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¿Interpretar o re-interpretar?

Fecha de Publicación: 14 - 12 - 2006.

Cada mirada implica una construcción de un mundo.

Siguiendo el viejo precepto que indica que "cada obra es hija de la cultura que la gesta", consideramos imprescindible el conocimiento exhaustivo de la última para poder realizar una apropiada interpretación de la primera.

Sin embargo -históricamente- muy lejos hemos estado de hacer interpretaciones adecuadas de las obras.

Evidenciamos este fenómeno en la música más fácilmente: un ejemplo notable es el de Johann Sebastian Bach. Músico barroco alemán que vivió entre los siglos XVII y XVIII, Bach tuvo entre sus contemporáneos una fama y un prestigio increíbles. Pero ya a finales del siglo XVIII su fama comenzó a extinguirse hasta formar parte de los "grandes olvidados", pasados de moda. Es Félix Mendelssohn (1809-1847), uno de los más importantes músicos del romanticismo alemán, el que lo redescubre hacia el siglo XIX y al cual Bach le debe su fama actual. Pero ¿no es acaso la interpretación de Mendelssohn una re-interpretación romántica de la obra de Bach? No hay duda de que el Bach que conocemos hoy en día es un Bach romantizado, producto de la reinterpretación realizada en el siglo XIX.

Cosa similar sucede con las piezas del polaco Federic Chopin: no es lo mismo escuchar las románticas y delicadas versiones de sus conciertos para piano y orquesta interpretadas por el pianista polaco-estadounidense Arthur Rubinstein -o mismo por el argentino Bruno Gelber- que las realizadas por interpretes contemporáneos, como Martha Argerich y Daniel Barenbiom, en las que nos encontramos con un Chopin abstractizado y totalmente desromantizado. Preferiría que estos últimos -que sin duda alguna poseen un talento único y excepcional- se dedicaran a tocar obras de Sergei Prokofiev (1891-1953), en vez de quitarle la españolidad a Albéniz.

Ahora bien, es preciso destacar que el fenómeno de la re-interpretación -muy evidente en la música- se manifiesta en todas las ramas de las artes, incluyendo la literatura y las artes plásticas. Ejemplifiquemos: el maravilloso pintor holandés Hieronymus Bosch (1450-1516), conocido también como "el Bosco", vivió y pintó hacia fines del siglo XV y comienzos del XVI. Sin embargo, la interpretación actual que tenemos sobre su obra es aquella dada por los artistas surrealistas en el siglo XX. Sabemos que Bocsh perteneció a algún tipo de logia o grupo de carácter político-religioso, aunque no sabemos con exactitud más de su vida. Su obra, hermética, está teñida de elementos místico-religiosos y esotéricos, de seres extra-ordinarios y de formas fantásticas muy similares a las utilizadas por sus re-descubridores, los surrealistas. Pero ¿asumen estas formas, estos seres, estas situaciones, el mismo sentido que les dieron los surrealistas? Sabemos que los surrealistas basaron su teoría estética en las teorías de Freud sobre el inconsciente, por lo cual es prácticamente imposible que un artista del siglo XVI trabaje alla maniera de los surrealistas, aunque encontremos importantes similitudes entre su obra y la de estos últimos.

¿Interpretamos o re-interpretamos? Miramos las obras de los siglos pasados con ojos del siglo XXI -heredero de varios siglos de miradas que constituyen la civilización occidental actual-, es decir quitándoles el elemento temporal que las mismas poseen. Es por este motivo que no podemos interpretar una obra sin re-interpretarla.

Cada mirada implica una construcción de un mundo. Parafraseando a Borges, hay millones de Biblias conforme a lectores haya. Del mismo modo, podemos decir que hay millones de mundos conforme a miradas haya. Pero no cabe duda que para convivir en sociedad necesitamos crear ciertas miradas estándares. ¿Quién pone estas miradas? Sin duda alguna, el poder a través del pensamiento único, en el que no existen posibilidades de contradicción -muy bien descrito por el filósofo de la Escuela de Frankfurt Herbert Marcuse en su obra "El Hombre Unidimensional"- y de manera microfísica -muy sutilmente-, término empleado por Foucault. Son precisamente para este último los estándares los que fijan el poder: una verdad es impuesta para sostener un poder determinado. Considero apropiada la concientización de esta situación y la posibilidad de tratar de salir de los esquemas del pensamiento único. En lo que respecta al arte -como afirmaba mi maestro, el crítico y pensador argentino Fermín Févre- hay que considerar que cada juicio, cada interpretación -o re-interpretación-, está dotado de cierto punto de vista y de un fuerte componente subjetivo y que, por ende, es opinable. Pero, obviamente, todo juicio interpretativo -a pesar de ser subjetivo- necesita tener cierto fundamento teórico: es necesario construir una "opinión fundada" para poder interpretar una obra de arte aproximándonos lo más posible a la verdad – y dejaré que el lector interprete este término ambiguo a su manera- de la misma.

Santiago Federico Richetti

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