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Arte Callejero

Fecha de Publicación: 20 - 10 - 2008.

Una tendencia con influencias norteamericanas. Color e ideología en las paredes de la ciudad. Grupos de artistas pintan en la calle de manera anónima y cada vez más sofisticada.

Las paredes de Buenos Aires están llenas de pintadas ilegales que son verdaderas obras de arte: las pinturas murales anónimas. Esto forma parte de una movida que llega a Argentina. 

En Norteamérica se conoce como "street art" o arte de la calle: son intervenciones pintadas sobre muros públicos sin permisos formales, que irrumpen en el espacio de la ciudad.
Graffitis (frases en aerosol que juegan con la tipografía), "tags" (firmas en aerosol que sirven para dejar una marca en el espacio urbano) y diversos signos de las distintas tribus de jóvenes comenzaron a aparecer por toda la ciudad luego de la movida que los stencils (o impresiones hechas con aerosoles) y las pintadas a brocha gorda realizaron en los años siguientes a la crisis del 2001.
Después de esa fecha, y por un par de años, la calle también tomó protagonismo por medio de pintadas, que eran casi exclusivamente políticas, parte de una lucha social y comunitaria. Estos murales, graffitis, tags y stencils que están apareciendo hoy responden a otras necesidades, no ya de reclamo, sino sobre todo de expresión personal o grupal. Los grupos y artistas que los hacen quieren llegar con ellos a la mayor parte de público posible y, a la vez, interrumpir con su imaginario lleno de colores un paisaje repleto de autopistas, demoliciones y contaminación.
Estas nuevas formas de pintadas tienen un gustito bien nuevo desde 2004. Desde entonces fueron convirtiéndose en formas más complejas, más elaboradas, sofisticándose y afinando el gusto y la puntería.
En los alrededores de la estación de trenes de Retiro las pintadas no sólo se están haciendo sobre muros sino también sobre vagones viejos o inutilizados.
Esto responde a una influencia norteamericana, donde en los 60 y 70 ciertos guetos y ciudadanos marginales se reunían en los terrenos aledaños a las estaciones de subtes y trenes de ciudades como Chicago o Nueva York.
Para muestra basta un botón: acérquese al barrio de Palermo, cerca de los andenes del ferrocarril que pasa por Juan B. Justo y Córdoba, y podrá observar allí pinturas murales de elaboración compleja, mezclada con graffitis y con stencils. O, si quiere, pase por el barrio de Barracas, cerca de Tacuarí y Uspallata, donde ciertos grupos de artistas (o tribus de pintores) muy definidos, pintaron mezclando brocha gorda y aerosoles fosforescentes (y caros) varias de las paredes del barrio, con composiciones complejas y muy plásticas.
Acá y ahora, en Buenos Aires, ciertas influencias tipográficas del hip-hop norteamericano se mezclan en las paredes con personajes de cómic inventados localmente, y con composiciones plásticas casi abstractas.
En Argentina, muchos movimientos sociales y partidos políticos locales utilizaron durante el siglo XX el mural como medio expresivo y de comunicación social. Hoy conviven en las calles los murales que reclaman justicia, bien figurativos y realizados con acrílicos o esmalte sintético para exteriores y firmados por sus autores, con otros, vinculados a la historieta, pintados con aerosol y esmalte sintético, y anónimos. Ellos muestran una moneda que tiene mucho más que dos caras.

Cóctel de Once y Harlem
A partir dela Revolución Francesa, el mural se identifica también con las luchas revolucionarias y la búsqueda de cambios sociales. Es una forma de tomar posesión de las calles, de manera práctica y simbólica. En la pintura mural social, Argentina tuvo influencia de México, donde el mural como elemento de lucha política es tradición (de él provienen artistas tan famosos como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros).En Buenos Aires, muchas de esas pintadas presentan también influencias norteamericanas relacionadas con las poblaciones de guetos y con la música hip-hop (el movimiento creado por las comunidades hispano y afroamericanas de barrios pobres). Por ejemplo, las llamadas "letras-burbuja" (muy gorditas, como inflables, de distintos colores) o la inscripción de palabras en inglés en vez de castellano. Resulta atractivo mezclar signos de esa cultura con el imaginario local. Un licuado de Harlem y de Once, todo mezclado.

Mercedes Pérez Bergliaffa
Fuente: diario "Clarín"

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