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La pérdida de la Gran Bretaña

Fecha de Publicación: 08 - 02 - 2006.

“ La Isla se humedecerá con lágrimas nocturnas y todos llorarán a todo”. Profecías de Merlín.
“ And the wisdom is butterfly, and not a gloomy bird of prey”. W.B. Yeats
( y la sabiduría es mariposa, y no la sombría ave de presa”)

Se asegura que el viejo Islam todavía llora la pérdida de Granada. Algo similar podemos decir los viejos celtas con la pérdida de la Gran Bretaña. Todavía se puede llorar legítimamente que los alemanes terminaran sentados en un trono que detentó en un momento de la historia, una quinta parte del mundo. Por distintas razones la mitad del mundo habla inglés de manera correcta, la otra mitad, lo habla también. Y como dice Humberto Ecco, el idioma inglés tiene la ventaja de que se puede hablar aunque sea mal. Repasemos un poco esta historia que comienza en un rincón del mundo para atrapar el foco central a lo largo de mil quinientos años, que es el tiempo que se puede estimar que tardó la historia en formar a un inglés.

Como en tantos otros acontecimientos, la historia congrega nombres propios que no podemos marginar; rescatamos los más significativos. A su vez, hay hechos fortuitos y desafortunados, como la peste que diezmó a los celtas en el momento más álgido de la conquista anglosajona; impersonales también son la superioridad de la disciplina y las armas de los romanos y la ya tradicional miopía de los celtas a resolver sus pleitos internos para enfrentar al enemigo desde una mejor posición, a lo que debemos sumarle una estrategia de guerra equivocada.

En pequeñas pero sucesivas invasiones, las tribus celtas asentadas en Bélgica, Francia y España fueron arribando a Gran Bretaña. La isla no estaba desocupada; por el contrario un substrato precelta los precedía. Ellos fueron los constructores de los grandes megalitos, dólmenes y menhires y seguramente los celtas aprendieron de ellos mucho más que el arte de subir piedra sobre piedra. Posiblemente les donaran un gran conocimiento sobre prácticas mágicas y medicinales. El interludio no duró mucho tiempo, pues en el año 55 y 54 AC, el implacable Julio Cesar desembarcó en Gran Bretaña, aunque no es una aventura digna de estar a la altura de este conquistador. Mucho menos hizo Calígula. Mas fue su tío, el emperador Claudio que a partir del 43 DC, le imprimió a la conquista de Gran Bretaña el carácter de invasión y permanencia de la civilización romana. Alrededor del 80, Agrícola consolida la invasión y se propone romanizar la isla. Logra congregar adeptos, pero no en Gales y Escocia que siguen su lucha contra el imperio. En el 125 se traza una muralla de piedra, el muro de Adriano para contener a los pictos, es decir, la tribus norteñas de Caledonia, que era el nombre romano para Escocia. El muro fue ineficaz porque en el 143 aparece el muro de Adriano. Durante cuatrocientos años de establecimiento romano en Gran Bretaña, no han quedado huellas profundas en Gran Bretaña como las que remarcaron en la Galia. Irlanda no conoció el dominio romano, Gales y Escocia resistían la penetración. Las ciudades romanas no deslumbraron a los celtas. Comenzaron como guarniciones, luego adquirieron su fama de mármoles y baños públicos. Pero al retirarse los romanos, los celtas no se tentaron con ocupar sus sitios. Los celtas no tenían amor por la propiedades cívicas, no hay un solo templo celta que no fuera a la vez, la propia Naturaleza que se expresaba preferentemente, en los cursos de agua o en el copas de los árboles. Las ciudades celtas en Gran Bretaña (oppides) no eran más que simples refugios y mercados al aire libre. El idioma romano no dejó huellas perdurables, los celtas siguieron con sus vocablos intraducibles y con su amor por la tradición oral y un cierto aire de superioridad al calificar la lengua escrita como la tumba de la memoria. La afinidad celta por la trinidad formaba parte de la metódica manera de memorizar, panteones de dioses, complejas genealogías, formulas mágicas, conocimiento del cielo y de las hierbas… todo lo que rodeaba al hombre.

Los romanos permanecieron cuatrocientos años en Gran Bretaña, y en el 417 con el retiro de sus legiones para reforzar las defensas del Rhin, se retira también su breve legado que no encandiló a los isleños.

