Conn-eda o las manzanas doradas
de Loch Erne
“
Nada de mezquindad, nada de miedo, nada de celos”.
Reina Medbh
Un buen
cuento irlandés no puede carecer de hadas, de
príncipes hermosos y valientes, nobles doncellas, de
una pareja real, ora justa, ora odiosa, de valiosos
trofeos, de druidas y brujas, de un pueblo amante de
la justicia, de campesinos o pescadores que le pelean
a la pobreza material pero que se sostienen en la fe
de sus antepasados. No puede carecer de bruma, de
espíritus que ayudan y de los otros, los vengativos,
pero lo que es imprescindible en un buen cuento
irlandés es la mutua dependencia del mundo natural y
sobrenatural. En realidad, no sería dos mundos, sino
un único mundo partido, como un tablero de ajedrez.
Este
cuento de un bello príncipe de Connacht ( Kánnat),
tiene todo esos elementos fantásticos, es decir, de la
vida cotidiana de los isleños.
He
elegido para el epígrafe tres amonestaciones de una
reina mítica, cuando dice mítica no quiere decir
irreal, muchos menos inexistente. Mítico quiere decir
sencillamente que el tiempo histórico para su
ubicación es impreciso. La reina Mabd o Medbh ( su
nombre ya nos indica un rasgo de los irlandeses, pues
quiere decir Embriaguez) es la arrojada esposa del rey
Aillil, de la comarca de Connacht. Le advierte a raíz
de una competencia entre ambos que: “ nada de
mezquindad, nada de miedo, nada de celos”. Tengo la
íntima persuasión que eso sintetiza parte del carácter
irlandés, una meta a alcanzar. Cuando un incurre en el
incumpliendo de estas reglas, suceden muchas cosas y
es la que me propongo contar ahora porque de eso trata
la historia, de mezquindad, celos y el miedo íntimo
que alguien alcance el triunfo. Esta es el cuento de
Conn-eda.
“ Había
una vez, un rey irlandés, magnánimo, justo, generoso
del pequeño reino de Connacht, en el noroeste de la
verde isla. La reina se llamaba Eda, era britania,
pero no le iba en la saga al rey, llamado Con. Ambos
eran amados y la tierra prosperaba bajo el amparo de
esta noble pareja real y mítica. Los ríos estaban
cargado de frutos, los árboles cargados de frutos, el
ganado cargado de frutos, los campos cargados de
frutos, los mares cargados de frutos; entonces los
hombres estaban cargados de frutos. ¿ No será al
revés?. Cuando las cosas, tierra, hombres y tiempo son
tan perfectos y armoniosos tiene un nombre que lo
caracteriza: La Edad de Oro, a partir del Renacimiento
europeo, eso se llamará Utopía. Un día de esa pareja
nació un niño muy hermoso. Los druidas le auguraron un
gran futuro. Decidieron llamarlo Conn-eda porque había
heredado lo mejor de ambos progenitores.
Pero
todos sabemos que a la Edad de Oro, le debe seguir la
degradación del metal… plata, bronce, hierro… Es
decir, la esencia de la felicidad es que no puede ser
permanente. Una felicidad indefinida en el tiempo,
deja de serlo, se transforma en una molestia.
Así que
se interrumpe la Edad de Oro del reino de Connacht con
la muerte de la buena reina Eda. Luego del duelo, y no
pudiendo ser de otra manera, el rey halló consuelo en
otra mujer, que distaba mucho de tener el buen
carácter de su antecesora. El texto no nos indica el
nombre de la nueva reina, pero su nuevo título de
madrastra ya nos alerta. Esta nueva reina tenía sus
propios hijos a los cuales quería favorecer en la
sucesión del trono en detrimento del príncipe Conn-eda
que jugaba lejos, ingenuamente de los acontecimientos
que se precipitarían en el reino. Conn-eda era amado
por su pueblo y su comportamiento generoso no mostraba
fallas para ser aprovechadas por la reina. Por lo
tanto, la misma se dirigió a una bruja, a la magia
negra, para poder conseguir medios para el reemplazo.
El texto nos aclara que pagó muy caro el elemento
embrujado que usaría contra Conn-eda. La bruja le
había entregado un tablero de ajedrez encantado que
tenía la particularidad de ganar la primera partida
para su dueño o dueña. Así que la reina, seguramente
en una tarde apacible bajo la sombra protectora de un
viejo roble, desafió a Conn-eda a una partida del
juego mencionado. Y tal como estaba establecido por
medio del embrujo, la madrastra ganó el primer juego.
