- Un pobre linyera que ha dado con sus
huesos en Buenos Aires y se tumba donde lo agarra la noche.

Llaves en mano, Adán considera ese montón de trapos y envoltorios que
se arrebuja en el umbral. Pero aquel hombre o no dormía o ha
despertado, porque ahora se pone de pie y aguarda mansamente, como si
el de aguardar fuera su gesto ineluctable. A la luz del farol
esquinero, Adán contempla un rostro de barbas cobrizas y dos ojos entre
consternados y alegres.

Nota relacionada
Autor del mes: Leopoldo Marechal – Haga click aquí

Destacados

Nuestro Hacer

Diana Alvarez

DaL Comunicacion

Migrante de Los tiempos

Municipalidad de San Isidro

Municipalidad de Vicente Lopez

Etc. Magazine Diana Alvarez (Todos los derechos reservados)
Términos y condiciones - Publicidad
Sitio producido por DAL COMUNICACION Rediseno exclusivo de Cubbo