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Las dos mitades de un hombre

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.

Cuentos
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este cuento inauguramos la sección en que publicaremos, previa
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Jorge Castro

Pablo Alfaro estaba inconsciente en un hospital pero nadie venía a
verlo. Los médicos y las enfermeras se asombraban de esa situación,
porque suponían que ese hombre algún pariente en el mundo tendría.
Si fuera un linyera podía ser que no contara con una familia o que esta
no se quisiera hacer cargo de él, pero ese no parecía ser el caso del
paciente en cuestión. Al hospital había arribado sin los documentos
pero con una agenda en donde estaba su nombre y una larga lista de
teléfonos. En uno de los renglones decía “casa” seguido de un número.
Llamaron ahí preguntando por la señora de Pablo Alfaro, pero la
respuesta de esta fue la menos imaginada: – debe ser un error, mi
esposo esta aquí junto con toda la familia festejando el cumpleaños de
nuestro hijo, le repito que debe ser un error, y si es un chiste es de
muy mal gusto.
Y la mujer no faltaba a la verdad, porque mientras Pablo Alfaro, nacido
el 20 de agosto de 1970, abogado y padre de Mateo estaba sin
conocimiento en una cama en el hospital, Pablo Alfaro, nacido el 20 de
agosto de 1970, abogado y padre de Mateo se encontraba en la fiesta de
su hijo.
Probaron llamando al resto de las personas que figuraban en la agenda,
pero luego todas se comunicaban con la mujer de Alfaro, y ella les
explicaba que él estaba en ese momento en la casa y que se debía tratar
de una broma pesada de un infeliz que no sabía en que ocupar su tiempo.
La noche del accidente, Pablo Alfaro salió apresurado de su estudio
porque la consulta del último cliente del día se había dilatado
demasiado. Manejó rápido, excesivamente rápido, por temor a llegar
tarde al cumpleaños de su hijo, pero en una mala maniobra el auto se
estrelló contra un árbol, y aunque no se mato de milagro, perdió el
conocimiento.

Pero
no solo eso lo abandonó, una parte de él salió despedida de su cuerpo
al igual que él del auto. Una porción de su ser se desprendió y lo dejó
tirado en la calle, a la espera de la ambulancia que tenía que llegar a
socorrerlo.
Y al mismo tiempo que Pablo Alfaro era trasladado de
urgencia al hospital, Pablo Alfaro se disculpaba ante su mujer por
haber llegado unos minutos más tarde de lo previsto.
Las enfermeras empezaron a sentir una mezcla de lástima y cariño por el
internado que parecía no recuperar la memoria, adornaban su habitación
con flores y la aromatizaban con sahumerios.
Este caso desconcertaba a todo el equipo médico del hospital: su cuerpo
estaba en perfectas condiciones, no había razones para que siguiera
inconsciente. Los días pasaban y la sospecha de que terminaría siendo
un vegetal aumentaba, por eso unas enfermeras se fueron caminando hasta
la Basílica de Luján para pedir por la vida del paciente mimado del
hospital.
Y mientras Pablo Alfaro no despertaba, Pablo Alfaro trabajaba en su
estudio, jugaba con su hijo, iba al cine con su mujer y practicaba
fútbol con sus amigos.
Pero este último Pablo Alfaro se notaba extraño, sentía su ser
inestable. Necesitaba algo que no permitiera que de un momento a otro
su cuerpo se diseminara en varios pedazos. Necesitaba un envase.
Y también era muy extraña la sensación de que debía gobernar los
sentimientos de alguien, pero no sabía de quién. Algo le decía que
tenía que lograr que su apoderado fuera un buen hombre, amoroso y fiel
con su esposa, bondadoso y tierno con su hijo y honesto y solidario con
las demás personas.
Mucho analizó la situación pero ninguna verdad reveló, hasta que en un
sueño le llegó la respuesta al dilema que tan atormentado lo tenía: en
la somnolencia, él se encontraba en un lugar lleno de pasto y con un
gran estanque en el medio, y en ese sitio muchas personas paseaban de
la mano con un doble exacto de ellas, menos él, que estaba solo.
Entonces comprendió todo.
Se cambió rápidamente y manejó hacia un lugar que no conocía pero en el
que estaba seguro de que encontraría la verdad. Pablo Alfaro estacionó
en la puerta del hospital en donde Pablo Alfaro estaba internado, y
entró subiendo de a tres escalones hacia donde una fuerza invisible lo
guiaba.
Y cuando Pablo Alfaro llegó al norte de su busqueda, que era la
habitación en que Pablo Alfaro se encontraba inconsciente, y lo vio, se
acercó y muy lentamente se introdujo en él. Al instante, Pablo Alfaro
recuperó el conocimiento y volvió a ser el hombre de siempre. Ya había
recuperado su alma.

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