Y como ganadora la reina le impuso a ingenuo príncipe,
un geis, una interdicción, un tabú ( aunque este
nombre no es aplicable en todo su extensión, nos
aproxima al concepto). Yo recuerdo que en nuestra
infancia ( me falla la memoria exactamente en que
juegos) nos dedicábamos a jugar y siempre había
alguien que se equivocaba e iba al rincón. El resto de
los jugadores se reunían y en voz baja planeaban las
penalizaciones de la pobre víctima. Luego se lo
llamaba al son de una cantinela que decía: berlín,
berlìn… quién dijo que debías…. Si la víctima acertaba
al autor, este debía cumplir su propia pena. El geis
es un interdicción, una prohibición. Nuestro Aquiles
irlandés, Cuchulainn tenía dos geis, es decir geasa,
que es su plural. No podía decir nunca que no ante una
invitación a un banquete. El otro era que no podía
comer carne de perro. Tres malvadas brujas ya en el
fin de su vida, lo invitan a comer y le sirven carne
de perro, con lo cual se debilita y termina muriendo
en la forma heroica, atado a una piedra para morir de
pie, tal como lo muestra la escultura de la Oficina de
Correos en Dublín. Cuando un hada se relacionaba
sentimentalmente con algún caballero, tan noble como
arrebatado en sus comienzos, siempre le imponía el
geis de no divulgar sus relaciones. Cuando el
imprudente joven llegaba al palacio, era lo primero
que contaba. El rompimiento del geis lleva a las más
severas penalizaciones, muerte, destrucción. Volviendo
al relato, terminado el partido, la reina impone su
geis: el joven Conn-eda debe ir más allá de los
confines del reino natural, al país de las hadas y
traer de allí tres trofeos mágicos: tres manzanas de
oro, un magnífico cordel y un fabuloso sabueso. Allí
Conn-eda comprendió que su madrastra le había tendido
una trampa. Por lo tanto reaccionó con presteza e
inteligencia y le propuso a la reina un segundo
partido, que no tardó en ganar pues el tablero
encantado había perdido sus poderes en la primera
partida. Por lo tanto Conn-eda le impuso su geis a la
reina: debía permanecer sentada en una alta torre, a
la intemperie, con magras comidas por el plazo de un
año y un día, que era el tiempo que le llevaría a Conn-eda
para conseguir los trofeos míticos de el Lago de las
Manzanas Doradas. La pena por no cumplir con los geasa
era el exilio, lo que ya sabemos, que entre los
griegos y los celtas, era peor que la muerte.
El
reloj se echó a correr y el joven príncipe, en medio
del desconcierto se dirigió al druida del reino, que
se manifestó desorientado en poder brindarle ayuda,
pistas. Pero recordó que en un paraje algo alejado del
palacio, había un extraño pájaro con la cabeza humana,
que conocía el pasado, el presente y el futuro que tal
vez podría ayudarlo en forma más eficiente. Entonces
el druida trajo ante la presencia del hermoso príncipe
Conn-eda un caballito hirsuto, es decir, pelo disperso
y duro, desfavorecido por forma y estampa. Su simple
visión era lastimera.
El
druida le dio una piedra preciosa para ofrecérsela al
pájaro con cabeza de hombre, es decir, para favorecer
su memoria y aflojar su lengua y luego agregó que el
caballito, el lastimoso caballito lo llevaría hasta el
lugar donde anidaba el fabuloso animal y que llegaría
al cabo de tres jornadas. Por lo tanto, el príncipe
montó al animal, soltó la riendas del caballo hirsuto
y este se puso en marcha en una dirección precisa. A
poco de andar, el caballito hirsuto le dio la primer
gran sorpresa: estaba dotado del habla humana. Al cabo
de tres días llegaron ante la presencia del pájaro
hombre, que es el símbolo de un druida, de un
archidruida. Algo cauteloso el pájaro hombre se dejó
sobornar por la joya e indicó a Conn-eda que debajo de
la piedra que estaba pisando, había una bola de hierro
y una copa. Así que Conn-eda levantó la bola y la
arrojó con fuerza, levantó la copa y montó su
cabalgadura. El archidruida, señor del pasado, del
presente y del futuro, agregó que dejara que el
caballito siguiera la bola. Esta parecía no detenerse
ante nada. Entró en un curso de agua y esa especie de
centauro imprimado y desparejo que eran el príncipe y
su hirsuto caballito, se hundieron en el curso de
agua. Lentamente fueron llegando al lago de las
manzanas de oro. Allí el caballito le dijo: mete tu
mano en mi oreja, saca un frasquito de curalotodo y
una cestilla y vuelve a montar rápido porque ahora
comienzan los peligros.
