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Leopoldo Lugones

Fecha de Publicación: 02 - 03 - 2006.


Leopoldo Lugones (1874-1938) nació en Córdoba, República Argentina, y a la
edad de veinte años se radicó definitivamente en Buenos Aires, en donde
conoció a Rubén Darío, quien lo inició en la senda del modernismo, siendo
Lugones uno de los primeros cultores de este género en Argentina.

Es considerado uno de los más grandes escritores de nuestra tierra, destacándose
por su estilo renovador en el comienzo del siglo XX, gracias a la calidad de
su ingenio.

Entre su prosa se encuentran: “El Imperio Jesuítico”, “La Guerra
gaucha”, Sarmiento, etc. ; mientras que entre sus poesías, con predilección
por lo descriptivo y ornamental, hay que nombrar: “Los doce gozos”,
“Crepúsculos del Jardín”, “Lunario Sentimental”, “Odas
Seculares”, El Libro fiel”, “El Libro de los paisajes”,
“Romancero”, “Romances del Río Seco”, etc.


La casa paterna (Fragmento)

La sala, casi siempre cerrada, me llamaba la atención por sus cortinas
blancas almidonadas, recogidas por ingenuo lazos azules. En el centro, sobre
una mesita, descansaba un cofrecillo cuya tapa levanté un día con cautela.
Estaba repleto de unos pomos deformes, sucios, de yeso. Interrogada mi madre
al respecto, me dijo que eran balas de la última revolución de Buenos Aires.
Las había recogido en la del 90, entre las muchísimas que agujerearon
nuestra casa de Moreno y Santiago del Estero y de las que escapamos
providencialmente. En las paredes, en seis grandes óleos, brillaban los
retratos de mis abuelos y de mis padres jóvenes. Sobre el pecho de mi madre,
entre el terciopelo y el azabache del vestido, pendían cuatro capullos de
rosa. Díjome ella que correspondían a los cuatro hijos que habría de tener.
Esto me sonó a cristal y milagro. Por cierto que en el años 1900, y ya de
nuevo en América, hubo de llamarse a un pintor para que agregara un quinto
capullo más. Mi padre esta de levita, muy atusado el bigote y mosca. No
comprendía yo cómo, salido de la aldea, tan pobre como cualquiera de
aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al Nuevo
Mundo, se había transformado en un gran señor. Era indudable que todo
debieran emigrar y dejar el pueblo vacío. En aquella sala iba haciéndome,
pues, una peregrina idea de mi patria: plomo y oro a medias.

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