Tango Todo

El Burro descontento

Fecha de Publicación: 01 - 04 - 2006.
Maggie Osorio Cuenca, nos envía este relato para compartir con Chicos y
Medianos. Dice que vive en Colombia y le gusta mucho nuestro sitio y por eso
nos manda este cuento que recibió por un mail de su amiga Elena que está en
España.



Érase un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y en su
establo un había un burro que miraba a través del cristal de la ventana.
Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca.

– Paja seca! – se decía el burrito, despreciándola -. Vaya una cosa que me
pone mi amo! ¡Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para
poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en
prado y junto al camino!

Fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba
verde en gran abundancia. Entonces el burro se puso muy contento; pero, sin
embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría.
El campesino cortó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la
llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra…
De manera que al burro ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre
que era y de su hierba verde.

– ¡Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del
prado!

Vino el verano; pero no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal.
Porque su amo lo sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los
productos cosechados en sus huertos. El burro descontento sudaba la gota
gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol.

– ¡Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de
paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí
hagan harina.

Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le
quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación.
Pasó el tiempo… Llegó el otoño. Pero, ¿Qué ocurrió?. El criado sacaba del
establo al burro cada día y le ponía la albarda.

– Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para
llevar a la bodega.

El animal iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en
tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su
condición con el cambio de estaciones. Cargaba con manzanas, con patatas,
con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un
gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a
su manera:

– Si nada me gustó la primavera, menos aún me agradó el verano, y el otoño
tampoco me parece cosa buena. ¡Oh!, que ganas tengo de que llegue el
invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán
deseaba. Pero, al menos, podré descansar cuanto me apetezca. ¡Bienvenido sea
el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el
mayor contento.

Y cuando por fin, llegó el invierno, el burro finalmente fue muy feliz.
Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores
penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no
tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba
desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al burro
descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos
nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por
los senderos de la vida: “Contentarnos con nuestra suerte es parte el
secreto de la felicidad”.

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