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Jazz y JazzBand

Fecha de Publicación: 14 - 12 - 2006.

¿Qué es, al fin y al cabo, la música del Jazz y el JazzBand?

El Jazz fue una manifestación de carácter degradante, propio sólo del gusto de una raza todavía no redimida por la civilización.

Podríamos ir más lejos aún y afirmar que la música de Jazz constituye una historia indecente a pesar de las sincopas y los contrapuntos. En sus comienzos, sólo se la gustaba vergonzosamente a puertas cerradas, como todos los vicios; luego se popularizó hasta ganar los barrios decentes en que únicamente se la toleró por su aspecto burlesco. En materia de Jazz, Nueva Orleans debe tener un particular interés, desde el momento en que se afirma que nació aquí este vicio musical cuyo origen se encuentra en los más turbios rincones de los barrios populares; nosotros nos negamos a reconocer esa paternidad y no queremos el favor de esas charlatanerías, al contrario, deseamos ser los últimos en aceptar semejante salvajismo en medio de una sociedad adecuada. Donde quiere que brote el Jazz, nos haremos un deber cívico en suprimirlo.

Hasta 1910, el ragtime es una planta que necesita la tierra de Nueva Orleans. Cuando los blancos hablan de él, señalan con un gesto de desprecio en dirección al barrio negro. "El Jazz viene de allá abajo", dicen: "Que la ciudad creciente se ha convertido en la capital de una nueva pasión". Al atardecer, después de que se encienden las luces, a esa hora en que ya los burgueses sólo salen de sus casas con prudencia, extrañas melopeas rítmicas brotan de todos los arrabales. Poco más tarde, en las salas de baile, en las tabernas de mala fama, en las casas galantes que centellean de mármoles y molduras dorados, en los bodegones infectos donde el relente del alcohol de contrabando impregna la atmósfera, la misma queja sincopada se levanta?

Tom Anderson, el jefe de cuartier reservado, tiene un bar que es como de esa zona del vicio. Ese rey del placer trata familiarmente por sus apodos a toda una multitud ambigua de bandidos, jugadores, seres perdidos por la pasión y ricos ociosos que constituyen el elemento activo de su contabilidad sentimental.

Los que poseen dinero son alineados en la columna de los créditos; en el débito se coloca a los que son pagados por la alegría de los otros. Los barmans, los bailarines, las gordas mamadas con collares de perlas, las mujeres marcadas por la degradación del alcohol y el insomnio, los músicos blancos, los cantores negros de labios rosados, todos esos cuya misión es hacer ruido. Conservar a los clientes en estado de exaltación y tentarlos a derrochar sus billetes.

Se escucha ese largo grito melancólico, esa melopea de una raza oprimida que canta su dolor y su tristeza. Esa cantata lenta y majestuosa que parece conservar algo de los antiguos espirituales y de la música fúnebre, va a convertirse en el Blusas. Todos lo ignoran todavía, pero ya los corazones sensibles lloran.

En el bar de la condesa Willy Piazza, en el establecimiento de Lulu White, la dueña del Mahogani Hall, en la casa de Jesie Arlington, en la de Pete Lala, en cualquiera de estos sitios donde una puerta permanece abierta toda la noche, los músicos, ganados ellos mismos por la nueva locura, olvidan sus penas, a los vividores y las mujeres fáciles, mientras entrecierran los ojos para entregarse mejor a una música efervescente que se apodera de sus voluntades como un sortilegio.

Es el gran período ignorado de un arte aún sin nombre. Un gigante expresa con su trompeta estridente los estados del alma de toda una generación: Buddy Bolden; pronto se hace célebre y se lo llama King Bolden, el rey Bolden. Las mujeres lo siguen por la calle; electrizando los corazones simples. Pero cuando él gravemente enfermó, parte para un internado en una pequeña ciudad de Lousiana, ya los pianos repiquetean en el fondo de los antros y otros músicos están listos para continuar su tradición. Si con el fin de realizar una gran propaganda cada vez que una tarde serena moría, allá arriba, sobre el Lincoln Park, Buddy Bolden tomaba su gran trompeta, la dirigía hacia la ciudad y soplaba su llamado; entonces, la ciudad entera sabía que él estaba allí y, poco después, el parque comenzaba a llenarse de gente.

Continuará?

Juan Carlos Corominas

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