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Adolescencia y posmodernidad (Segunda parte)

Fecha de Publicación: 07 - 02 - 2006.


Cambia, todo cambia…

En primer lugar, preguntarnos ¿no caemos, nosotros mismos, muchas
veces, presa de este culto al presente y a la novedad?. Si nuestros
hijos adolescentes, no nos ven disfrutar de lo cotidiano, jamás
podremos pretender que en ellos no suceda otro tanto.
En segundo lugar, presentar alternativas valiosas que suplan la avidez
por el entretenimiento fugaz. En este sentido, la lectura, el deporte,
el diálogo compartido, etc. son todos caminos que, por no gozar de la
fugacidad y la intensidad de lo posmoderno, son verdaderamente
intensos, llenan el alma y constituyen una personalidad sana.

Sin ánimo de desprestigiar a nadie ni de manifestar ningún tipo de
preferencia, traigo a colación una serie de frases publicitarias, y
sólo a modo de ejemplo, que todos hemos escuchado alguna vez: «El sabor
del encuentro es disfrutar el momento», «Coca cola es sentir de
verdad», «Milenium: un sentimiento compartido», «El placer de
manejar»… Frases como éstas son pronunciadas a diario por miles de
bocas o registradas en miles de impresiones o cámaras televisivas. En
sí mismas no constituyen material que merezca nuestra atención. Sí
interesa, en cambio, reparar en el meta mensaje que se esconde detrás
de ellas.
En efecto, si prestamos atención, notaremos que en ningún caso hacen
hincapié en las bondades del objeto que promocionan sino que se
detienen en la sensación, el sentimiento que intentan promover en la
persona que consume dicho producto. Este fenómeno se explica únicamente
si reparamos en uno de los rasgos más significativos, a mi entender, de
nuestra era posmoderna: el hedonismo o ética utilitarista, rasgo que
viene a sumarse a los de la fugacidad y el presentismo

Lo propio del hedonista es que no busca ni valora los objetos por su
bondad intrínseca sino más bien por el placer o displacer que estos le
despiertan. En un mundo hedonista notaremos siempre que la realidad
circundante es categorizada y jerarquizada en función de criterios
morales bien determinados: el «me hace sentir bien, me hace sentir
mal», el «me gusta, no me gusta» se convierten en parámetros radicales
y absolutos de discernimiento. «Si lo sentís» – diría más de uno –
«hacelo».
Los chicos, y los grandes, crecemos, nos movemos y convivimos con esta
mentalidad. Eso explica que seamos en general más «impulsivos» que
«racionales». Nos movemos más por las vivencias afectivas inmediatas
que por los mandatos de la razón. «¿Qué hay de malo en ello?»,
preguntará alguno.

La realidad es que esta cerrazón en la propia subjetividad, convierte
al hedonista en un ser egocéntrico: ha perdido su capacidad de amor
desinteresado y de auténtica apertura. Al medir los acontecimientos
exteriores en función del placer o displacer, del agrado o desagrado
que despiertan en su interior, banaliza las cosas y, lo que es más
triste, se vuelve incapaz de amar.
En efecto, todos sabemos que el amor auténtico conlleva siempre una
ineludible dosis de «oblatividad», de entrega, de apertura y aceptación
incondicional del otro y de «lo otro». El hedonista, replegado sobre sí
mismo, no llega a reconocer esta realidad. Vive en función de sí y sus
sentimientos. Si realiza gestos desinteresados, si «ama» a otras
personas, lo hace principalmente porque eso lo hace «sentir bien» no
porque de hecho le importe el otro en profundidad (claro que él no se
da cuenta de ello). Este cuadro tan alarmante debe servirnos para tomar
conciencia de la necesidad de una acción preventiva eficaz que nos
aparte del hedonismo. Propongo, pues, a continuación un par de
«remedios» que -espero- aporten líneas de acción concretas. En primer
lugar, corresponde educar y educarnos en la vivencia de una sana
afectividad. Una vida guiada por impulsos es una vida de «bestias»; una
vida guiada por una fría inteligencia es una vida meramente «digital».
En ninguno de los dos casos estamos en presencia de un auténtico
humanismo.

Se trata más bien de
«ordenar» la afectividad, de «encauzarla» hacia valores o fines
verdaderamente nobles, haciendo que la razón guíe y modere los propios
impulsos atendiendo siempre al orden intrínseco de las cosas. En
segundo lugar, corresponde educar y educarnos en la «oblatividad». Ya
lo había notado Kierkegaard: la puerta de la felicidad se abre hacia
afuera y a quien intenta «derribarla» se le cierra con llave. Cuanto
más ansiamos nuestra felicidad, más se nos escurre. Por el contrario,
cuanto más ansiamos la felicidad del otro, más felices somos. Esta es
la paradoja más radical de la existencia humana. De allí la infatigable
necesidad de educar a los adolescentes y de educarnos en la autentica
«oblatividad».

Lic. Nora Londeix
www.londeix.com.ar

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