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Aldo Garrido:un héroe que dejó su vida por los sanisidrenses

Fecha de Publicación: 19 - 02 - 2009.

Fue un héroe de todos los días para una ciudad que no tiene consuelo.
En San Isidro valoraban sus consejos, cuidados y buen humor; con él la gente se sentía protegida

No había vecino o empleado de comercio que ante la posibilidad de una emergencia no tuviera el celular del suboficial mayor Aldo Roberto Garrido, aunque para la gente de San Isidro él era, simplemente, Garrido. Un policía de 61 años, a la vieja usanza, protector, carismático y solícito. Tenía 31 años de servicio y una foja impecable. Era respetado, querido y conocido por casi toda la comunidad.
Hacía más de 30 años también que estaba abocado a patrullar el centro comercial sanisidrense. "Mi hogar", llamaba él a esta localidad, donde se había radicado tras abandonar su Tucumán natal, a donde enviaba parte de su sueldo, de algo más de 3000 pesos. Había nacido un 15 de mayo de 1947, día de San Isidro Labrador, en un pueblito serrano, curiosamente llamada San Isidro de Lules.
Su vínculo con la gente a la que instruía con consejos preventivos era tan fuerte como el afecto que por sus valores éticos y humanos supo ganarse de todos los que lo trataban.

Vecinos de todas las edades lo lloraban sin consuelo y la congoja era tal que en el lugar donde fue asesinado, ahora con las cortinas bajas, se apilaban las cartas de gratitud, las semblanzas improvisadas y los ramos de flores, que el florista, Roque Paz, se cuidó de no cobrar. "Si son flores para nuestro héroe Garrido, llévelas nomás", arengaba. Allí también se exhibían los versos que le dedicó un vecino inspirado: "Presentación impecable/ nada escapa a su atención/ comercios, gente, vehículos/ forman su mundo interior/ cuidado, doña Margarita/ la cartera nunca atrás/ evite así que la roben/ o que la puedan golpear ".
Garrido conocía cada negocio, los movimientos de sus empleados y hasta los nombres de los familiares y amigos de los comerciantes. Desde el año pasado, estaba en condiciones de jubilarse, pero había preferido seguir en actividad. Tenía claro que su misión era proteger a la comunidad.

"Mientras yo daba clases, Garrido paseaba a mi hijo, que hoy tiene 20 años", lo pintó Silvia Sánchez, sin poder contener el llanto. A su lado, se escuchaban las "hazañas" de ese hombre "impar, noble y alegre, casi un emblema de este barrio como es el mástil de la calle Belgrano", según lo describían los vecinos.

"Cuando Garrido veía niños descalzos o hambrientos enseguida cruzaba a algún bar, los alimentaba y después los llevaba a la zapatería. Pero si veía jóvenes descarrilados, les hablaba hasta convencerlos de que debían estudiar o hacer algo productivo", lo recordó Valeria Coolter.

Ayer la gente acariciaba su foto, pegada en las vidrieras de los locales. "Chau, amigo, padre, tío, porque para esta comunidad fuiste todo eso y mucho más", le escribían.

Católico devoto, puntilloso en su aspecto personal y en su estado físico -ya que "para pertenecer a la fuerza se debe estar bien entrenado", solía decir-, Garrido, adepto a la metafísica, se aferraba al pensamiento positivo como filosofía de vida. Aconsejaba a sus conocidos que ante un mal trago había que "sonreír y moldear la mente con lindos pensamientos, ya que uno atrae lo que piensa".

Soltero, no tenía hijos. Pero hacía años que compartía su vida con Marta Barbieri. Quienes lo conocían bien aseguran que como policía se regía por el principio de valorar la vida del semejante como un don preciado. Por eso, jamás había disparado su arma, afirmaron los vecinos, que lo recordaron así: "Es increíble como una sola persona hacía sentir segura a toda una comunidad".

Loreley Gaffoglio
LA NACION

www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1100885

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