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El crimen perfecto

Fecha de Publicación: 06 - 03 - 2006.

Hoy por fin me decidí. No es sencillo lo que os voy a contar. Estuve
planeando esto mucho tiempo y junto al plan quería comprobar mi teoría.
Desde chico supe que el crimen perfecto no es imposible. Entendiendo por
crimen, no solo el robo o hurto, sino también todo delito que pueda acarrear
serias consecuencias en la vida y libertad del actor.
El delito debe ser realizado de manera tal que nadie sospeche que uno ha sido
el culpable. Me propuse el día de mi cumpleaños número veinticinco pasar
todas las barreras entre el bien y el mal, y, como una especie de juego cruel,
demostrar que la seguridad no es suficiente para alguien que idea el crimen
perfecto y de una manera tal que nadie podría sospechar jamás de él.
El primer paso fue elegir que atraco cometer y contra qué bien en particular.
Yo siempre fui un sujeto ambicioso y nunca me conformé con lo fácil o lo
burdo. Robar, siempre creí, y lo sigo sosteniendo es para los novatos. No
deseo el poder económico obtenido de tal manera. Yo me arriesgo a lo peor de
todo y quiero la recompensa mayor, mi deseo es ser Dios; y como tal poder
jugar con animalitos “pensantes” (que en cierta forma no piensan tanto
como para detenerme).
El plan lo idee solo en mi guarida, un cuarto pequeño ubicado en la zona de
la recoleta. No es gran cosa pero sirve para concentrarme en lo mío. El lugar
elegido para la fechoría no sería cerca si no en un lugar donde jamás he
estado y donde nadie reconocería mi cara jamás. La hora… por la noche por
supuesto, quién realizaría el crimen perfecto a la luz del sol. Si fuese en
algún momento del día iluminado, dejaría de ser el crimen perfecto ya que
perdería lo que a nosotros, los amantes del vértigo, le llamamos “mística
criminal”.
Por supuesto para la ocasión no tendré cubierta la cara y tampoco vestiré
harapos. Si no, por todo lo contrario lo haré bien vestido, de esa manera
nadie sospechará.
Días después de planear, a grandes rasgos en que consistiría la acción,
decidí tirar la ruleta para ver cuál era la fechoría de turno. Giré la
manivela y salió… Homicidio. Leí bien, y dije -No, es muy arriesgado-.
No era que tenía miedo a quitar una vida ni impresión, solamente me parecía
demasiado para el primer y último crimen realizado por mi. Por lo tanto decidí
volver a hacer girar la ruleta, y vaya sorpresa que me di… nuevamente salió
homicidio. Supuse que el destino me tenía planeada una noche agitada.
Estuve planeando varias horas como hacer para arrebatarle la vida a alguien,
sin que nadie me vea, y sin que nadie sospeche nada de mi. El lugar ya lo tenía
decidido, iba a ser en una callejuela de Flores. Elegí ese barrio ya que
nadie podría jamás reconocerme ya que no he ido nunca por esa zona.
El problema central de la odisea estaba dividido en dos: por un lado quién
sería víctima y por otro como la mataría. El lugar era seguro, nadie me
reconocería. Nadie sospecharía de mi, hijo de un prestigioso abogado y nieto
de un miembro de la corte suprema de justicia. Nadie jamás imaginaría ni por
un segundo, no que yo le iba a quitar la vida a un ser, nunca se imaginarían
ni un instante que se me podría haber ocurrido tal idea. ¿Cómo, yo, Joaquín
Eduardo Carrara podría llegar a tener pensamientos tan perversos? ¿Yo? Que
concurría a la iglesia todos los domingos y juntaba las limosnas…Yo, estaba
decidido a dar por concluida la vida de un semejante. Y lo haría con placer.
Y nadie jamás se animaría a levantar un dedo para acusarme sobre tal crimen.
Por fin había llegado el día. Cuando comenzó a oscurecer me di un buen baño
completo. Luego me puse la mejor ropa que tenía. Salí y me tomé un taxi, el
cual finalizó su recorrido en la intersección de dos calles del barrio
elegido.
Bajé del auto, encendí un cigarrillo y caminé unas cuadras. En el bolsillo
