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Las rayas (Fragmento)

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


De Horacio Quiroga
(Argentino, 1878-1937)

Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y
con toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor
estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la
mañana siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró
sorprendido, miró su obra, y se disculpó murmurando.

No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las
anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de
rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé
malhumorado, rogándoles muy seriamente que no se repitieran esas
gracias. Me miraron atentos pestañeando rápidamente, pero se retiraron
sin decir una palabra.

Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo
de peinarse, echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudecido;
trataban de estar todo el día juntos, pero no hablaban nunca entre
ellos.

Así varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la
mesa, rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por
hoja; todas las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el
cuero, en el metal, todo con rayas.

Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte.
Llamé a Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más
que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas,
barricas rayadas. Hasta una mancha de alquitrán en el suelo, rayada…

No había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de
rayas que con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a
llevar.

Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de la Fonda
Italiana donde aquellos comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía
qué se habían hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.

– Estarán en casa de ellos—le dije.
– La puerta está cerrada y no responden – me contestó mirándome.
– ¡Se habrán ido! – argüí sin embargo.
– No – replicó en voz baja – Anoche, durante la tormenta, se han oído
gritos que salían de adentro.

Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento.

Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al
caserón la fila se engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el
agua, éramos más de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie
respondía, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en
vano; no había nadie. Pero el piso, las puertas, las paredes, los
muebles, el techo mismo, todo estaba rayado: una irradiación delirante
de rayas en todo sentido.

Ya no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar,
rayar a toda costa, como si las más intimas células de sus vidas
estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado
las rayas se cruzaban vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin,
que parecía ya haber hecho explosión la locura.

Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos
rayas negras que se revolvían pesadamente.

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