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Anillo de Humo

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


Por Silvina Ocampo

A José Bianco

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la
calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un
perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil.
El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la
vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste
el dolor del perro para admirar la belleza de Gabriel.

­¡Degenerado! ­exclamaron las personas que te acompañaban.

Amaste su perfil y su pobreza.

Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las
caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y
juguetes para los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva
lluvia aparecieron. Alguien dijo:

­Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta.
Es un sinverguenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos
mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.

Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.

Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al
panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la
esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos
quintas: la quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde
vivías.

Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para
ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te
gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te
reclinabas sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con
tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a
Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio
podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de Gabriel las
obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.

Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en
vano. Ellas no conocían los misterios del amor.

Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De
lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o
como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera
prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A
veces, en el camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta
entre tus dientes, te recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodíllada
en el suelo.

Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel
inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu
bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos.
Después fumaban, mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con
el humo y te los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan
parecidas a las escenas de amor, iban penetrando en tu corazón
apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para encenderlos. Otra vez
encendiste un cigarrillo y se lo diste.

Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de
matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu
madre. Era de ti que hablaban.

­Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del
guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero
por cinco centavos. Hay que ponerla en penitencia.

­Son cosas de chica, no hay que hacer caso.

­Tiene once años ya­dijo tu madre.

No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. Fingías
dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar,
llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.

Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de
Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén
hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había
dicho palabras obscenas o con doble sentido.

Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu
anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.

­Vamos ­le dijiste- a las vías del tren.

­¿Para qué?

­Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.

Verdad y mentira salían juntas de tus labios.

Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a
las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te
arrodillaste sobre las piedras.

­¿Dónde perdió el anillo?­te preguntó, arrodillándose a tu lado.

­Aquí­dijiste, apuntando el centro de los rieles.

­Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí ­ exclamó
con desdén.

­Quiero que nos suicidemos ­le dijiste.

Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las
sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas
pasaron sobre tu cuerpo.

Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste
dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira
un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos
sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a
las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba
la pobreza.

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