Y ahora nos encontramos con la historia, la leyenda y el mito, pues en el 449 se nos asegura que a las costas de Inglaterra arribaron tres navíos anglosajones y frisos y que entre ellos, venían dos jefes, gemelos, Hengist ( potrillo) y Horsa ( horse.. caballo), seguramente asociados a sus cultos paganos y al totemismo. El rey britano era Constantino, el primer rey cristiano de Gran Bretaña. Es asesinado por Vortigern, usurpador y traidor que no tarda en contratar a los invasores como mercenarios para sacarse a los pictos de encima. Dos de los hijos de Constantino huyen de Inglaterra para formar ejércitos en el continente, Aurelio Ambrosio y Uther Pendragón, que a su vez, derrotarán provisionalmente a Vortigern y los anglosajones. La figura de Uther Pendragón (cabeza de dragón) es muy significativa en esta historia. Podríamos compararlo con nuestro Gral. Lavalle, “ una espada sin cabeza”, todo impulso, todo fragor, pero nada de reflexión. Será el padre de Arturo ( Artús: oso). Lo cierto es que toda victoria celta sobre los anglosajones ciertamente era provisoria, porque a la vez, eran incapaces de terminar con sus guerras intestinas. Y es en estos momentos en que debemos situar las figuras de Arturo y Merlín, en siglo IV o a lo sumo, en el V. Arturo debe haber sido un dux bellorum, un jefe de guerra muy romanizado, que ya desde el siglo II detentaban el título de “ Comes Littoris Saxoni” pues la invasión y el peligro anglosajón es anterior al 449 en que nos sitúa la leyenda y el mito. La figura de Arturo creció indefinidamente a partir del siglo XII , pero en realidad, no es el hombre de resplandeciente armadura, a lo sumo, una malla de cuero al estilo romano. No obstante, sus historias lo sindican como conquistador de Gran Bretaña, de Noruega, Dinamarca, toda la Galia y cuando se dirigía a cobrar tributos a los romanos, su medio hijo y medio sobrino, Mordred, se subleva en Inglaterra, debiendo Arturo, volver para enfrentarlo en Calman, donde mata a su hijo a la par que queda mal herido, siendo trasladado a Avalon, donde es curado, mientras que otras tradiciones, lo hacen dormir en una cueva.

La conquista anglosajona se extendió por ciento cincuenta años, pero no entraron en la profunda Gales y Escocia. Pero la “paz” anglosajona no duraría mucho, pues ahora es el turno de vikingos que a partir del siglo VIII y IX comienzan a asolar no sólo las costas de Inglaterra, Escocia, Irlanda, sino que llegan a la propia Rusia ( russ es un vocablo vikingo), Italia, Francia, y las costas de América. Esos hombres barbudos y blancos de la tradición mesoamericana muchos la han asociado con los navegantes nórdicos.

Los vikingos fueron una notable preocupación para la civilización occidental. Sus largas naves anunciaban, -como una bandada de cuervos-, la muerte, el pillaje, la esclavitud. En Inglaterra los enfrenta en el siglo IX Alfredo de Wessex, Alfredo el Grande, pero la resistencia anglosajona no logra impedir que los noruegos sentaran un vikingo como rey: Canuto, en el siglo IX. Su pequeña grandeza murió con él. En Irlanda, es el gran Brain Boro quien derrota a los vikingos. Pero en Francia, los vikingos se aquerenciaron y los franceses se acostumbraron a estos normandos ( norman: hombres del norte), y les cedieron el ducado de Normandía. En el 1066, Guillermo el conquistador, hijo bastardo, se dirige a Gran Bretaña con la simpatía papal y derrota en Hasting al rey anglonormando Harold. Llevaba entre sus tropas, a la caballería celta, que tiene la enorme oportunidad de devolverle el golpe a los viejos enemigos. Lleg
aban los nuevos conquistadores, nuevas armas, nuevas sangres, nuevo idioma ( el francés), nuevas costumbres y nuevas instituciones, como el feudalismo. El lema de esta aristocracia guerrera era “ Ninguna tierra sin señor”. Era una suerte revancha de los viejos celtas vencidos que fueron llamados a las cortes para componer y cantar las glorias de los nuevos señores. En una apretada e imperfecta síntesis hemos visto de que se trata la “pureza” de la “raza inglesa”. Entre tanto, el anhelo celta de recuperar sus pertenencias reside en el sueño del rey Arturo que duerme en un cueva esperando ser despertado por el clamor resuelto e impostergable de los suyos. Una poesía irlandesa hace alusión: “ Te esperaron reyes y reyes en muchas batallas”. “ ¡ Oh, espada de aquellos reyes de fuego voraz, no temas perderte!. Ya buen dueño hallarás, paladín valeroso”.

Prof. Guillermo Echavarría Molloy

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