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LA PÉRDIDA DE LA GRAN BRETAÑA
“ La Isla se humedecerá con
lágrimas nocturnas y todos llorarán a todo”. Profecías
de Merlín.
“ And the wisdom is butterfly, and not a gloomy bird
of prey”. W.B. Yeats
( y la sabiduría es mariposa, y no la sombría ave de
presa”)
Se
asegura que el viejo Islam todavía llora la pérdida de
Granada. Algo similar podemos decir los viejos celtas
con la pérdida de la Gran Bretaña. Todavía se puede
llorar legítimamente que los alemanes terminaran
sentados en un trono que detentó en un momento de la
historia, una quinta parte del mundo. Por distintas
razones la mitad del mundo habla inglés de manera
correcta, la otra mitad, lo habla también. Y como dice
Humberto Ecco, el idioma inglés tiene la ventaja de
que se puede hablar aunque sea mal. Repasemos un poco
esta historia que comienza en un rincón del mundo para
atrapar el foco central a lo largo de mil quinientos
años, que es el tiempo que se puede estimar que tardó
la historia en formar a un inglés.
Como
en tantos otros acontecimientos, la historia congrega
nombres propios que no podemos marginar; rescatamos
los más significativos. A su vez, hay hechos fortuitos
y desafortunados, como la peste que diezmó a los
celtas en el momento más álgido de la conquista
anglosajona; impersonales también son la superioridad
de la disciplina y las armas de los romanos y la ya
tradicional miopía de los celtas a resolver sus
pleitos internos para enfrentar al enemigo desde una
mejor posición, a lo que debemos sumarle una
estrategia de guerra equivocada.
En
pequeñas pero sucesivas invasiones, las tribus celtas
asentadas en Bélgica, Francia y España fueron
arribando a Gran Bretaña. La isla no estaba
desocupada; por el contrario un substrato precelta los
precedía. Ellos fueron los constructores de los
grandes megalitos, dólmenes y menhires y seguramente
los celtas aprendieron de ellos mucho más que el arte
de subir piedra sobre piedra. Posiblemente les donaran
un gran conocimiento sobre prácticas mágicas y
medicinales. El interludio no duró mucho tiempo, pues
en el año 55 y 54 AC, el implacable Julio Cesar
desembarcó en Gran Bretaña, aunque no es una aventura
digna de estar a la altura de este conquistador. Mucho
menos hizo Calígula. Mas fue su tío, el emperador
Claudio que a partir del 43 DC, le imprimió a la
conquista de Gran Bretaña el carácter de invasión y
permanencia de la civilización romana. Alrededor del
80, Agrícola consolida la invasión y se propone
romanizar la isla. Logra congregar adeptos, pero no en
Gales y Escocia que siguen su lucha contra el imperio.
En el 125 se traza una muralla de piedra, el muro de
Adriano para contener a los pictos, es decir, la
tribus norteñas de Caledonia, que era el nombre romano
para Escocia. El muro fue ineficaz porque en el 143
aparece el muro de Adriano. Durante cuatrocientos años
de establecimiento romano en Gran Bretaña, no han
quedado huellas profundas en Gran Bretaña como las que
remarcaron en la Galia. Irlanda no conoció el dominio
romano, Gales y Escocia resistían la penetración. Las
ciudades romanas no deslumbraron a los celtas.
Comenzaron como guarniciones, luego adquirieron su
fama de mármoles y baños públicos. Pero al retirarse
los romanos, los celtas no se tentaron con ocupar sus
sitios. Los celtas no tenían amor por la propiedades
cívicas, no hay un solo templo celta que no fuera a la
vez, la propia Naturaleza que se expresaba
preferentemente, en los cursos de agua o en el copas
de los árboles. Las ciudades celtas en Gran Bretaña (oppides)
no eran más que simples refugios y mercados al aire
libre. El idioma romano no dejó huellas perdurables,
los celtas siguieron con sus vocablos intraducibles y
con su amor por la tradición oral y un cierto aire de
superioridad al calificar la lengua escrita como la
tumba de la memoria. La afinidad celta por la trinidad
formaba parte de la metódica manera de memorizar,
panteones de dioses, complejas genealogías, formulas
mágicas, conocimiento del cielo y de las hierbas… todo
lo que rodeaba al hombre.
Los
romanos permanecieron cuatrocientos años en Gran
Bretaña, y en el 417 con el retiro de sus legiones
para reforzar las defensas del Rhin, se retira también
su breve legado que no encandiló a los isleños.
