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Juan Ramón Jimenez

Fecha de Publicación: 01 - 03 - 2006.

Premio Nobel 1956

Nació en Moguer, pueblo de Huelva, en Andalucía, en el año 1881. Es una
figura destacada en la creación del movimiento literario denominado Post
modernismo.

Tras cursar sus primeros estudios con los jesuítas, ingresa en la
Universidad de Sevilla y en 1900 llega a Madrid, donde publica “Ninfeas”
y “Alma de Violetas”.
En 1936, al estallar la Guerra Civil española se vio obligado a abandonar
España. Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, fueron sus sucesivos lugares de
residencia.

Su obra

-Almas de Violeta. -Ninfeas. -Rimas –
-Arias Tristes. – Jardines Lejanos. – Elegías I.
-Elegías II. – Olvidanzas, I. Las Hojas Verdes.
-Las Hojas Verdes. Baladas de Primavera.
-Olvidanzas
-Elegías III.- Elegías (1907-1908). Losada. Buenos Aires. 1964.
-Baladas de Primavera.
-La Soledad Sonora.
-Pastorales.
-Poemas Mágicos y dolientes.
-Melancolía.
-Laberinto.
-Platero y Yo.
-Estío.
-Antolojía Poética.
-Sonetos Espirituales
-Diario de un Poeta recién casado.
-Poesías Escojidas.
-Eternidades.
-Piedra y Cielo.
-Segunda Antolojía Poética.
-Poesías de J.R.J.
-Belleza
-Poesía en prosa y verso.
-Canción – Verso y Prosa para niños.
-Españoles de tres mundos.
-Voces de mi copla
-La Estación total
-Romances de Coral Gables
-Animal de Fondo
-Dios Deseado y Deseante
-Antología para niños y adolescentes
-Tercera Antología Poética
-Paginas escogidas

El 25 de Octubre: la Academia sueca otorga a Juan Ramón Jiménez el Premio
Nobel de Literatura. Tres días después fallece su compañera de toda la
vida y Juan Ramón se recluye en su casa, en la más absoluta oscuridad.

“…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las esquilas del campanario.
Se morirán los que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;…”

Juan Ramón Jiménez muere el 29 de Mayo de 1958 en la Clínica Mimiya, de
Santurce, Costa Rica

La Flor del camino
(Platero y yo – Capítulo 50)

¡Qué pura, Platero, y qué bella esta flor del camino! Pasan a su lado
todos tropeles -los toros, las cabras, los potros, los hombres-, y ella, tan
tierna y tan débil, sigue enhiesta, malva y fina, en su vallado solo, sin
contaminarse de impureza alguna.

Cada día, cuando, al empezar la cuesta, tomamos el atajo, tú la has visto
en su puesto verde. Ya tiene su lado un pajarillo, que se levanta -¿por
que”?- al acercarnos; o está llena, cual una breve copa, del agua
clara de una nube de verano; ya consiente el robo de una abeja o el voluble
adorno de una mariposa.

Esta flor vivirá pocos días, Platero, aunque su recuerdo podrá ser
eterno. Será su vivir como un día de tu primavera, como una primavera de
mi vida… ¿Qué le diera yo al otoño, Platero, a cambio de esta flor
divina, para que ella fuese, diariamente, el ejemplo sencillo y sin término
de la nuestra?

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