DAL Comunicación

Caparrós, en Diálogos en la Ciudad

Fecha de Publicación: 18 - 05 - 2007.

Participó de un ciclo cultural. Controvertido, habló de todo y, como siempre, dejó pensando a su público, que de él, no esperaba menos.

Era un martes como cualquier martes hiper caluroso. El chaparrón detonó unas cuadras antes de llegar; “como corresponde”, de acuerdo a alguna Ley de Murphy o similares…

Atravesé la gran puerta de vidrio, dejé atrás el chubasco y ascendí al sexto piso sin escalas.  Impecable auditorio. Grande. Pinturas interesantes, disímiles unas de otras en cuanto a estilos. Sillas cómodas. ¿Qué más se podía pedir? ¿Que la conferencia comenzara puntual? Mucho pedir…
Pasaron algunos minutos antes de que el primer encuentro de “Diálogos en la Ciudad”, ciclo anual de actividades culturales organizado por El Museo del Banco Ciudad “Monte de Piedad”, comenzara.

Finalmente Martín Caparrós hizo su entrada triunfal y la espera quedó en el más remoto de los olvidos. En cuanto empezó a conversar con su público caí en la cuenta de que los presentes estábamos frente a un auténtico pensador. De ésos que ayudan a pensar a otros porque lo que dicen genera interrogantes y algunas cuestiones que, indefectiblemente, dejan pensando.

Comenzó su carrera periodística en 1973; tres años más tarde, hasta 1983, vivió exiliado en París y en Madrid. Hizo periodismo taurino, deportivo, cultural, gastronómico, policial y político en gráfica, radio y televisión. Publicó, además, una decena de novelas, libros de viajes y ensayos.

Al preguntarle sobre las circunstancias que lo iniciaron en lo cultural, “lo primero que me viene a la cabeza es ‘a mí se me hace cuento que comenzó en Buenos Aires’, parafraseando a Borges. Leía desde los 4 años; era mi modo de relacionarme con el mundo. A veces tengo la sensación de que nunca voy a volver a leer con ese entusiasmo y frenesí desmesurado con el que leía en esa época. Realmente leer era básico para mí”.

Caparrós va de un tema a otro, y ahora se detiene en la Ciudad de Buenos Aires. “Tengo la sensación de que mi relación con la ciudad está demasiado marcada por cierta nostalgia o melancolía. Me pasa más de lo que quisiera que voy por distintos rincones de Buenos Aires recordando cómo eran y molestándome porque ya no son como eran. Vivo comparando lo que veo con lo que veía hace 10, 15 ó 40 años, como si las cosas tuvieran que ser como fueron. Por alguna extraña razón, me gustaría que la Ciudad fuera siempre igual a la que viví de chico”, confiesa. Entonces cuenta que su abuela empeñaba joyas en el Banco Ciudad (al que recuerda como Banco Municipal) o dejaba su tapado de piel en sus cámaras frigoríficas durante de septiembre u octubre hasta el próximo invierno. Y los remates en la calle Esmeralda, a los que asistía con su padre, y “esa gran excitación por pelear con desconocidos, midiendo recursos y posibilidades, compitiendo por algo que dos o más desean”.

Se detiene en algunos íconos de la ciudad: El Molino, El Águila, La Ideal. “Me pregunto: cuando se construyeron, ¿no serían en ese momento el equivalente de lo que hoy es Kansas? Un desagradable despliegue nuevo-rico. Porque el tiempo todo lo lima y todo lo perdona… Hablando de arquitectura, hay regímenes que se inscriben en el paisaje y dejan su marca en los pueblos que gobiernan. Por suerte la Dictadura Militar en la Argentina dejó marcas arquitectónicas feísimas en la ciudad: el edificio de ATC es espantoso, el Hospital Naval, es horrible; son marcas más o menos dictatoriales y setentistas, y son realmente feos. No quedaron, de aquella época, construcciones bellas. Tuvimos la suerte de que no marcaran el paisaje con belleza. Quien sí tuvo la suerte fue el Menemismo, el Señor Menem. Si bien a través de emprendimientos privados, marcó la ciudad como pocos. Puerto Madero es un ejemplo de Menemismo puro: se alza sobre los restos de la Argentina exportadora abandonados en un rincón inutilizado de la ciudad. Era un espacio olvidado, una ruina que fue reconstruida por intereses privados. Así se convirtió en un espacio privado de servicios para las capas superficiales de la sociedad… A su vez, después del 2001, se incluyeron viviendas: la gente ahí sí que vive tranquila con fuerzas armadas propias (no la policía federal sino gendarmería) y calles con nombres de madres de Plaza de Mayo asesinadas. Esa es parte de la psicopatía que vivimos”, ironiza con voz penetrante y vivaz.

Entonces reflexiona sobre el lenguaje y su función: “la de hacer soportables las cosas, enmascarándolas”. “Aprendemos muy pocas palabras. A veces me pregunto si no tiene que ver con mi propia senectud: el cerrarme a aquellas palabras y modos que no fueron producidos por mi generación… Pero sí es cierto de que se habla muy mal. Tiene que ver con que muy pocas palabras ya no se incorporan a través de la lectura y sí lo hacen a través de los medios de comunicación”, considera e hilvana eso al hecho de que el día anterior unos 15 millones de argentinos miraron por tevé los programas Gran Hermano o Bailando por un Sueño, a los que considera “dos opciones de semianalfabetismo en forma entusiasta; eso no está bueno”, asegura.

Caparrós sigue hablando y dando qué hablar.

Mientras tanto, yo  pensaba: ¡Cuánto me hubiese gustado encontrar en este auditorio a alguno de los candidatos a jefe de gobierno porteño! Al fin y al cabo “Diálogos…” no era más que una invitación a “pensar la ciudad”, que poco se hace en plena campaña electoral.

Laura Zavoyovski

 

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