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Las manzanas doradas de Loch Erne

Fecha de Publicación: 31 - 05 - 2006.

Conn-eda o las manzanas doradas de Loch Erne

“ Nada de mezquindad, nada de miedo, nada de celos”.

Reina Medbh

Un buen cuento irlandés no puede carecer de hadas, de príncipes hermosos y valientes, nobles doncellas, de una pareja real, ora justa, ora odiosa, de valiosos trofeos, de druidas y brujas, de un pueblo amante de la justicia, de campesinos o pescadores que le pelean a la pobreza material pero que se sostienen en la fe de sus antepasados. No puede carecer de bruma, de espíritus que ayudan y de los otros, los vengativos, pero lo que es imprescindible en un buen cuento irlandés es la mutua dependencia del mundo natural y sobrenatural. En realidad, no sería dos mundos, sino un único mundo partido, como un tablero de ajedrez.

Este cuento de un bello príncipe de Connacht ( Kánnat), tiene todo esos elementos fantásticos, es decir, de la vida cotidiana de los isleños.

He elegido para el epígrafe tres amonestaciones de una reina mítica, cuando dice mítica no quiere decir irreal, muchos menos inexistente. Mítico quiere decir sencillamente que el tiempo histórico para su ubicación es impreciso. La reina Mabd o Medbh ( su nombre ya nos indica un rasgo de los irlandeses, pues quiere decir Embriaguez) es la arrojada esposa del rey Aillil, de la comarca de Connacht. Le advierte a raíz de una competencia entre ambos que: “ nada de mezquindad, nada de miedo, nada de celos”. Tengo la íntima persuasión que eso sintetiza parte del carácter irlandés, una meta a alcanzar. Cuando un incurre en el incumpliendo de estas reglas, suceden muchas cosas y es la que me propongo contar ahora porque de eso trata la historia, de mezquindad, celos y el miedo íntimo que alguien alcance el triunfo. Esta es el cuento de Conn-eda.

“ Había una vez, un rey irlandés, magnánimo, justo, generoso del pequeño reino de Connacht, en el noroeste de la verde isla. La reina se llamaba Eda, era britania, pero no le iba en la saga al rey, llamado Con. Ambos eran amados y la tierra prosperaba bajo el amparo de esta noble pareja real y mítica. Los ríos estaban cargado de frutos, los árboles cargados de frutos, el ganado cargado de frutos, los campos cargados de frutos, los mares cargados de frutos; entonces los hombres estaban cargados de frutos. ¿ No será al revés?. Cuando las cosas, tierra, hombres y tiempo son tan perfectos y armoniosos tiene un nombre que lo caracteriza: La Edad de Oro, a partir del Renacimiento europeo, eso se llamará Utopía. Un día de esa pareja nació un niño muy hermoso. Los druidas le auguraron un gran futuro. Decidieron llamarlo Conn-eda porque había heredado lo mejor de ambos progenitores.

Pero todos sabemos que a la Edad de Oro, le debe seguir la degradación del metal… plata, bronce, hierro… Es decir, la esencia de la felicidad es que no puede ser permanente. Una felicidad indefinida en el tiempo, deja de serlo, se transforma en una molestia.