Y
ahora nos encontramos con la historia, la leyenda y el
mito, pues en el 449 se nos asegura que a las costas
de Inglaterra arribaron tres navíos anglosajones y
frisos y que entre ellos, venían dos jefes, gemelos,
Hengist ( potrillo) y Horsa ( horse.. caballo),
seguramente asociados a sus cultos paganos y al
totemismo. El rey britano era Constantino, el primer
rey cristiano de Gran Bretaña. Es asesinado por
Vortigern, usurpador y traidor que no tarda en
contratar a los invasores como mercenarios para
sacarse a los pictos de encima. Dos de los hijos de
Constantino huyen de Inglaterra para formar ejércitos
en el continente, Aurelio Ambrosio y Uther Pendragón,
que a su vez, derrotarán provisionalmente a Vortigern
y los anglosajones. La figura de Uther Pendragón
(cabeza de dragón) es muy significativa en esta
historia. Podríamos compararlo con nuestro Gral.
Lavalle, “ una espada sin cabeza”, todo impulso, todo
fragor, pero nada de reflexión. Será el padre de
Arturo ( Artús: oso). Lo cierto es que toda victoria
celta sobre los anglosajones ciertamente era
provisoria, porque a la vez, eran incapaces de
terminar con sus guerras intestinas. Y es en estos
momentos en que debemos situar las figuras de Arturo y
Merlín, en siglo IV o a lo sumo, en el V. Arturo debe
haber sido un dux bellorum, un jefe de guerra muy
romanizado, que ya desde el siglo II detentaban el
título de “ Comes Littoris Saxoni” pues la invasión y
el peligro anglosajón es anterior al 449 en que nos
sitúa la leyenda y el mito. La figura de Arturo creció
indefinidamente a partir del siglo XII , pero en
realidad, no es el hombre de resplandeciente armadura,
a lo sumo, una malla de cuero al estilo romano. No
obstante, sus historias lo sindican como conquistador
de Gran Bretaña, de Noruega, Dinamarca, toda la Galia
y cuando se dirigía a cobrar tributos a los romanos,
su medio hijo y medio sobrino, Mordred, se subleva en
Inglaterra, debiendo Arturo, volver para enfrentarlo
en Calman, donde mata a su hijo a la par que queda mal
herido, siendo trasladado a Avalon, donde es curado,
mientras que otras tradiciones, lo hacen dormir en una
cueva.
La
conquista anglosajona se extendió por ciento cincuenta
años, pero no entraron en la profunda Gales y Escocia.
Pero la “paz” anglosajona no duraría mucho, pues ahora
es el turno de vikingos que a partir del siglo VIII y
IX comienzan a asolar no sólo las costas de
Inglaterra, Escocia, Irlanda, sino que llegan a la
propia Rusia ( russ es un vocablo vikingo), Italia,
Francia, y las costas de América. Esos hombres
barbudos y blancos de la tradición mesoamericana
muchos la han asociado con los navegantes nórdicos.
Los
vikingos fueron una notable preocupación para la
civilización occidental. Sus largas naves anunciaban,
-como una bandada de cuervos-, la muerte, el pillaje,
la esclavitud. En Inglaterra los enfrenta en el siglo
IX Alfredo de Wessex, Alfredo el Grande, pero la
resistencia anglosajona no logra impedir que los
noruegos sentaran un vikingo como rey: Canuto, en el
siglo IX. Su pequeña grandeza murió con él. En
Irlanda, es el gran Brain Boro quien derrota a los
vikingos. Pero en Francia, los vikingos se
aquerenciaron y los franceses se acostumbraron a estos
normandos ( norman: hombres del norte), y les cedieron
el ducado de Normandía. En el 1066, Guillermo el
conquistador, hijo bastardo, se dirige a Gran Bretaña
con la simpatía papal y derrota en Hasting al rey
anglonormando Harold. Llevaba entre sus tropas, a la
caballería celta, que tiene la enorme oportunidad de
devolverle el golpe a los viejos enemigos. Llegaban
los nuevos conquistadores, nuevas armas, nuevas
sangres, nuevo idioma ( el francés), nuevas costumbres
y nuevas instituciones, como el feudalismo. El lema de
esta aristocracia guerrera era “ Ninguna tierra sin
señor”. Era una suerte revancha de los viejos celtas
vencidos que fueron llamados a las cortes para
componer y cantar las glorias de los nuevos señores.
En una apretada e imperfecta síntesis hemos visto de
que se trata la “pureza” de la “raza inglesa”. Entre
tanto, el anhelo celta de recuperar sus pertenencias
reside en el sueño del rey Arturo que duerme en un
cueva esperando ser despertado por el clamor resuelto
e impostergable de los suyos. Una poesía irlandesa
hace alusión: “ Te esperaron reyes y reyes en
muchas batallas”. “ ¡ Oh, espada de aquellos reyes de
fuego voraz, no temas perderte!. Ya buen dueño
hallarás, paladín valeroso”.
Prof.
Guillermo Echavarría Molloy
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