Nos
encontramos aquí con otro curso de agua, que se puede
denominar como “frontera húmeda”, es decir, es marcada
delimitación entre el mundo natural y el sobrenatural,
una frontera entre lo profano y lo sagrado. Siempre
hay un guardián entre ambos mundos: algún dragón, un
perro con tres cabezas, hombres escorpiones….etc. La
mitología es muy rica es estas formas espantosas que
disuaden a los cobardes. En este cuento son tres
serpientes de bocas gigantescas. El caballito le dice
a Conn-eda que saque de la cestilla, tres pedazos de
carne y las arroje con buena puntería a cada cabeza de
serpiente, que el lugar de picar, se entretuvo con
tres bocados inesperados. Pasaron la primera prueba.
La segunda fue un buen brinco para sortear un río y
luego un salto mortal sobre una montaña de fuego que
alcanzó a chamuscar al príncipe. El caballito le
indica que se cure las heridas con el elixir
curalotodo, que tal vez era un jugo hecho en base al
muérdago, planta sagrada y representante del sol que
parasita los robles. Las heridas se curaron
mágicamente, es decir, rápidamente y sin dejar
cicatrices.
Y ahora
llegamos al momento más trágico, más doloroso del
cuento. El caballito lo hace desmontar al príncipe y
le dice que saque de su otra oreja un cuchillito y que
con ese arma, tendría que matarlo y desollarlo y con
la piel, fabricarse un escudo para poder ingresar
entre las murallas ardientes de un castillo que tenían
delante de sus miradas. Primero fue indignación y
luego desconsuelo, el príncipe le dice que jamás
dañará la amistad que han logrado forjar en esas
cortas jornadas en que fueron un solo cuerpo. “ Nunca
sacrificaré la amistad al interés personal”. “ tu
propuesta es insultante”… Pero el caballito insiste y
le advierte, que ambos están en un serio peligro y que
sino hace lo que le pide, las cosas saldrán mal y nuca
más volverán a verse. Hay aquí algo paradójico,
dolorosamente paradójico, porque si bien implica la
muerte, el sacrificio, hay un destello de volverse a
encontrar de alguna manera. El príncipe contrariando
todo amor y buen entendimiento, termina clavando el
cuchillo en el cuello impreciso de su caballito
hirsuto, fiel guía, fiel camarada, es como si el
príncipe se deshiciera de sus piernas y del derecho de
caminar. Como podemos destacar hasta aquí, “nada de
mezquindad, nada de miedo, nada de celos”. La
madrastra ha sido mezquina y el príncipe no ha tenido
miedo ni siquiera de ir contra sus propios principios.
Fue tal impacto de la muerte de su amigo, que Conn-eda
se desmayó largo rato. Al despertarse espantó las aves
de rapiña que sobrevolaban el cuerpo de su infausto
amigo y se cubrió con su piel entrando en el país del
rey de las hadas. Pero se llevó una gran desilusión
todo era bruma y nada más que bruma de la cual a
veces, los irlandeses, parecen ser sus hijos.
Volvió
ante el cuerpo del caballito hirsuto, camarada y
ayudante, espantó las aves de rapiña y siguiendo las
instrucciones del desmerecido corcel, volcó el líquido
curalotodo para preservarlo de la descomposición, tal
como hizo el dios griego Apolo con el infortunado
cuerpo de Héctor, el campeón troyano abatido por
Aquiles bajo las murallas de Troya.
En esos
precisos momentos el príncipe notó que el cuerpo
inerte del caballito sufría una profunda
transformación, emergía el cuerpo de nobilísimo
príncipe que lo abraza y le declara que ha roto el
embrujo de un druida enemigo que lo había condenado a
ser el caballito hirsuto. Agrega a su vez que es el
hermano del rey del país de las hadas y que habrá de
ayudarlo y recompensarlo por haber roto el geis, el
embrujo que pesaba sobre él y el reino. Todos los
avatares por los cuales pasaron fue un plan urdido por
su hermana, su honorable y generosa hermana para poder
salvar el reino y la forma animal que lo había
capturado.
