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Bariloche, una mirada diferente

Fecha de Publicación: 07 - 02 - 2006.


La odisea de los viajes de egresados

Bariloche
es una ciudad turística en el Sur de la Argentina. Situada en la orilla
del Lago Nahuel Huapi, y dentro del Parque Nacional que lleva el mismo
nombre, es uno de los destinos más elegidos a la hora viajar al sur, o
al menos un lugar obligado. Los turistas de muchos países confluyen con
los domésticos para visitar esta relativamente aislada ciudad sureña.
Todo el año parece haber una misma concurrencia, pero observando
estadísticas se puede notar que hay un gran salto, entre los meses de
julio y septiembre,
en los cuales las cifras van desde los treinta mil hasta casi los
ochenta mil. En un determinado momento del año los turistas extranjeros
disminuyen, y sin embargo el número de turistas llega a duplicarse. En
esta época del año es cuando mayor es el flujo de estudiantes en sus
viajes de egresados. En algún punto de la historia argentina el famoso
Viaje a Bariloche se convirtió en el rito de iniciación de muchos
jóvenes que terminan el secundario. ¿En qué consiste? ¿Qué significa un
viaje a Bariloche?
En primer lugar, es un símbolo de libertad.
Alejarse de padres, hogar y viajar con conocidos y desconocidos lo más
lejos posible. Para el adolescente, Bariloche es una Meca en muchos
sentidos. Para la mayoría sugiere un último acto de descontrol en su
vida, o al menos en su adolescencia, un ambiente aislado donde las
reglas no se aplican de igual manera. Cada uno descubrirá algo. Muchos
Esperaron años para poder llegar, y cuando llegan, aprovechan todo lo
posible. Que las palabras bonitas y las descripciones poéticas no los
engañen, esto no significa más que la experimentación con drogas,
alcohol, sexo casual, destrucción de hoteles, peleas callejeras y otras
conductas violentas llevadas por el alcohol. Pero antes de salir a la
calle a prohibir y restringir, piensen en lo que quiere decir esto. La
polémica está a la vuelta de la esquina cuando se habla de estos temas
con tanta soltura como hago ahora, pero no es por nada. Las
excursiones, las salidas nocturnas, la resaca, los hoteles baratos y de
mala calidad, todo eso parece un cáncer más que una panacea, pero como
todos los aspectos de la vida, muy probablemente sea los dos al mismo
tiempo.
¿Y Bariloche? Bariloche es una ciudad perdida en el tiempo. Mal
construida y pésimamente organizada, sin un mínimo de belleza ni
austeridad, es una diosa corrompida. Estar rodeada de un hermoso
paisaje sólo nos hace creer que la ciudad en sí es bella, pero eso está
alejado de la realidad. La plaza del Centro Cívico es el ejemplo
perfecto, adornado y decorado como un pueblo europeo en invierno, con
construcciones de madera o que emulan serlo. Caminar por sus calles
denota la decadencia: edificios descuidados, aceras olvidadas, trazos
de una coexistencia cosmopolita más propia de Mar del Plata. No es una
ciudad sucia, no tiene por qué serlo. Pero las oleadas y oleadas de
estudiantes no dejan de hacer esfuerzos para lograrlo. Según los datos
oficiales, más de medio millón de turistas pasan por Bariloche (sin
contar los que van en auto, que se calculan en unos doscientos
cincuenta mil) durante el año. De todos ellos, un alto porcentaje son
estudiantes en su viaje de egresados.
Parece que quiero enviar mensajes mezclados, pero no es así: para los
que van a Bariloche, la ciudad es un escenario, un lugar que podría ser
cualquiera, con el sólo distintivo de que subirán al Cerro Catedral y
podrán ver la nieve. Por lo demás, el viaje se vivirá en el circuito de
las discotecas y los bares. Para la ciudad, mientras tanto, los
estudiantes son una importante fuente de ingresos. Las excursiones son
siestas y resacas sobre ruedas. Muchos ni siquiera van.
Puede decirse que Bariloche fue consumida por una mal necesario. ¿Por
qué necesario? Porque es un viaje catártico, purificador, que calma las
ansias y explora el interior de los adolescentes. Y no olvidemos el
turismo. Las casas de chocolate “barato”, las casas de ropa con las
típicas remeras y los gorros de invierno, los recuerdos y las primeras
impresiones, los lugares de comida rápida estratégicamente puestos
cerca de los boliches, los ejércitos de taxis, los noches cerradas y
agresivas, las vistas del Nahuel Huapi y las montañas. El bosque que
rodea la ciudad, los barrios de emergencia tristemente demasiado
reales, la sensación de abandono y el alcohol y las drogas y el sexo en
los hoteles, la mala calidad y el mal servicio generalizado al que por
otra parte nadie hace caso porque no es lo que importa, las tardes
plácidamente distendidas y por último la sensación, el palpitar de
hacer lo que sea, de poder hacer cualquier cosa y compartirlo con
amigos y amigas de años, probablemente los mejores. Eso es Bariloche
para ellos. Y no se los puede culpar, no se puede culpar a la ciudad,
que aunque habituada a los turistas falla en embelesarlos y asombrarlos
con su poca premeditada arquitectura y falsa pompa. Y sin embargo
¿quién no tiene recuerdos entrañables de esos mágicos días que pasó con
sus amigos? Porque eso es a lo que todo se reduce. Cuando el fuego se
extinguió y la agitación se disuelve en la ruta de vuelta, guardamos
las cenizas en una jarra transparente de Kodak, y seguimos con nuestras
vidas.




Santiago Larre

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