Tango Todo

Adolfo Bioy Casares

Fecha de Publicación: 02 - 03 - 2006.

Nació en Buenos Aires, Argentina, el 15 de Septiembre de 1914 y falleció en
la misma ciudad el 8 de Marzo de 1999

Escritor precoz, a los once años ya había escrito su primera novela;
“Iris y Margarita”.

Perteneció a una familia acomodada y se movió siempre en una elite social de
clase alta, en donde conoció a quien sería su esposa: la escritora Silvina
Ocampo, hermana de la destacada Victoria Ocampo. Su amistad con Jorge Luis
Borges la compartió en la vida y también en las letras.

Fue un empedernido viajante, dejando interesante testimonios de sus viajes.
Alentado por su esposa se vuelca de pleno a su actividad de escritor. Su prosa
relata primordialmente historias de amor e intrigantes novelas policiales.

Entre otros premios y galardones, recibe en 1975 el Gran Premio de Honor de la
SADE, en 1981 es nombrado Miembro de Legión de Honor de Francia y en 1986
Ciudadano Ilustre de Buenos Aires.

En 1991 se le otorgó el Premio Cervantes, y en 1992 el Premio Consagración
Nacional. Fue designado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires (1986)
y Miembro de Honor del Pen Club en ese mismo año. Doctor Honoris Causa de la
Universidad de Chieti (Pescara-Italia) en 1988 y Doctor Honoris Causa de la
Universidad Stendhal (Grenoble-Francia 1993).

En Argentina, su país, recibe reiterados reconocimientos de la Fundación
Konex, entre ellos el Konex de Brillante 1994 y el Konex de Platino 1984.

Algunas de sus obras:

Novelas:
“Plan de evasión” (1945), “El sueño de los héroes”
(1954),
“Diario de la guerra del cerdo” (1969), “Dormir al Sol”
(1973),
“La aventura de un fotógrafo en La Plata” (1985),
“Un campeón desparejo” (1993).

Cuentos:
“Prólogo” (1929), “17 disparos contra el porvenir”
(1933),
“La estatua casera” (1936), “La trama celeste” (1948),
“Las vísperas de Fausto” (1949), “El lado de la sombra”
(1962), “El héroe de las mujeres” (1978), “Historias
desaforadas” (1986).


DISCURSO DE ADOLFO BIOY CASARES
EN OCASIÓN DE RECIBIR EL PREMIO CERVANTES

Antes de leer el Quijote, en dos ocasiones tomé la pluma para escribir
literariamente. En la primera lo hice para llamar la atención de una
muchacha; en la segunda para imitar a Conan Doyle y a Gaston Leroux. Debo
aclarar que en aquella época mis ambiciones no eran literarias.
Lo que yo realmente quería era correr cien metros en nueve segundos y ser
campeón de box y de tenis.
Cuando leí el inolvidable comienzo y todo aquel primer capítulo que nos
refiere cómo era Don Quijote, dónde y con quiénes vivía, sentí una emoción
muy fuerte. Había en ella un dejo de ansiedad, porque Don Quijote abandonaría
esa vida apacible, para salir en busca de aventuras, y una fascinación que
probablemente el despreocupado tono del relato exacerbaba.
Si mal no recuerdo, antes de concluir el primer capítulo supe que yo quería
ser escritor. Sin duda lo quise para contar, en tono despreocupado, historias
de héroes que dejan la seguridad de su casa o de su patria y el afecto de su
gente, para aventurarse por mundos desconocidos. No tardé ciertamente en
emprender la composición de una larguísima novela, en cuyas páginas
iniciales un joven español llegaba a Buenos Aires para hacer la América.

Nuestro futuro es inescrutable y los caminos de la vida trazan extraños
dibujos. Quién me hubiera dicho que al cabo de 60 años felices, ocupados en
contar historias, yo recibiría el premio que lleva el nombre del querido
escritor que me inició en las letras.
Tengo por afortunada casualidad la circunstancia de que mi primera ambición
literaria no haya sido de gloria, sino de suscitar algún día en los lectores
una fascinación como la que despertó en mí una novela. Quien aspira a la
gloria, piensa en sí mismo y ve a su libro como un instrumento para triunfar.
Sospecho que para escribir bien, debemos pensar en el libro, no en nosotros.

