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PARECER, SER, SABER

Mucho vino se ha regado, desde aquellos días en que el comer pasaba por una mera necesidad fisiológica, a merced de los caprichos de la naturaleza y nuestra buena fortuna para dar con la manada de turno.
Epocas en las que no interesaba el ¿cómo? , ni el ¿dónde? , ni el ¿con quién?; sólo importaba el básico ¿qué?. Que hubiera algo para ingerir y saciar el rugir de nuestras entrañas.

Paso el tiempo, y con él nuestros impulsos salvajes se fueron domesticando, dejamos de correr tras los mamuts, para enraizar nuestros vientres y hacer brotar el pan de cada día. La tranquilidad de sabernos con la mesa servida nos invitó al ocio creativo, a la reformulación de lo hasta ese momento aprendido, a hacer de la comida y su momento un ritual casi sagrado. Cada cual desarrolló sus propias recetas de la abuela, espejo de sus creencias, tradiciones, vivencias y hasta posición en la escala social. Las aguas comenzaron a dividirse, y ya nada sería igual, ni con los otros, ni entre nosotros. A cada cual su plato. Bien sabido es que los príncipes y princesas siempre terminan comiendo perdices, mientras labriegos y mendigos sopan la hogaza de pan. Códigos sociales escondidos en una miga de pan. Hoy mismo asistimos al despliegue culinario más pretencioso de los últimos tiempos.

Escuelas de cocina atestadas de alumnos, publicaciones especializadas que desbordan los kioscos de revistas, programas televisivos desde donde los cocineros, gurús del momento, predicen las próximas tendencias. Conocer el lenguaje, manejar los códigos, pertenecer, se ha vuelto la necesidad.
Saber o por lo menos hacer como que sabemos; “glasear” la cebolla, preparar las “quenelles”, “napar” el filete con el fondo de cocción, “confitar” las pieles de naranja, y “decantar” el vino; en definitiva, manejar el idioma.
Ritual de la comida que se transformó en una demostración de poder, de status, de ostentación, en una forma de incluirnos o excluirnos, de identificarnos y de reconocernos.

Claro queda que no se traduce de la misma manera compartir un “chori” con amigos, que comer unos niguiris, montado en un tatami en un níveo restó de Palermo Hollywood; ni que te inviten a una cata a ciegas o a comer ravioles el domingo en la casa de la abuela.
Nuestros hábitos a la hora de alimentarnos son una brevísima carta de presentación.


Pamela Bentel

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