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Alejo Carpentier

Fecha de Publicación: 02 - 03 - 2006.

Alejo Carpentier es uno de los más importantes escritores y musicólogos
hispanoamericanos. Hijo de un arquitecto francés establecido en las
Antillas y de una profesora rusa, nació en La Habana el 26 de diciembre de
1904
Lo americano es el basamento de toda su obra ,la que se manifiesta
expresando lo que el propio autor denomina “lo real maravilloso”, lo que
se ha definido como realismo mágico. En donde se busca mostrar la magia que
late en la aparente rutina, de hallar lo maravilloso que existe en lo real.
Obtuvo reconocimientos mundiales por su obra, entre ellos los Premios
Internacional Alfonso Reyes, en 1975 y el Miguel de Cervantes, en 1978.
Falleció en París en 1980

Obras principales

Novela:

Ecué-Yamba-O
El reino de este mundo
Los pasos perdidos
El siglo de las luces
El recurso del método
Concierto barroco
El arpa y la sombra
La consagración de la primavera

Relato:

Guerra del tiempo

Ensayo:

El amor a la ciudad
Tientos y diferencias
Razón de ser
Visión de América

Investigación:

La música en Cuba

Teatro:

La aprendiz de bruja

Varios:

Crónicas
Ese músico que llevo dentro
Letra y solfa


Los Pasos Perdidos
(Fragmento del capítulo XXVIII)

La canoa roza los troncos y tengo, a veces, que apartarla afianzando en un árbol
la punta de un machete. Pero ahora la busca de la señal sobre esa inacabable
sucesión de troncos todos iguales me produce una suerte de mareo. Y me digo,
sin embargo, que el empeño no es absurdo: en ninguno de los troncos ha
aparecido nada semejante a las tres V superpuestas. Ya que existen y que lo
escrito sobre una corteza nunca se borra, habremos de encontrarlas. Navegamos
durante media hora más. Pero he aquí que surge de la selva un espolón de
roca negra, de tan quebrado y singular dibujo, que de haber llegado hasta aquí
la otra vez lo recordaría ahora. Es evidente que la entrada del cañón ha
quedado atrás. Hago seña a Simón, que hace virar la barca en redondo y
empieza a desnavegar lo navegado. Me imagino que me está mirando con ironía,
y esto me irrita tanto como la propia impaciencia. Por lo mismo, le vuelvo las
espaldas y sigo examinando los troncos. Si he dejado pasar la señal sin
verla, ahora que seguimos la valla vegetal por segunda vez habré de
advertirla por fuerza. Eran dos troncos, erguidos como las dos jambas de una
puerta estrecha. El dintel era de hojas, y a media altura, sobre el tronco de
la izquierda, estaba la marca. Cuando comenzamos a bogar, el sol nos daba de
lleno. Ahora, remando en sentido inverso, estamos en una sombra que se alarga
sobre el agua cada vez más. Mi angustia crece ante la idea de que caiga la
noche antes de haber hallado lo que busco y tengamos que regresar mañana. El
percance, en sí, no sería grave. Pero ahora me parecería de mal augurio.
Todo ha marchado tan bien últimamente que no quiero aceptar tan absurdo
contratiempo. Simón me sigue considerando con irónica mansedumbre. Al fin,
por decir algo, me señala unos árboles idénticos a los demás, preguntándome
si la entrada no sería por aquí. “Es posible”, le respondo,
sabiendo que ahí no hay señal alguna. “Posible no es palabra de
tribunal”, comenta el otro, sentencioso, y al punto caigo sobre una borda
de la barca, que ha ido a meterse , de proa, en una red de lianas. Simón se
levanta, toma el botador y lo hunde en el agua, buscando apoyo en el fondo,
para echar la canoa atrás. En aquel instante, en el segundo que tarda la vara
en mojarse, comprendo por qué no hemos encontrado la señal, ni podremos
encontrarla: el botador, que mide unos tres metros de largo, no encuentra
tierra donde afincarse, y mi compañero tiene que atacar las lianas a
machetazos. Cuando volvemos a bogar y me mira, ve algo tan descompuesto en mi
rostro que acude a mi lado, pensando que me ha ocurrido algo. Yo recordaba que
cuando habíamos estado aquí con el Adelantado, los remos alcanzaban el fondo
en todo momento. Esto quiere decir que sigue desbordando el río, y que la
marca que buscamos está debajo del agua. Digo a Simón lo que acabo de
entender. Riendo me responde que ya se lo figuraba, pero que “por
respeto” no me había dicho nada, creyendo, además, que al buscar la señal
yo tenía en cuenta el hecho de la creciente. Ahora pregunto, con miedo a la
respuesta, demorando en las palabras, si él cree que pronto habrán bajado
las aguas lo suficiente para que podamos ver la marca como yo la vi la vez
anterior. “Hasta abril o mayo”, me responde, poniéndome en
presencia de una realidad sin apelación. Hasta abril o mayo estará cerrada,
pues, para mí, la estrecha puerta de la selva. Me doy cuenta ahora de que
después de haber salido vencedor de la prueba de los terrores nocturnos, de
la prueba de la tempestad, fui sometido a la prueba decisiva: la tentación de
regresar.

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