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Amor de cóctel – Oswaldo Mantilla Aguirre (Cuento)

Fecha de Publicación: 12 - 02 - 2007.

Amor de cóctel
Por Oswaldo Mantilla Aguirre
Cuento del libro RE-CUERDOS.

Es sencillo reconstruir el amor o levantarlo cuando se propone y se quiere llegar a lo más profundo y directo. Poner ganas en hacerlo, eso es todo, le decía Eulalio a Juan, su amigo del alma, con quien llegó a tener una buena amistad y compartir cada momento de sus vidas tan similares y distintas a la vez.

 Juan y Eulalio vivían en las afueras de la ciudad capital, en una casa de material mixto (tapial y bloque). Llegaron con grandes ilusiones a forjarse un porvenir y más que todo salir del letargo de viven las personas encerradas en sus pueblos esperando los cambios prometidos. También pensaban en conseguir a su “media naranja”, una mujer que les haga sentir que están vivos.

 Don Armando, el propietario de la casa de alquiler, vive desde su niñez en la capital, sus padres emigraron cuando él apenas tenía dos años. Se casó con una joven profesora que la conoció en la escuela.

 Dos cuartos, suficiente para los fuereños, “alquilaban” al viejo Armando, dueño de la vetusta casa. A las seis de la mañana les despertaba con su bastón para que no se atrasen al trabajo. Era más que un padre para ellos.

Todas las mañanas solían salir juntos a cumplir con la rutina diaria, Eulalio en una ferretería de su tío Aníbal y Juan como ayudante de una oficina jurídica, eran los sustentos de sus escuálidas economías. A pesar de la situación tan apremiante que vivían no se amilanaban por nada y más bien era pretexto para ser cada día mejores.

El fin de semana, se preparaban para ir a practicar el kárate, que tanto les fascinaba y como decían a mandíbula llena, ser unos hombres-duros o super-ninjas, para no estar sujeto a los robos y amenazas. Dos horas de intenso ejercicio físico les esperaba cada sábado.

 Oye Eulalio, que te parece la chica de la tienda del viejo Felipe.

No me gusta para nada, además el viejo nos odia por lo que le hicimos a su perrita esa noche que llegamos de madrugada. ¿Te acuerdas?, cómo saltaba la condenada perra con las latas colgadas en su rabo.

Pero de todas maneras voy a hacer el intento.

Si quieres tener una buena mujer, comienza con una aventura, ya verás por qué te digo, le sentenciaba Eulalio, mientras caminaban con rumbo a las clases sabatinas de Kárate, en una de la tantas “academias” instaladas en centro de la ciudad.

¡El mejor sitio para buscar peladas está en las instituciones culturales. Ahí “aterrizan” las guambras laic! Así que te espero cualquiera de estas noches para llevarte, Juan.

No te creas Eulalio, allí solo paran gente intelectual y preparada. ¡Yo qué voy a hacer en esos sitios!

No importa, además cualquier pretexto es bueno. ¿No crees?, te lo digo porque he visto y debes saber que no tenemos más una sola vida, o como decía mi abuelo, “chulla vida, no la mates tan pronto”.

Está bien Eulalio, pero, antes que nada, me haces acuerdo para poder salir con tiempo y buscar algunos centavos y si puedo una buena parada; así hasta me impresiono yo mismo.

Juan tenía locas ilusiones de asistir a uno de los tantos eventos culturales que se dan en la ciudad, para “pescar” una pareja por cuanto la eterna juventud como él decía se le estaba terminando. Sin necesidad de consultarlo o averiguarlo, se podía notar en sus interminables vueltas.

Los años seguían pasando y el joven Juan, se imaginaba a su futura mujer, de tendencia conservadora y chapada a la antigua, para consuelo de sus padres. Pero la vida le dio sorpresas.

Acosado por toda la familia, buscó su refugio en todo evento cultural. Al asistir a una exposición, se veía como pez fuera del agua, es decir acabado, exterminado, no era su mundo, lo poco o nada que entendía tenía que ver con los cuadros tipo paisaje.

 

Para no más de buscar una chica, lo que uno debe hacer y pasar estos momentos. Espero salir bien librado, y no meter la pata, para que la media naranja aparezca y poder enjugar nuestros sentimientos.

Era curioso ver a Juan parado en la esquina, a una cuadra del local, hojeando la sección cultural del periódico y conocer de alguna exposición, presentación de libro o algo parecido. Luego se sumergía en la lectura de un comentario que hacía referencia del evento en cuestión.

Al acercarse la hora cero, Juan caminaba presuroso tras un grupo de gente que se dirigía al evento. Como un gran conocedor de las pinturas expuestas, se detenía a observar una a una  las obras, pero no las entendía.

Disculpe señor, ¿es usted pintor?

Este, no soy pintor.

Entonces le gustan las obras,

Claro, además me gusta la técnica.

Qué técnica es esta?

Bueno, una técnica actual. Y usted señorita frecuenta estos lugares.

Solo quise escampar de la lluvia, y como sigue lloviendo, aproveché la ocasión para ingresar y observar los cuadros.

Disculpe por no presentarme. Soy Juan

Mucho gusto, me llamo Anita.

Poco a poco mientras servían los coctelitos, fueron ampliando sus diálogos y conociendo sus gustos, que terminó en una cita especial, un fin de semana en el Panecillo.

Nunca se imaginaron los dos que durante varios años vivían en el mismo barrio, mucho menos que eran afuereños. La copiosa y animada tertulia les brindó la ocasión para deshojar sus vidas tan parecidas por ser ambos inquilinos de la ciudad capital.

Juan un espigado muchacho del norte del país, viajó a la capital en busca de terminar sus estudios secundarios y seguir alguna profesión que vaya con el pedido de su padre y así regrese a su tierra para ponerlo en práctica. Anita, en cambio llegó a Quito, en busca de trabajo para sostener a su madre y sus hermanitos que se quedaron sin padre. Se propuso buscar ese sustento a como de lugar, en buenas palabras por supuesto.

Este primer cóctel le permitió a Juan formalizar una relación de pareja con Ana, que terminó muy pronto al fallecer ella en un accidente de tránsito cuando se dirigían a sus casas.

 

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