Así que se interrumpe la Edad de Oro del reino de Connacht con la muerte de la buena reina Eda. Luego del duelo, y no pudiendo ser de otra manera, el rey halló consuelo en otra mujer, que distaba mucho de tener el buen carácter de su antecesora. El texto no nos indica el nombre de la nueva reina, pero su nuevo título de madrastra ya nos alerta. Esta nueva reina tenía sus propios hijos a los cuales quería favorecer en la sucesión del trono en detrimento del príncipe Conn-eda que jugaba lejos, ingenuamente de los acontecimientos que se precipitarían en el reino. Conn-eda era amado por su pueblo y su comportamiento generoso no mostraba fallas para ser aprovechadas por la reina. Por lo tanto, la misma se dirigió a una bruja, a la magia negra, para poder conseguir medios para el reemplazo. El texto nos aclara que pagó muy caro el elemento embrujado que usaría contra Conn-eda. La bruja le había entregado un tablero de ajedrez encantado que tenía la particularidad de ganar la primera partida para su dueño o dueña. Así que la reina, seguramente en una tarde apacible bajo la sombra protectora de un viejo roble, desafió a Conn-eda a una partida del juego mencionado. Y tal como estaba establecido por medio del embrujo, la madrastra ganó el primer juego. Y como ganadora la reina le impuso a ingenuo príncipe, un geis, una interdicción, un tabú ( aunque este nombre no es aplicable en todo su extensión, nos aproxima al concepto). Yo recuerdo que en nuestra infancia ( me falla la memoria exactamente en que juegos) nos dedicábamos a jugar y siempre había alguien que se equivocaba e iba al rincón. El resto de los jugadores se reunían y en voz baja planeaban las penalizaciones de la pobre víctima. Luego se lo llamaba al son de una cantinela que decía: berlín, berlìn… quién dijo que debías…. Si la víctima acertaba al autor, este debía cumplir su propia pena. El geis es un interdicción, una prohibición. Nuestro Aquiles irlandés, Cuchulainn tenía dos geis, es decir geasa, que es su plural. No podía decir nunca que no ante una invitación a un banquete. El otro era que no podía comer carne de perro. Tres malvadas brujas ya en el fin de su vida, lo invitan a comer y le sirven carne de perro, con lo cual se debilita y termina muriendo en la forma heroica, atado a una piedra para morir de pie, tal como lo muestra la escultura de la Oficina de Correos en Dublín. Cuando un hada se relacionaba sentimentalmente con algún caballero, tan noble como arrebatado en sus comienzos, siempre le imponía el geis de no divulgar sus relaciones. Cuando el imprudente joven llegaba al palacio, era lo primero que contaba. El rompimiento del geis lleva a las más severas penalizaciones, muerte, destrucción. Volviendo al relato, terminado el partido, la reina impone su geis: el joven Conn-eda debe ir más allá de los confines del reino natural, al país de las hadas y traer de allí tres trofeos mágicos: tres manzanas de oro, un magnífico cordel y un fabuloso sabueso. Allí Conn-eda comprendió que su madrastra le había tendido una trampa. Por lo tanto reaccionó con presteza e inteligencia y le propuso a la reina un segundo partido, que no tardó en ganar pues el tablero encantado había perdido sus poderes en la primera partida. Por lo tanto Conn-eda le impuso su geis a la reina: debía permanecer sentada en una alta torre, a la intemperie, con magras comidas por el plazo de un año y un día, que era el tiempo que le llevaría a Conn-eda para conseguir los trofeos míticos de el Lago de las Manzanas Doradas. La pena por no cumplir con los geasa era el exilio, lo que ya sabemos, que entre los griegos y los celtas, era peor que la muerte.

El reloj se echó a correr y el joven príncipe, en medio del desconcierto se dirigió al druida del reino, que se manifestó desorientado en poder brindarle ayuda, pistas. Pero recordó que en un paraje algo alejado del palacio, había un extraño pájaro con la cabeza humana, que conocía el pasado, el presente y el futuro que tal vez podría ayudarlo en forma más eficiente. Entonces el druida trajo ante la presencia del hermoso príncipe Conn-eda un caballito hirsuto, es decir, pelo disperso y duro, desfavorecido por forma y estampa. Su simple visión era lastimera.

El druida le dio una piedra preciosa para ofrecérsela al pájaro con cabeza de hombre, es decir, para favorecer su memoria y aflojar su lengua y luego agregó que el caballito, el lastimoso caballito lo llevaría hasta el lugar donde anidaba el fabuloso animal y que llegaría al cabo de tres jornadas. Por lo tanto, el príncipe montó al animal, soltó la riendas del caballo hirsuto y este se puso en marcha en una dirección precisa. A poco de andar, el caballito hirsuto le dio la primer gran sorpresa: estaba dotado del habla humana. Al cabo de tres días llegaron ante la presencia del pájaro hombre, que es el símbolo de un druida, de un archidruida. Algo cauteloso el pájaro hombre se dejó sobornar por la joya e indicó a Conn-eda que debajo de la piedra que estaba pisando, había una bola de hierro y una copa. Así que Conn-eda levantó la bola y la arrojó con fuerza, levantó la copa y montó su cabalgadura. El archidruida, señor del pasado, del presente y del futuro, agregó que dejara que el caballito siguiera la bola. Esta parecía no detenerse ante nada. Entró en un curso de agua y esa especie de centauro imprimado y desparejo que eran el príncipe y su hirsuto caballito, se hundieron en el curso de agua. Lentamente fueron llegando al lago de las manzanas de oro. Allí el caballito le dijo: mete tu mano en mi oreja, saca un frasquito de curalotodo y una cestilla y vuelve a montar rápido porque ahora comienzan los peligros.

