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Alfredo Volpi 50 años de pintura

Fecha de Publicación: 11 - 04 - 2007.

El MALBA abre su temporada 2007 con una magnífica exposición de la obra de este artista brasilero del que muchos –críticos, historiadores, teóricos y artistas- habrán coincidido con Mário Pedrosa cuado, en 1957, dijo que era “el maestro de su época”.

“Freude, schöner Götterfunken,
/Tochter aus Elisium, /Wir betreten feuertrunken/Himmlische, dein Heiligthum” (Alegría, Luz Divina, /del Elíseo dulce lar, /inflamados alleguemos/Diosa, a tu celeste altar), cantan los versos del poeta alemán Fridrich Schiller, inmortalizados por el Genio de Ludwig Van Beethoven en el final de su famosa Novena Sinfonía en re menor; versos que ilustran los ideales de un iluminismo romantizado y a los que remite la obra del gran pintor ítalo-brasilero Alfredo Volpi, que –a diferencia de la mayoría de los pintores contemporáneos- supo alejarse de ese crudo sentimiento existencialista que caracterizó a un siglo marcado por dos guerras inútiles y devastantes. Nacido en 1896 en la ciudad italiana de Lucca, pero instalado a los dos años en Brasil, conservó siempre su espíritu peninsular -de hecho jamás se naturalizó, muriendo en 1988 como ciudadano italiano-, adquiriendo a la vez el ethos brasilero, hasta tal punto que su obra fue considerada por muchos críticos e historiadores como el prototipo de la pintura nacional brasilera. 

Friedrich Nietzsche, en su libro “El Origen de la Tragedia”, distingue dos nociones estéticas: lo apolíneo está ligado a la razón y a la ciencia, a la mensura y a la belleza, a la estaticidad y a lo inteligible; lo dionisiaco, en cambio, se relaciona con la embriaguez y la desmesura, con lo irracional, con lo instintivo. Volpi es más bien un apolíneo con un dejo dionisiaco. Es justamente su racionalidad apolínea la que –como a Mondrian, pero de forma un poco más lenta y progresiva- lo hizo caminar de la figuración paisajística hacia la abstracción geométrica. Sin embargo –y a diferencia de Mondrian- Volpi fue siempre un pintor-obrero, alejado de los intelectualismos estéticos propios de su época. Es por este motivo que, a pesar de haber expuesto con los concretos brasileros (que consideraban a la obra de arte como un mero producto), se negó a adherir a dicho movimiento que tan de moda estaba en aquel momento: Volpi no entrará nunca en el juego dialéctico de la pintura auto-referencial; para él el arte no es un discurso esteticista (como lo es para el movimiento concreto), sino una forma de expresión (y he aquí su dejo dionisiaco).
Volpi fue un autodidacta –influido únicamente por Giotto y por los pintores del Quattrocento de su país natal-, que inició su carrera como pintor-decorador, pasando por el impresionismo tardío, por la figuración, para llegar –siguiendo su propio camino y exento de influencias externas- a la abstracción geométrica y volver, luego, a una figuración concebida de forma muy distinta a la inicial. Como afirmó alguna vez, por allá por los años sesenta, Willys de Castro: “Volpi pintaba volpis”, y no pudo –por sus condiciones- haber pintado otra cosa.

Santiago Federico Richetti

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