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Del tamaño de un hermano

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.



Tenía
un hermano pequeño, y a nadie más tenía. Hacía mucho tiempo, desde la
muerte de sus padres, habitaban los dos solos en esa playa desierta,
rodeada de montañas. Pescaban, cazaban, recogían frutos y se sentían
felices. En verdad, tan pequeño era el otro, apenas como la palma de su
mano, que el mayor encontraba normal ocuparse él solo de todo. Pero
atento siempre a la vigilancia de su hermano, delicado y único en su
minúsculo tamaño.

Nada hacía sin
llevarlo consigo. Si era día de pesca, allá se iban los dos mar
adentro, el mayor metido en el agua hasta los muslos, el menor a
caballo en su oreja, ambos inclinados sobre la transparencia del agua,
esperando el momento en que el pez se acercaría y ¡zas! caería preso en
la celada de sus manos.

Si se trataba de cazar, salían hacia el bosque, el pequeño acomodado a
sus anchas en la alforja de cuero, el grande caminando a largos pasos
por entre los arbustos, en busca de algún animal salvaje que les
garantizara el almuerzo, o de frutas maduras y jugosas para calmar la
sed.

Nada faltaba a los dos hermanos. Pero en las noches, sentados frente al
fuego recordaban el pasado, cuando sus padres aún estaban vivos. Y
entonces la casa entera parecía llenarse de vacío y, casi sin
advertirlo, comenzaban a hablar de un mundo más allá de las montañas,
preguntándose cómo sería, si estaría habitado, e imaginando la vida de
aquellos habitantes.

De una en otra suposición, la charla se ampliaba con nuevas historias
que se ligaban entre sí, prolongándose hasta la madrugada. Y, durante
el día, los dos hermanos sólo pensaban en la llegada de la noche, hora
en que habrían de sentarse junto al fuego a recrear ese mundo que
ignoraban. Y la noche se fue haciendo mejor que el día, la imaginación
más seductora que la realidad.

Hasta que una vez, ya cerca del amanecer, el pequeño dijo:
– ¿Por qué no vamos?
Y el mayor se sorprendió de no haber pensado en algo tan evidente.

No tardaron mucho en los preparativos. Reunieron algunas provisiones,
tomaron pieles para enfrentar el frío de las montañas, cerraron bien la
puerta de entrada. Y se pusieron en camino.

Montado en la cabeza del hermano, asegurando con vigor las redes de su
cabello, el pequeño se sentía tan valiente como si también él fuera
alto y poderoso. Cabalgadura de su hermano, pisando con firmeza tierras
cada vez más desconocidas, el mayor se sentía estremecer por dentro,
como si también él fuera pequeño y delicado. Pero los dos cantaban sin
cesar, estaban juntos, y aquélla era su más linda aventura.

Después de algunos días de marcha, el suelo dejó de ser plano, y
comenzó la cuesta de la montaña. Subieron por caminos abiertos mucho
antes por los animales, inventaron atajos. Desde la cabeza del hermano,
el pequeño indicaba los rumbos más fáciles. Y el grande se aferraba a
las piedras, rodeaba zanjones, bordeaba precipicios. Cada día más frío,
el viento les arañaba el rostro. Nubes densas cubrían su canto.
Acampaban por la noche entre las rocas, envueltos en pieles. Y al
amanecer proseguían su lenta ascensión.

Tanto subieron que un día, de repente, no hubo ya modo de subir más.
Habían llegado a la cima de la montaña. Y de allá arriba, extasiados,
contemplaron por fin el otro lado del mundo.

Qué bonito era. Y tan diminuto, en la distancia, y tan limpio y bien
dispuesto. Las colinas descendían, suaves, hasta los valles, y los
valles sembrados de huertos y campos estaban salpicados de aldeas, con
casitas y gentes muy pequeñas que se movían a lo lejos.

Alegres, los dos hermnanos comenzaron a descender. Bajaron y bajaron,
por caminos ahora más fáciles, trazados por otros pies humanos. Pero,
curiosamente, por más que avanzaban, las casas y las personas no
parecían crecer tanto como habían esperado. Ellos estaban cada vez más
cerca, y los otros seguían siendo pequeños. Tan pequeños tal vez como
el hermano que, desde su alto mirador, espiaba sorprendido.

Casi estaban llegando a la primera aldea, cuando oyeron un grito, y
después otro, y vieron que todas aquellas personitas corrían a
encerrarse en sus casas, cerrando luego tras de sí puertas y ventanas.

Sin entender cabalmente lo que sucedía, el hermano mayor depositó en el
suelo al pequeño. Y éste, viéndose por primera vez en un mundo de su
tamaño, infló el pecho, irguió la cabeza y, pisando con determinación,
se acercó a la casa más próxima. Llamó a la puerta, y esperó.

A través de la hendija que se abrió con cautela, dos ojos, exactamente
a la altura de los suyos, espiaron. Silencio al otro lado de la puerta.
Pero un segundo después también las alas de la ventana se apartaron
levemente, dando espacio a la vivaz curiosidad de otro par de ojos. Y
en cada casa se abrieron temblorosas otras hendijas, asomó tras ellas
el destello de otras miradas. Al principio recelosas, casi encogidas
entre los hombros, después más osadas, estirándose, surgieron cabezas
de hombres, de mujeres y de niños.

Cabezas pequeñas, todas minúsculas como la de su hermano, pensó el
mayor, mientras trataba afanoso de comprender. No había nadie allí que
fuera grande, nadie de su propio tamaño. Y sin duda sucedía lo mismo en
las aldeas vecinas, en todas aquellas casas que él había creído
pequeñas sólo a causa de la distancia.

El mundo, descubrió con súbito sobresalto al comprender por fin la
realidad, estaba hecho a la medida de su hermano.

Entonces vio que éste, tras hablar con los habitantes de la casa,
volvía hacia él tendiéndole la mano. El hermano, que siempre le
pareciera tan frágil, lo llamaba ahora con dulce firmeza. Y él se
inclinó hasta tocar su manecita, y se dejó guiar hasta las gentes de la
aldea, frágil y único gigante en este mundo.

Marina Colasanti

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