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Desde la antigua Lousiana

Fecha de Publicación: 07 - 02 - 2006.



La
llegada de los esclavos negros se sitúa hacia el año 1.712. La compañía
del Mississipi tenía el monopolio de este tráfico; sólo durante el
primer año de sus actividades desembarcó alrededor de 7.000 negros en
la “Ciudad Creciente”. Hacia 1.725 la proporción de la población era
más o menos de 5.000 negros por 4.000 blancos. Fue en esa época, que el
gobernador de Bienville redactó su código, el cual, en su primer
artículo trata de los judíos y los negros. A mediados de siglo llegó el
marqués de Vaudrevil, quien intentó resucitar allí los esplendores de
la corte de Versalles, Nueva Orleáns alcanzó entonces su gran período
de crecimiento. Fue el período romántico, cuando Louisiana era
colonizada por toda clase de aventureros que buscaban fortuna en la
rivera del Mississipi. El problema del matrimonio se había convertido
en una cuestión angustiosa, a causa de la escasez de mujeres. La
administración francesa trató de solucionarla enviando a la colonia
toda clase de mujeres de mala vida, “des filies de pettite vertu”, como
Manón Lescaut, que eran solicitadas en matrimonio desde antes de
desembarcar, sin tener en cuenta si procedían de la prisión de San
Lázaro o del asilo. Para la siguiente generación, la existencia de
numerosos niños mestizos era la prueba palpable de que las inhumanas
leyes raciales habían sido transgredidas con frecuencia por los mismos
colonos que las crearon. Hacia fin de siglo se produce el período de la
colonización española, que no pudo llevar a cabo muchas empresas pues
en octubre de 1800, Francia volvió a ser dueña de Louisiana.
La
importancia del comercio local y el desarrollo de las comunidades
multiplicaron las tabernas, los cafés, los antros, las salas de juegos
y los sórdidos cabarets, donde todo fomentaba un bajo fondo pintoresco,
que hizo a la reputación de esa ciudad, considerada como una de las
grandes capitales del placer. Durante esos años, la música francesa,
que por un momento se vinculó a la música española, conservó todos sus
privilegios. Hasta se construyó un teatro de ópera francesa, que fue el
centro de una intensa irradiación artística en la vida social y
nocturna de Nueva Orleáns. Los esclavos negros frecuentaban los
teatros, el único arte musical que les era accesible era el de la
música popular francesa que se arrastraba por las calles y los
arrabales. Las canciones folklóricas, las polcas, las mazurcas, las
cuadrillas, las marchas, el redoble de las fanfarrias y los
melancólicos trozos fúnebres que tocaban las sociedades locales durante
el entierro de sus miembros, eran parte de su vida.
Por mucho tiempo los negros, esclavos o libres, vivieron una existencia
replegada sobre sí misma, entre sus dos únicos polos musicales: el
ritmo africano y el aporte folklórico. Y será que por esa misteriosa
proximidad de los extremos, el contacto de esos dos elementos, el jazz
nacerá después de muchas generaciones de roces, de desgastes, de
complementación y de ósmosis.

Muy pronto la guerra civil va a emancipar a los negros, quienes por
fin, al serles posible su libre expresión, pueden exteriorizar la rica
sensibilidad que ocultan celosamente. Hacia 1850, grupos enmascarados
organizaban anualmente fantásticos desfiles, con programas de música
popular, los que alcanzaban su mayor esplendor con las fiestas de
martes de carnaval. Todavía después de 1880 continúa la tradición de
las frenéticas danzas del Congo Square. Siempre que podían, los negros
se reunían para bailar, al son del Tam-Tam, como sus mayores, pero ya
las orquestas habían sufrido una transformación. Según cuenta la
leyenda, los domingos después del mediodía, los negros de la ciudad se
daban cita en un terreno baldío de la calle Dumaine, donde las parejas,
poseídas por el hechizo de la música se balanceaban amasando el suelo
con sus pesados pies. Los negros no tardaron en adoptar, los hábitos
musicales de los blancos, hubo picnics, excursiones, paseos campestres,
bailes a la orilla del lago y entierros en los arrabales, en los que la
música llego a ser absolutamente indispensable. Fue entonces cuando
nació, lenta pero seguramente, una híbrida y balbuceante forma rítmica,
sin ley, sin medida, sin límites, pero que medio siglo después iría a
conquistar el mundo.


Juan Carlos Corominas

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