Tango Todo

Amanecer Rutinario

Fecha de Publicación: 03 - 03 - 2006.

Igual que Norberto, me pregunto muchas veces ¿Dónde esta?
Será solamente una palabra, la hermana hermosa.
La libertad.

A.C.

Poner el mundo a mi lado y medirme. ¿De qué sirve? Está bien, lo
reconozco, soy lo que soy y no otra cosa. Nada cambiará ni nada justificará
los caminos equivocados por los que he andado. Son equivocados hoy como también
lo fueron ayer. Pero se trata de la convivencia con uno mismo compararse con el
mundo, actuando éste de causa de justificación y por ende transformándome
en un ente libre de culpa y cargo.
La almohada sabe que no es así y siempre me moja la oreja, obligándome a
confesar. Con ella intento ser más sincero. Pareciera ser que sabe un poco más.
Mi testimonio tiende a aclarar pero sigue sonando a justificación. ¿¡Cómo
podría saber yo lo que estaba bien o lo que estaba mal!? Pero pronto mis
cabellos tiraron enigmáticamente mis raíces. Está bien, mi naturaleza a ello
tendía… a la verdad. Me pregunte ¿Realmente no sabía el bien o el mal? No
podía más. Me senté en la cama porque tanta sangre en la cabeza me hacía
mal. Podía ser que sabiendo que estaba mal, incluso sabía que no me podían
culpar. Empiezo a pensar que esa mojada de oreja por la madrugada era lo mejor
que me podía pasar en el día, y recién empezaba. El espejo reflejaba la peor
parte de mí y yo estaba dispuesto a aprovecharlo. Este mismo me comentaba
mientras el jabón corría por mi cara, lo duro que puede ser saber que la
voluntad no está lavando los platos en el hogar de tu ser. Suelo ponerme en una
situación de inferioridad frente al espejo. Su voz inconscientemente me
intimida, y su mirada de sabiduría eterna, a la vez me inspira confianza.
Saborear el té amargo me hacía pensar en las tristezas que provoca el camino
de al lado. Entiéndanme, es mucho más difícil. Es pensarme un oso despierto
durante el invierno y dormido durante el verano. ¿Cuál es la referencia a la
que nos tenemos que atener? Sin quererlo ni antojarlo, las manchas de té sobre
la taza vacía creaban unas formas sumamente extrañas. Sin creer, ni mucho
menos en que esas manchas eran el mapa de mi destino, observaba al peculiar. Veía
en ellas un grupo de álamos inclinados hacia un mismo lado. Dejé volar un poco
mi cabeza, e imaginé un día ventoso sobre el campo despejado, en el cual esos
pobres árboles no podían hacer otra cosa que sufrir los avatares de las impías
ráfagas. Todos y cada uno de ellos, a causa del viento se veían arrastrados
hacia la derecha, haciendo presumir que ninguno podía hacerle frente al gran
dios Eolo. Solo uno de ellos muy protegido por los demás se mantenía inmune a
los ataques naturales. El pobre álamo miraba el incomprensible comportamiento
de sus pares y al verse en una actitud diferente se empezó a preocupar.
Mientras tanto los otros no pensaban nada, si bien o mal, tan solo inevitable.
Sorprendido por mi lograda imaginación, no entendí por qué termine pensando
en eso. Tan solo encendí la radio. La misma me recomendaba salir con paraguas
por la lluvia, con cuidado por la inseguridad y con tiempo por el tráfico
de autos. Las propagandas me convencían de lo agitada que era mi vida, por lo
que necesitaba un teléfono celular, sabía que no me gustaban los yogures ácidos,
me decía que estaba gordo, que mi computadora era lenta y que la cerveza que
tomaba no era la más rica, conviniéndome tomar la que ella me decía.

¡Ay, Ay, Ay!, que mañana más rara, que mundo más raro. No sé porque
me justifico, no sé si me justifico, creo que el mundo me justifica, consolándome
como los álamos se consolaban frente a la inevitabilidad de inclinarse por la
fuerza del viento… el viento… el viento.

Nestor Sánchez Otharán

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