Nos encontramos aquí con otro curso de agua, que se puede denominar como “frontera húmeda”, es decir, es marcada delimitación entre el mundo natural y el sobrenatural, una frontera entre lo profano y lo sagrado. Siempre hay un guardián entre ambos mundos: algún dragón, un perro con tres cabezas, hombres escorpiones….etc. La mitología es muy rica es estas formas espantosas que disuaden a los cobardes. En este cuento son tres serpientes de bocas gigantescas. El caballito le dice a Conn-eda que saque de la cestilla, tres pedazos de carne y las arroje con buena puntería a cada cabeza de serpiente, que el lugar de picar, se entretuvo con tres bocados inesperados. Pasaron la primera prueba. La segunda fue un buen brinco para sortear un río y luego un salto mortal sobre una montaña de fuego que alcanzó a chamuscar al príncipe. El caballito le indica que se cure las heridas con el elixir curalotodo, que tal vez era un jugo hecho en base al muérdago, planta sagrada y representante del sol que parasita los robles. Las heridas se curaron mágicamente, es decir, rápidamente y sin dejar cicatrices.

Y ahora llegamos al momento más trágico, más doloroso del cuento. El caballito lo hace desmontar al príncipe y le dice que saque de su otra oreja un cuchillito y que con ese arma, tendría que matarlo y desollarlo y con la piel, fabricarse un escudo para poder ingresar entre las murallas ardientes de un castillo que tenían delante de sus miradas. Primero fue indignación y luego desconsuelo, el príncipe le dice que jamás dañará la amistad que han logrado forjar en esas cortas jornadas en que fueron un solo cuerpo. “ Nunca sacrificaré la amistad al interés personal”. “ tu propuesta es insultante”… Pero el caballito insiste y le advierte, que ambos están en un serio peligro y que sino hace lo que le pide, las cosas saldrán mal y nuca más volverán a verse. Hay aquí algo paradójico, dolorosamente paradójico, porque si bien implica la muerte, el sacrificio, hay un destello de volverse a encontrar de alguna manera. El príncipe contrariando todo amor y buen entendimiento, termina clavando el cuchillo en el cuello impreciso de su caballito hirsuto, fiel guía, fiel camarada, es como si el príncipe se deshiciera de sus piernas y del derecho de caminar. Como podemos destacar hasta aquí, “nada de mezquindad, nada de miedo, nada de celos”. La madrastra ha sido mezquina y el príncipe no ha tenido miedo ni siquiera de ir contra sus propios principios. Fue tal impacto de la muerte de su amigo, que Conn-eda se desmayó largo rato. Al despertarse espantó las aves de rapiña que sobrevolaban el cuerpo de su infausto amigo y se cubrió con su piel entrando en el país del rey de las hadas. Pero se llevó una gran desilusión todo era bruma y nada más que bruma de la cual a veces, los irlandeses, parecen ser sus hijos.

Volvió ante el cuerpo del caballito hirsuto, camarada y ayudante, espantó las aves de rapiña y siguiendo las instrucciones del desmerecido corcel, volcó el líquido curalotodo para preservarlo de la descomposición, tal como hizo el dios griego Apolo con el infortunado cuerpo de Héctor, el campeón troyano abatido por Aquiles bajo las murallas de Troya.