Conn-eda
fue huésped del rey y del pueblo de las hadas. Pero el
reloj marcaba un tiempo Terminal. Le fueron entregados
a Conn-eda las tres manzanas de oro, un magnífico
corcel negro y un fabuloso sabueso ( seguramente de un
blanco inmaculado con las orejas rojas o tal vez de un
negro renegrido) y emprendió el regreso a Connacht,
donde la reina como una raíz cortada, recibía las
lluvias, los vientos y las nevada y un mendrugo de pan
estéril, en una alta torre desde la cual palpitaba su
triunfo en las duras mañanas, pero el fracaso en los
frágiles atardeceres.
Tal vez
era el último día que había sido precedido por un año
y Conn-eda volvía al galope, las tres manzanas en su
alforja, un brioso corcel y un perro jadeando a su
costado y tal vez la reina tuvo tiempo de ver
largamente ese pequeño cortejo que venía desde el otro
mundo al cual, en malas artes, había recurrido por
mezquindad.
El
final tratándose de un cuento de hadas es previsible.
La reina, la madrastra saltó de la torre y como si
fuera una muñeca de porcelana, porcelana de baja
calidad, se hizo añicos contra las frías piedras de su
suelo.
Conn-eda
plantó las manzanas en su jardín y recomenzó bajo su
reinado, otro período de la Edad de Oro. El príncipe,
ahora rey, había madurado, su ingenuidad tan aniñada
había sido transformada, pues supo que el mal anidaba
en los pasillos que llevaban a su recámara. El
sacrificio, la muerte indeseada de su amigo se le
impuso como una lección, pues las odiosas guerras que
puede emprender un rey para favorecer su
enriquecimiento personal, hará que sus soldados, sus
nobles, también sean sacrificados como su caballito
hirsuto.
Todo
cuento nos deja una enseñanza. Y esta se refleja en el
temperamento de los irlandeses.
La
psicología, el mismo Freud acudió a la imagen de un
jinete y su caballo para representar la conciencia y
el inconsciente. Uno tiene la inteligencia y el otro
la fuerza. Los griegos, siempre inteligentes y
estéticos, idearon un centauro, un animal pleno que
reúne ambas cosas. Quirón, viejo maestro de héroes es
el paradigma de este animal fabuloso, maestro en el
arte de vivir y también maestro en el arte de
sobrevivir.
La
historia se desarrolla en Irlanda, pero no es la única
razón por la cual puede ser contada y acaso recordada.
Conn-eda suelta las riendas de su caballito hirsuto y
confía plenamente en él, y esa confianza se cristaliza
en la salvación de su propia vida. Soltar las riendas
del caballo es todo un comportamiento del pueblo de
Irlanda, porque entonces, tal como se simboliza, uno
se entrega confiadamente a las fuerzas interiores.
Podríamos llamar a esta operación del pensamiento como
una profunda intuición de la vida y que nos arroja
sobre los acontecimientos. Esa fuerza interior es la
que ha guiado a nuestros héroes a la libertad y es la
que ha mantenido una lucha despareja contra el
invasor. Uds. saben que hay un viejo dicho en Irlanda
que dice: “ perdón, la pelea es privada o se puede
participar”. Esa es un fuerza interior que se traduce
en el carácter de este pueblo. Claro, a veces,
demasiado a menudo, esa fuerza interior guía al
irlandés al pub más cercano de su sed. Entonces, la
moraleja, es que hay que confiar en ese conocimiento
afectivo ( habrá otro conocimiento que rechace las
causas de nuestro corazón) que se despierta en la
vorágine de los acontecimientos con que la vida nos
pone a prueba. No sé si siempre, en forma permanente,
tal vez, ocurre a menudo.
El
cuento de Conn-eda fue publicado en 1855 en un
periódico llamado Cambrial Journal y luego admirado y
publicado por el gran poeta William B. Yeats. El
profesor Heinrich Zimmer lo trata en su magnífico
libro: “ El rey y el cadáver” Ed. Paidós.
Lic. Guillermo Echavarría Molloy
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