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El caso de los viejitos voladores

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


Adolfo Bioy Casares
Argentino (1914-1999)

Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora.
El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con
alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas
direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos,
poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo,
de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció
“porque el destino lo quiso”.
En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más
pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado
a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.
Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización
para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero
también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de
jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más atractivos, más
convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han
de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna
medida, con la complicidad de la familia.

En
efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el
geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la
aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no
se le mira la boca.
La comisión bicameral, para peor, resultó
demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El
diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión
delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El
caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.
Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas
viajó en mayo y en junio.
“En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas” me contestó. Me presenté
en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en
identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas
que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.
Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al
principio (la contestación variaba entre “Ni idea” y “El hombre me
suena”), pero finalmente un adolescente me dijo “Es una de las glorias
de nuestra literatura”. No sé cómo uno se mete de investigador: es tan
raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que
todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me
contestaran: “¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra
literatura”.
Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven, confirmó en lo
esencial la información. En realidad me preguntó: -¿Usted es arqueólogo?
-No, ¿Por qué?
-¿No me diga que es escritor?
-Tampoco.
-Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del
que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los
escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre
todo, muy molesto.
-Me parece que usted no le tiene simpatía.
-¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más
que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si
llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos
postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por
colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven
le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos
los reportajes son para el señor o similares.
Resolví visitar al viejo. No fue fácil. En su casa, invariablemente, me
decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con
él. “Quisiera preguntarle algo”, contesté. “Acabáramos”, dijeron y me
comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era
periodista. Le dije que no. “¿Está seguro? preguntó.
“Segurísimo” dije. Me citó ese mismo día en su casa.
-Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?
-¿Usted es médico? -me preguntó-. Sí, viajo demasiado y sé que me hace
mal, doctor.
-¿ Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le
devolverán la salud?
-¿De qué operaciones me está hablando?
-Operaciones quirúrgicas.
-¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.
-Entonces, ¿por qué viaja?
-Porque me dan premios.
-Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.
-Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un
premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.
-¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?
-Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una
injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me
premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.
-La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.
-Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando
vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos.
Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían
en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que
sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran.
Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no
llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven
despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía
guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar,
para que la impaciencia no los carcoma.
-A mí puede decirme cualquier cosa.
-Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan
con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo
que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me
quedan fuerzas para aguantar otro premio.

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