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Historia y geografía

Fecha de Publicación: 19 - 05 - 2007.

Por Fernando Sánchez Zinny

De las incontables ingeniosidades u ocurrencias que he visto usadas para definir –o aludir–  a la cultura, la que más me ha llamado la atención, y más me ha hecho pensar, se debe a un periodista español cuyo nombre lamento no recordar (estoy seguro de haber leído eso en ABC, o en El País, no en ningún otro diario), pero al que tributo aquí mi expreso reconocimiento y le concedo el entero crédito de haberme desasnado.

Escribió ese hombre, a propósito de algún tema del momento –me parece que era algo relacionado con la política  del gobierno español en materia cultural–, que, simplificando las cosas, en realidad la cultura es “saber historia y geografía”… Y sí, es verdad: si alguien, además de dominar los saberes y convenciones propios de su oficio o estado, conoce historia y geografía, es una persona culta, sin que pueda haber la menor disputa al respecto, lo mismo que acerca de su aptitud como referente social. Al contrario, privado de ese doble soporte podrá ser, según las circunstancias, un técnico, un agente subordinado, o un frívolo más o menos vistoso, pero nunca, de manera alguna, un legítimo recipiendario de  la consideración, el respeto y el ascendiente que genera la excelencia cultural.

En rigor, el periodista no se explayaba sobre esta cuestión sino que meramente asumía una posición polémica, debido a que desde el Estado alguien había propuesto un nivel de menor exigencia pedagógica a propósito de esos dos puntos, lo que por otra parte constituye una tendencia universal de la metodología educativa, pero eso no quita validez a su exposición, ni a lo implícitos argumentos que la sustentaban.

La historia y la geografía son el pasaporte al ámbito en que la captación de las descripciones adquiere sentido, son lo que permite comprender la trascendencia espacial y vivencial de los hechos. Sin ellas las cosas son “a secas”, y el conocimiento se mantiene en una esfera aproximadamente animal, porque saber, entender, comprender  algo –casi está de más decirlo–, suponen conocer dónde está ese algo y cómo es que ha llegado a ser tal como se nos presenta. Aún en el terreno de la especialización  y en  relación con cada una de sus disciplinas, hay que saber el dónde y el cómo. Para pontificar de literatura, por ejemplo, es necesario conocer historia comparada de las literaturas y no hay tu tía. En especial, conocer leyes, es saber por qué las que existen son cómo son y de dónde vienen.

De ahí que, universalmente, la historia y la geografía hayan sido el alimento de las élites y, particularmente, de las élites contraídas al ejercicio de la autoridad social, o de la violencia social. Absurdo es suponer que, en un sentido pleno, se pueda mandar sin saber qué es lo que se manda: mandar, por lo tanto, es utilizar con un determinado cariz utilitario el conocimiento de la historia y la geografía, por supuesto según  patrones cambiantes de acuerdo con los conocimientos propios de cada época.

En realidad, éste es el eje implícito de las discusiones pedagógicas que recorren no sólo España sino la totalidad del mundo occidental. La pregunta es si vale la pena enseñar historia y geografía a todos, sin tener en cuenta cuál ha de ser el papel de cada cual en el gran teatro del mundo? En todo lados el tema está planteado, cautelosa, embozadamente, pero planteado al fin. La consecuente universal decadencia de esos saberes que tal duda implica es descripta como la despolitización de las masas, o el fin de las ideologías,  figuras exactas porque la política y el juego ideológico no son sino las proyecciones sociales del conocimiento.

Reconozcamos, en verdad, que aunque egoístas, los postulados tendientes a restringir la enseñanza no banal de los temas históricos y geográficos tiene, también, su justificación: las masas escolarizadas tras el ingente esfuerzo desarrollado en casi todos los países centrales a partir del siglo XIX terminaron a menudo poseídas por un irrefrenable deseo de participación política, o sea de ejercicio del poder, con las sabidas consecuencias de crueldad aterradora.

Se nos dirá que los temores al respecto son excesivos porque la politización no es el único cauce posible de esos saberes, que hay, asimismo, un ámbito de conceptualización pura que los requiere no menos, sin que en él los oficiantes disputen otros laureles que el del reconocimiento académico. No obstante y sin más que una pizca de malicia, cualquier funcionario puede llenar profusos expedientes explicando que los límites entre una y otra cosa son sumamente imprecisos. Y tendremos que darle la razón, pues, en efecto, debe ser  poco más o menos imposible tratar de convencer a alguien que sabe que se resigne a obedecer. La clásica malquerencia de Catón hacia los esclavos letrados no era achaque de viejo maniático sino la natural reacción de quien ama no hallar trabas a su voluntad.

Pero no hay que preocuparse;  por ahora la cuestión está resuelta. Ya está convenido, sin que importe la opinión  de los rezongones: los pobres recibirán formación pero no serán cultos, sin perjuicio de que una pequeña minoría quede también al margen, no obstante poseer, pese a todo, un esbozo de ciencia. Que les servirá, digamos, para llenar crucigramas, finalidad trascendente que tampoco debe ser desdeñada: “Navegante genovés al que se atribuye el descubrimiento de América, de cinco letras: respuesta, Colón”, o bien: “Río de Siberia que desemboca en el Mar de Ojotsk, cuatro letras: respuesta, Amur”.

 

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