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La desmaterialización de las artes

Fecha de Publicación: 10 - 04 - 2007.

Si realizamos un estudio de la historia del hombre visto desde la concepción que el mismo le da a su cuerpo nos daremos cuenta que ésta ha cambiado mucho a medida que pasaron los siglos.

Vale decir que el hombre capitalista (hablamos del capitalismo propiamente dicho, aquel del siglo XIX) no concibe al cuerpo de la misma manera que el hombre actual: si para el primero el cuerpo equivale a la fuerza de trabajo –según el análisis realizado por Michel Foucault, a una máquina útil para y disciplinada por el sistema capitalista-, para el segundo pasará a un segundo plano. El hombre contemporáneo quiere superarse a sí mismo, a los parámetros básicos de su corporeidad, a su finitud y a la muerte intentando así trascender en la eternidad. Es evidente cómo los avances científicos del siglo XX repercutieron en este cambio de paradigma. Einstein, por ejemplo, afirma que la materia es energía transformada. Significativa también es la toma de conciencia de que, a pesar de creernos continuos, a nivel microscópico somos discontinuos, es decir que entre los distintos átomos que nos forman hay agujeros de vacío. Estos descubrimientos crean una nueva concepción de lo corpóreo: la solidez de la materia es ilusoria.  Es de esta forma que nace lo que Nicholas Negroponte denominó el "Ser digital", es decir un Ser totalmente inmaterializado y descorporeizado. Vemos este fenómeno, por ejemplo, en la digitalización del código genético, a través del cual el Ser es concebido como información inmaterial.

Nos encontramos en una época dominada por la comunicación masiva, en la cual el conocimiento es reemplazado por información (cuanto más simple y directa mejor). En lo que respecta al arte, el punto de inflexión está en los sesenta, época en la que se hace hincapié en el fenómeno de resignificación, capaz de transformar los objetos cotidianos en obras de arte. Una década más adelante, es decir en los setenta, el valor del arte residirá, en cambio, en su comunicabilidad. Este arte comunicativo de los setenta tiene sus máximos exponentes en fenómenos como el denominado "arte postal" o como el popularizador "arte sociológico" ( art sociologique) de Hervé Fischer -para el cual "todos somos artistas"-, dotados de un fuerte elemento conceptual. Es también en las décadas del sesenta y setenta que surgen propuestas como la de la "pintura plana", del crítico norteamericano Clement Greenberg, el cual sugería una pintura exenta de cualquier tipo de profundidad, ya sea espacial-compositiva o de contenido.

Es, entonces, a partir de esta época que el concepto empieza a tomar protagonismo en la obra de arte, hasta el punto de dejar de lado cualquier elemento sensible-perceptivo. Parafraseando al crítico Fermín Fèvre, con el arte conceptual se pasa del paradigma del "ver para creer" a aquel del "creer para ver". El goce estético se convierte en un mero juego intelectual. El espectador no tiene acceso al significado de la obra sin poseer la información teórica previa para acceder al mismo. Se pierde de este modo el sentido estético de las obras de arte, transformándose estas ultimas en meras alegorías, encargadas de expresar una idea precisa –o, mejor dicho, se podría afirmar tranquilamente que las obras son los conceptos en sí-. Ya hace prácticamente dos siglos Friedrich Whilem Hegel predijo: "el pensamiento y la reflexión han dejado atrás al arte", introduciendo en el lenguaje estético el famoso concepto de la "muerte del arte", que fue interpretado de modos muy diversos por posteriores pensadores. Según algunos teóricos –en especial los más ligados al sistema-, como el americano Arthur Danto, esto se debe a una fusión y retroalimentación de dos diversas –aunque a veces no tan diversas- disciplinas: el arte y la filosofía; perdiendo la primera su verdadera identidad para transformarse en la última.  

¿Acaso la pintura, quizás la más humana y primordial forma de expresión artística, ha muerto? No es extraño que el arte conceptual, es decir aquel arte desmaterializado en el cual la forma –el elemento estético por excelencia- es reemplazada por el concepto –que en definitiva no es más que información barata- se desarrolle en tiempos como los nuestros. Por un lado, y como ya lo hemos dicho, asistimos a una época de digitalización de la materia: el espacio virtual, el Internet, la comunicación vía E-mail, la cultura I- pod, son algunos de los ejemplos más claros de desmaterialización de la información. Por el otro nos encontramos en tiempos regidos por el paradigma de "todo vale" y por el pensamiento único, en los cuales se prefieren las experiencias efímeras y no se hace ningún intento por profundizar en el conocimiento; es la era del llamado "Ser asexual", aquel individuo cuya vida se encuentra desprovista de cualquier forma de incentivo –tomemos como ejemplo más evidente a los jóvenes que, seducidos ya sea por la televisión, la computación o los videojuegos, por ejemplo, desarrollan su existencia en una realidad virtual (inmaterial también)-. Si cada obra de arte es hija de la cultura que la gesta, ¿cómo no va a estar bastardizado el arte actual?

Esta nota es la continuación de una publicada previamente, a la cual titulé "La ambigüedad en el arte moderno". Al final de la misma hago referencia al mito de las tres transformaciones, el mismo se encuentra en "Así hablaba Zaratustra", escrito por el filósofo alemán Friedrich Nietszche en los años ochenta del siglo XIX,  y describe tres mutaciones del espíritu: el viejo camello que solía transitar el desierto sin rumbo, agobiado por su pesada carga –producto de los siglos-, es devorado por el destructivo león. Caen así todos los paradigmas establecidos y surge un tiempo de crisis y desorden. Sin embargo, hay una esperanza: para superar este caos debemos esperar al nacimiento de un niño salvador. Quisiera terminar está nota con la pregunta ya formulada en mi nota anterior: ¿Estará muriendo el arte o estaremos a la espera de aquel niño el mito nietzscheano?

Santiago Federico Richetti

 

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