derecho del saco tenía el arma elegida: una filosa cuchilla de mango de oro
con perlas, el cual en su parte inferior tenía mis iniciales.
La noche estaba fresca y las calles del barrio no eran muy iluminadas. Me paré
en una esquina y la cuestión era: ¿Hombre o mujer?. Elegí al sexo
masculino, ya que no deseaba abusarme de una pobre mujer. El semáforo de la
esquina estaba en rojo, y sin embargo un sujeto cruzó hacia donde estaba yo.
Era la señal, ese hombre merecía morir esa misma noche. El barrio perfecto,
la noche perfecta, nadie me conocía, no había testigos (solo un gato negro
que miraba de reojo mientras husmeaba en la basura)…en suma el crimen
perfecto.
Miré fijo al individuo que optó por salir a caminar la noche menos indicada,
por el barrio menos indicado, y le pregunté la hora. Era un hombre alto, de
mediana edad, usaba bigote y barba, anteojos y tenia una mirada bastante cálida.
Me contestó que eran las 00:30 hs. Pensé que era la hora perfecta para un
crimen perfecto. Le pregunté también por una dirección (no tiene
importancia cual era) mientras me contestaba tomé la suave cuchilla de mi
bolsillo y la clave en su cuello sin dudarlo un minuto. Él se tomaba su
yugular mientras yo acertaba con el cuchillo en su corazón. La sangre estaba
haciendo un charco inmenso. La pobre víctima cayó al suelo y gemía del
dolor, pero en vano, nadie escuchaba sus lamentos salvo el gato curioso que
miraba. Me acerqué a él y le dije: -Lo siento amigo, pero hoy te tocó a
vos-. Luego de decir estas palabras golpeé su cabeza y su abdomen con un
puntapié, y eso fue lo último.
Me escabullí por un callejón, y tomé otro taxi para que me llevara hasta
casa.
La mañana siguiente amanecí tranquilo, normal, completamente satisfecho
conmigo, y sobre todo con la proeza que había realizado: Cometí el crimen
perfecto. ¿Quién sospecharía de mí? El pobre Joaquín que cuidaba viejitas
los Domingos luego de misa.
Me levanté y fui, como todos los días, a comprar el diario a la esquina. En
la puerta del edificio estaba el portero me saludó muy agraciadamente, casi
con cariño. Maldito, ¡¡él lo sabía!!!. Pero no permití que el pánico se
apoderara de mí.
Llegué a la esquina, vi la tapa del Diario: “Brutal asesinato en Flores. No
se sabe quien fue el asesino.” La quiosquera me miró y dijo: ¿Vas llevar
el diario de siempre? La miré fijo y en su mirada vi algo aterrador, ella
también lo sabía.
Algo falló -pensé-. La volví a mirar y me sonrió. ¡Maldita sea! Sabía
todo. No eran sospechas, miraba el diario y no decía nada. Ella estaba
completamente segura de que yo había cometido ese homicidio.
Salí apresurado de ahí, y me crucé al quiosco a comprar cigarrillos. El
quiosquero me los dio y me preguntó que tal había amanecido, y luego agregó
que me vio anoche salir de casa. ¡¿En que fallé?!. ¡¿En que?! -le grité-
El también sabía todo como si lo hubiese planeado conmigo.
Salí corriendo de ahí. Llegué a la puerta del supermercado y noté que
todos me miraban y me acusaban con sus miradas justicieras. Todos a mi
alrededor saben que cometí el horroroso homicidio. Todos me quieren ver
muerto.
¡Está bien! -grité- ¡Lo confieso, Yo maté al hombre del diario!. Y en
eso todos comenzaron a reir a carcajadas. Se burlaban de mi. Estaban esperando
el momento de apresarme.
¡No lo harán! -Vociferé-. ¡Fui yo! Por favor llamen a la policía no
merezco estar aquí, mi lugar es el calabozo!!!, y todos se reían simulando
no entender. Creían que yo era tonto o que estaba loco.
Salí de ese local, y llegué a casa. Tomé un vaso de agua para
tranquilizarme, y encima de la heladera estaba ese maldito gato. ¡¡¡Tu
me delataste maldito!!! -le grité-.
Solo quiero decirles con esto, que el crimen perfecto no se puede realizar. No
se como demonios me descubrieron, pero se que estaban allí…

Juan Ruiz

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