Poco tiempo después, en una antología escolar, encontré las coplas de Jorge
Manrique A la muerte de su padre. Con emoción jubilosa admiré el fluir de
los versos y escuché la tranquila enunciación de las inexorables verdades de
nuestro destino. Diríase que la conjunción de limpidez poética y de
veracidad profunda no dejaron lugar para que la tristeza del tema me
acongojara. Vi en el poema cuanto parecía confirmar mi convicción de que la
vida es para una sola vez y que por ello debemos estar atentos mientras la
recorremos. Reparé asimismo en los versos que podían servirme de talismanes
contra la vanidad. Desde luego, los de la primera estrofa, pero también:

¿Qué se fizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿Qué se fízieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención,
como trujeron?

En aquellos días, mi plan de trabajo consistía en leer todos los libros y
escribir otros tantos. Como la novela en preparación postergaba las historias
que se me ocurrían, la hice a un lado y, con alivio, me puse a escribir un
libro de relatos que no gustó a nadie. Borges atribuyó mis errores al
apresuramiento; no me dejé engañar por su generosa hipótesis: comprendí
que los errores provenían de la inmadurez de mi criterio. Para mejorarlo
estudié manuales de técnica literaria y, cuando descubrí Agudeza y arte de
ingenio de Gracián, proyecté un libro similar.

Muy pronto hubo un cambio de planes. Yo publicaría un arte de escribir, a
imitación de uno “en veinte lecciones” de Valbuena, que me prestó
mi tío Miguel Casares. Estaba seguro de que en el análisis de los errores
cometidos en mi libro de relatos, encontraría leyes valiosas. Debió de
parecerme que nada mejor podía hacer con mi experiencia de fracaso como
escritor, que emplearla para la composición de un arte de escribir. No me
pregunté qué opinarían los lectores.

En una tarde muy lejana, mi padre me habló de fray Luis de León; se refirió,
conmovido, a las famosas palabras “como decíamos ayer” y recordó
estrofas de Vida retirada.

No creo haber olvidado esos versos. Fray Luis no proponía tópicos retóricos;
decía las verdades que yo quería oír. Mostraba cuán insustanciales son los
triunfos de la vanidad y recomendaba la vida retirada. A ésta la interpreté,
primero, como una isla remota y solitaria, a la que nunca llegué, salvo en
mis novelas; después, como la casa de campo donde viví durante cinco años;
por último, como la vida privada, que llevo mientras puedo.

De los poemas de fray Luis pasé a sus hermosas traducciones de Horacio. Una
lectura lleva a otra: la suerte me deparó Horacio en España, el encantador
libro de Marcelino Menéndez y Pelayo. En sus páginas se cotejan traducciones
de Horacio por numerosos escritores españoles, portugueses y
latinoamericanos, de diversas épocas. Este cotejo, en el que participé como
lector, me pareció un utilísimo ejercicio literario. Las traducciones de los
Argensola me agradaron particularmente, pero la mayor revelación para mí fue
la espl
éndida Epístola a Horacio de Menéndez y Pelayo. Asombra cómo, para
la fama, un mérito oculta a otro. Porque se admira en Menéndez y Pelayo al
erudito, se le olvida como poeta. Carta a unos amigos de Santander para
agradecerles el regalo de una biblioteca es otro poema suyo que siempre releo.

De este modo, con aciertos de lector y con errores de escritor, fui internándome
en el ancho mar de la literatura o, para saludar una vez más a don Marcelino,
en El ancho mar de Píndaro y de Safo.

Doy las gracias a sus majestades los Reyes, que honran con su presencia este
acto; a quienes me confirieron el premio y a quienes ahora me acompañan tan
amistosamente; a los colegas y a los periodistas de España, de nuestra América
y de mi país que, al enterarse de la decisión del jurado, escribieron sobre
mí y sobre mis libros, con una generosidad que nunca olvidaré; a los amigos
que me hicieron sentir que se alegraban aún más que yo; a mucha gente que
por las calles de Madrid y, después, por las calles de Buenos Aires, me
detuvo para felicitarme. Quiero también expresar mi gratitud a un escritor
que no está aquí, pero que está presente: Cervantes, a quien le debo la
literatura, que dio sentido a mi vida.

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