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El deseo

Fecha de Publicación: 07 - 03 - 2006.

El Escribidor ( Jacinto Méndez Capurro)

El entró y la vio. Ella estaba allí, sobre la alfombra
del living. Desnuda en el silencio de la sala, como esperándolo.

El precisamente tenía ganas de algo así, y verla allí,
donde no hubiera pensado, reavivó su deseo.

Una tenue claridad se filtraba por el ventanal del
departamento, empujada por los rojizos matices del atardecer.

La miró de nuevo, pausadamente, estimulando un apetito
que se le estaba haciendo carne.

Ella, impasible, permanecía en el piso. Su piel parecía
suave, tersa, y sus protuberancia, turgentes.

El imaginó con placer, anticipadamente, su intimidad de
color rosado. Quería acariciar esos vellos, esos pelillos rubios, casi
transparentes.

La recorría lentamente con la vista. Ella se dejaba
poseer con la mirada. Sus curvaturas lisas, llenas, eran casi perfectas. Tenía
unas redondeces sutiles y bellas.

El pensó que, primero, podría recorrer su superpie con
sus labios, sintiéndola cerca. Y pensó en el placer de deslizar sobre ella
sus dedos, como patines sobre su piel, antes de hacerla suya.

Pensó en hincar sus dientes suavemente en esa anatomía
perfecta, digna del mejor diseñador.

Ella se dejaba desear, desdeñosa.

Finalmente él no pudo más. Sudoroso, sediento y
excitado como estaba, se abalanzó sobre ella. Ella no opuso resistencia.

Él la tomó en sus manos con fuerza, casi con
brutalidad, y la fue acercando a su boca. Sintió su perfume salvaje.

Cuando iba a producirse el acto supremo el sonrió.
Realmente era una agradable sorpresa.

Ella era bellísima y apetitosa. Era la mejor fruta de
durazno que había visto jamás.

Entonces la comió.

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