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Adivina adivinador, ¿Qué copa va mejor…?

Fecha de Publicación: 10 - 02 - 2006.

Si de beber vino se trata, todo entendido sabrá que no es cuestión de
echar mano al primer receptáculo que encontremos en nuestro camino y
ahí sin más echar el preciado elixir, para disponernos a degustarlo.
Todo tiene un sentido y cada cosa su lugar, esta debería ser una de las
primeras premisas a tener en cuenta a la hora de servir un vino. Cada
variedad tiene sus características particulares de aroma, color, sabor,
que a partir de la copa que usemos para contenerlo, se verán realzadas,
opacadas o directamente aniquiladas.

El
tamaño y la forma de las copas afectan a la percepción del aroma y del
sabor. El tamaño es importante, afectando la calidad e intensidad de
los aromas, mientras que la forma será la responsable de la calidad e
intensidad del bouquet y de cómo llegue el flujo de vino a nuestro
paladar.

Si
usted se dispone a disfrutar de un buen vino, es importante que además
elija copas de cristal traslúcido, cuánto más fino mejor y por supuesto
sin labrar, ya que así podrá apreciar claramente el contenido y toda la
gama de matices que este despliegue.

  • Para
    vinos blancos, la copa a utilizar será de tamaño chico o mediano, lo
    que permitirá conservar siempre una cantidad adecuada de vino a la
    temperatura justa. La copa será más ancha en la base y algo más chata,
    que en el caso de los tintos, no excesivamente alta, con una boca
    amplia, que permita expandir bien y oler los aromas del vino y con un
    pie lo suficientemente largo como para que se la pueda sostener, sin
    tocar el cáliz y calentar el cuerpo de la copa.
  • De
    recaer la elección en un tinto de guarda, vinos vigorosos y con cuerpo,
    los copones o balones, serán los más apropiados ya que permitirán
    respirar al vino y abrirse en todo sus tonos aromáticos, potenciando
    los aromas de crianza.
  • Para
    los tintos en general, la copa será más grande que la de vino blanco,
    para dejar espacio para la aireación, ancha en el centro, alta y con la
    boca lo suficientemente grande como para poder introducir a la vez boca
    y nariz.
  • Y
    si la ocasión amerita champagne, destierre por completo las copas
    planas y anchas, cuyo tamaño alguna vez fue inspirado por las
    voluptuosidades de alguna cortesana y prefiera la sobriedad de una copa
    de corte recto, no tan espectacular, pero más efectiva a la hora de
    preservar todo el frenesí de las burbujas. Alta, de tallo fino, no
    excesivamente estrecha, y ligeramente más cerrada en la boca, le
    permitirá apreciar mejor el nacimiento y esplendor de las burbujas.

Pamela Bentel

Este artículo también lo puede encontrar en el Nº4
de ETC Magazine Periódico

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