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EL mercader de Korcula

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


Mario Vargas Llosa
Fragmento

La
pequeña y amurallada villa de Korcula, fundada mitológicamente por
Antenor, héroe de Troya, en el Adriático croata, se jacta de ser la
tierra natal de micer Marco Polo y por la modesta suma de cinco kunas
el forastero puede trepar una escalerita pina y visitar la torre de la
ruinosa casa donde, se supone, vio la luz el gran viajero y mercader
veneciano, un día del remoto año de 1254. El mirador, de blanca piedra
caliza, sobrevuela las casas de la ciudad medieval, y tiene una vista
soberbia, circular, sobre los bosques de pinos y cipreses del
continente y las islas vecinas, y domina la bahía que circunda la
península donde se halla aprisionada Korcula.
Aquí hubo una colonia
griega, y después una ciudad romana, pero quienes dejaron una huella
imperecedera en Korcula fueron los venecianos: en todas las iglesias de
la villa, empezando por la bella catedral, el alado león de San Marcos
devora corderos, protege los Evangelios o desafía con la arrogancia
ingenua de un personaje del aduanero Rousseau el horizonte por donde
pueden arribar los invasores sarracenos. Los nativos no sólo juran que
micer Marco Polo nació aquí; aseguran también que en estas aguas verde
azulinas del mar Adriático fue capturado por los genoveses, en 1298, y
llevado a la prisión de Génova donde dictó a Rustichello de Pisa, su
compañero de celda, un francés macarrónico, El Libro de las Maravillas,
conocido también como Il Milione o La descripción del mundo, contando
sus viajes y aventuras por Asia, en la corte del Gran Jan. Ningún otro
libro excitaría tanto la imaginación europea medieval y renacentista,
ni despertaría tanta sed de exotismo y aventuras, como esta crónica de
los casi cuatro lustros que pasó recorriendo la Europa profunda y el
Asia legendaria, entre refinados y exquisitos cortesanos o feroces
caníbales, corsarios desenfrenados, audaces comerciantes, traficantes
de esclavos y de elixires y cazadores de fieras y de ensueños, este
veneciano de vida tan elusiva y misteriosa como la de uno de sus más
aprovechados lectores, don Cristóbal Colón, a quien, se dice, Il
Milione, que leyó y estudió con devoción de catecúmeno, abrió el
apetito por los tesoros y prodigios de Cipango y Catay. Porque Marco
Polo, que cuenta en su libro tantas cosas, casi no dice nada sobre él
mismo.

No hay prueba alguna de que Marco Polo naciera o viviera aquí, desde
luego. Pero, como me dice una estilizada muchacha que, a la vuelta de
la torre que acabo de visitar, vende los dibujos y cuadros de su
marido, el artista croata Hrvoje Kapelina: ¿Qué importa ahora eso?.
En efecto, los héroes no pueden pertenecer sólo a quienes un azar
geográfico deparó la conciudadanía con ellos; también merecen ser de
quien mejor se los apropia, de quienes hacen más méritos para adueñarse
de su biografía y su leyenda. Y, sin la menor duda, la esforzada
Korcula ha hecho más para merecer a Marco Polo que la propia Venecia,
donde ni siquiera he podido encontrar una placa que recuerde a su
ilustrísimo vecino.

Korcula, agosto de 2002

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