En esos precisos momentos el príncipe notó que el cuerpo inerte del caballito sufría una profunda transformación, emergía el cuerpo de nobilísimo príncipe que lo abraza y le declara que ha roto el embrujo de un druida enemigo que lo había condenado a ser el caballito hirsuto. Agrega a su vez que es el hermano del rey del país de las hadas y que habrá de ayudarlo y recompensarlo por haber roto el geis, el embrujo que pesaba sobre él y el reino. Todos los avatares por los cuales pasaron fue un plan urdido por su hermana, su honorable y generosa hermana para poder salvar el reino y la forma animal que lo había capturado.

Conn-eda fue huésped del rey y del pueblo de las hadas. Pero el reloj marcaba un tiempo Terminal. Le fueron entregados a Conn-eda las tres manzanas de oro, un magnífico corcel negro y un fabuloso sabueso ( seguramente de un blanco inmaculado con las orejas rojas o tal vez de un negro renegrido) y emprendió el regreso a Connacht, donde la reina como una raíz cortada, recibía las lluvias, los vientos y las nevada y un mendrugo de pan estéril, en una alta torre desde la cual palpitaba su triunfo en las duras mañanas, pero el fracaso en los frágiles atardeceres.

Tal vez era el último día que había sido precedido por un año y Conn-eda volvía al galope, las tres manzanas en su alforja, un brioso corcel y un perro jadeando a su costado y tal vez la reina tuvo tiempo de ver largamente ese pequeño cortejo que venía desde el otro mundo al cual, en malas artes, había recurrido por mezquindad.

El final tratándose de un cuento de hadas es previsible. La reina, la madrastra saltó de la torre y como si fuera una muñeca de porcelana, porcelana de baja calidad, se hizo añicos contra las frías piedras de su suelo.

Conn-eda plantó las manzanas en su jardín y recomenzó bajo su reinado, otro período de la Edad de Oro. El príncipe, ahora rey, había madurado, su ingenuidad tan aniñada había sido transformada, pues supo que el mal anidaba en los pasillos que llevaban a su recámara. El sacrificio, la muerte indeseada de su amigo se le impuso como una lección, pues las odiosas guerras que puede emprender un rey para favorecer su enriquecimiento personal, hará que sus soldados, sus nobles, también sean sacrificados como su caballito hirsuto.

Todo cuento nos deja una enseñanza. Y esta se refleja en el temperamento de los irlandeses.

La psicología, el mismo Freud acudió a la imagen de un jinete y su caballo para representar la conciencia y el inconsciente. Uno tiene la inteligencia y el otr
o la fuerza. Los griegos, siempre inteligentes y estéticos, idearon un centauro, un animal pleno que reúne ambas cosas. Quirón, viejo maestro de héroes es el paradigma de este animal fabuloso, maestro en el arte de vivir y también maestro en el arte de sobrevivir.

La historia se desarrolla en Irlanda, pero no es la única razón por la cual puede ser contada y acaso recordada. Conn-eda suelta las riendas de su caballito hirsuto y confía plenamente en él, y esa confianza se cristaliza en la salvación de su propia vida. Soltar las riendas del caballo es todo un comportamiento del pueblo de Irlanda, porque entonces, tal como se simboliza, uno se entrega confiadamente a las fuerzas interiores. Podríamos llamar a esta operación del pensamiento como una profunda intuición de la vida y que nos arroja sobre los acontecimientos. Esa fuerza interior es la que ha guiado a nuestros héroes a la libertad y es la que ha mantenido una lucha despareja contra el invasor. Uds. saben que hay un viejo dicho en Irlanda que dice: “ perdón, la pelea es privada o se puede participar”. Esa es un fuerza interior que se traduce en el carácter de este pueblo. Claro, a veces, demasiado a menudo, esa fuerza interior guía al irlandés al pub más cercano de su sed. Entonces, la moraleja, es que hay que confiar en ese conocimiento afectivo ( habrá otro conocimiento que rechace las causas de nuestro corazón) que se despierta en la vorágine de los acontecimientos con que la vida nos pone a prueba. No sé si siempre, en forma permanente, tal vez, ocurre a menudo.

El cuento de Conn-eda fue publicado en 1855 en un periódico llamado Cambrial Journal y luego admirado y publicado por el gran poeta William B. Yeats. El profesor Heinrich Zimmer lo trata en su magnífico libro: “ El rey y el cadáver” Ed. Paidós.

Lic. Guillermo Echavarría Molloy

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