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Adolescencia y posmodernidad

Fecha de Publicación: 07 - 02 - 2006.


Cambia, todo cambia…

Entender la posmodernidad cuando uno está inmerso en ella es tarea poco
sencilla. Confieso que incluso hoy, cuando me propongo desarrollar este
tema yo misma sigo preguntándome ¿Qué es la posmodernidad?. Puede uno
definirla a la usanza de los manuales como «aquel movimiento cultural
que surge a mediados del siglo XX como contrapartida de los ideales
propios de la modernidad», aunque con esto cual apenas estaríamos
introduciéndonos en el tema.
La posmodernidad es mucho más que eso: abarca una multiplicidad de
fenómenos de todo tipo (artísticos, económicos, políticos, sociales,
filosóficos, étnicos, etc) y lo más importante, influye en nuestras
vidas de múltiples maneras. Por eso, más que dar una definición,
conviene enumerar algunos de los rasgos dominantes que la caracterizan,
como ser la fugacidad, el culto al presente, la desorientación producto
del escepticismo, el hedonismo, el individualismo, etc…
Uno de los rasgos más salientes es, a mi entender sin lugar a dudas, el
de la fugacidad. Todo en la posmodernidad es rápido, todo es
descartable, recargable, reciclable. Lo posmoderno está destinado a
durar poco tiempo y a variar infinidad de veces. Esto, que viene de la
mano con los enormes adelantos en el campo de las comunicaciones y de
la producción de bienes y servicios, ejerce gran influencia sobre las
personas y sus relaciones. Es que los tiempos y modos humanos no
siempre son los de las máquinas. Los adolescentes – y nosotros mismos –
acostumbrados al ritmo de lo fugaz, tendemos a aplicar estos esquemas
en campos en que no deberían tener cabida. Hoy por hoy, es el
movimiento y no la estabilidad lo que ejerce mayor atracción, es lo
inusitado y no lo cotidiano lo que cautiva.
El hombre posmoderno ha perdido así la capacidad de gozar de la rutina.
Vive ansiando las vacaciones, vive soñando y anhelando una novedad que
irrumpa en lo cotidiano.
Es fácil, pues, imaginar las consecuencias de esta actitud en la vida
del adolescente: sus relaciones interpersonales comienzan a hacerse
endebles, su atención se vuelve fragmentaria y poco sostenida, la
paciencia frente a las dificultades y carencias propias y de los demás
empieza a perderse, su vida transcurre bajo la amenaza de la
inconstancia y la dispersión. En estrecha relación con la fugacidad y
como consecuencia de ella, la posmodernidad rinde un culto devotísimo
al presente.
Este «presentismo» posmoderno tiene que ver con el deseo de disfrutar
del momento actual, que se presenta bajo la amenaza de un cambio
súbito. Cada uno de nosotros tiene grabada en su mente la siguiente
consigna: «si no aprovecho ahora, en poco tiempo habré perdido la
oportunidad».
¡Qué difícil y a la vez qué necesario es, en este contexto, educar al
adolescente para que logre armar y luchar por un proyecto sólido!
Pues, todo proyecto supone siempre alguna renuncia al bien inmediato en
función de un bien superior que se vislumbra en el largo plazo. En todo
proyecto se precisa superar progresivamente ciertas adversidades,
cumplir con ciertas pautas, a fin de alcanzar adecuadamente el bien
prometido.
Luego de estas breves reflexiones, merece preguntarnos qué
responsabilidad nos cabe a los adultos en este contexto.

Este será el tema de una próxima entrega.

Lic. Nora Londeix
www.londeix.com.ar

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