Y EL GANADOR ES...
1 acto: El público se acomoda en sus butacas, expectante. Se levanta el telón.
2do acto: Aparecen en escena los actores, se presentan, sonríen a diestra y siniestra, seducen a los espectadores.
3 acto: Repentinamente y por arte de magia, los actores sufren un shock amnésico o algo así, comienzan a deambular sin rumbo por el escenario, sus miradas esquivan las del público, se convierten en autistas, se aglutinan en las esquinas del escenario a filosofar acerca de los misterios más profundos de la vida humana, sin importar nada más. Los espectadores atónitos.
¿Cómo se llama la obra?: “Y... ¿dónde está el mozo?”. ¿Le suena?, seguramente que sí, porque se renueva permanentemente en la cartelera de los más disímiles restaurantes, boliches y “demases” locales gastronómicos de la ciudad. Es casi una epidemia, la de los mozos autistas a la hora de atender.
A esta secuencia faltaría agregar el cuarto acto, en el que el espectador = cliente, sumido en la más profunda desesperación por recibir atención y en un intento de no ahogarse en su desasosiego, empieza levantando una mano, las dos, sigue tratando de chistar sutilmente para no inquietar al resto de la audiencia, pero no alcanza. Se inicia la fase del agite, exclamaciones, seudo silbidos, hasta que finalmente al modo de un volcán en erupción, la lava empieza a subir, el cliente se levanta y expresa su ira en la barra más cercana.
Continuando con estas particulares carteleras hay otros éxitos en cartel, igual de intensos al momento de la experiencia. Por ejemplo: “Legalmente rubia” (por extensión morocha, caoba, planchada, teñida, alisada, tatuada o pierceada) con escenarios plagados de ninfas apoteóticas, puro piel y hueso, que evidentemente no comen ni ahí ni en ningún lado; alimentadas a oxígeno, que impávidas reptan entre las mesas, con aire de -” no sé a donde voy, no me acuerdo tampoco, pero no me vayan a molestar con trivialidades, que este es mi momento de brillar”, al tiempo que se abren paso casi como sobre una pasarela.
Cuando se les pregunta, balbucean monosílabos y su frase preferida es “No sé, ya te averiguo”, cosa que harán tres horas más tarde, cuando a uno ya se le ha ido el hambre, las ganas y el humor.
O, también existe, la versión, “American Pie”, que más que un lugar para ir a comer, parece una fiesta de egresados, plagado de jóvenes camareros, cada uno con su libre interpretación de lo que es un buen servicio; en plan de vamos a jugar a trabajar, sin mucha noción de lo que tienen que hacer, pero eso sí, “con toda la onda”.
Tampoco faltan espectáculos al estilo “The Mask” ,del under, todos showmans, mozos que hacen su propio espectáculo en cada mesa, chistes, comentarios, acotaciones a la conversación privada y hasta palmadita en el hombro del cliente, harán la delicia y finalmente la pesadilla de los comensales.
Lamentablemente son pocas las salas (continuando con la metáfora) en la que aún se pueden ver, exponentes del tipo “Lo que resta del día”, con mozos de raza y vocación de servicio, entrenados y atentos al más mínimo detalle.
Pero ¡ojo!, que a diferencia de lo que pregona una conocida película “Il mensaggero non e importante”, en este caso “el mensajero de nuestro deseo”, es la pieza clave para que la experiencia resulte un éxito, nadie más que él llegará a la cocina, manejará los tiempos o logrará ese mimo extra.
Un gesto, una mirada equivocada, una mala conexión, bastarán para romper la armonía desatando la más brutal de las batallas campales, aunque no derrochemos un solo exabrupto en ello y la lucha se libre en el más exquisito silencio.
Están en su arena, en su mano duerme el mango de la sartén, conocen de artilugios; más allá de que convengamos, que nosotros como audiencia no siempre somos un destello de virtudes, ni montamos el mejor de los espectáculos, pero eso... quedará para otra entrega.