Tango Todo

Luna llena

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


Por Manuel Vincent

La luna llena marcaba una línea muy nítida en las sombras que
proyectaban los árboles y las casas en la plazoleta.

Los
niños jugaban a saltar esa línea divisoria en las noches de verano,
encorriéndose unos a otros entre la parte clara y la parte oscura. Los
niños se encendían y se apagaban según en qué lado de la luna
estuvieran. Formaban dos bandos. El juego consistía en imaginarse
invisibles en la parte oscura de la plazoleta, como si se encontraran
en la cara oculta de la luna, y en sentirse muy vulnerables mientras la
luna los iluminara directamente fuera de las sombras. Cerca de aquella
plazoleta donde los niños jugaban había un cine al aire libre.

Estaba en la cara oculta de la luna. De la pantalla emergían voces y
gemidos, sonidos de galopes, de tiroteos y canciones que se solapaban
con los gritos de los niños. También de ese lado de las sombras estaba
tendido el mar, cuyo latido se oía durante la noche después de una
tormenta.

Siempre he creído que aquella plazoleta dividida en dos por la luz de
la luna en verano era la imagen del subconsciente o tal vez una
representación de nuestro cerebro, que posee un alvéolo oscuro e
imaginativo y otro racional y metódico. La vida se desarrolla según el
bando que cada uno eligió en esa plazoleta bajo la luna llena. Había
una niña de trenzas rubias que, al iniciarse el juego, siempre se
decidía por el lado de la oscuridad.

Apenas sus compañeros comenzaban a saltar la raya de la luna, ella huía
hacia lo más profundo de las sombras y se perdía.

Después de hacerse invisible algunas horas, volvía contando las
historias que había vivido al oír las voces misteriosas que salían de
aquel cine al aire libre, mientras tenía los pies dentro del mar; en
cambio, había un niño que siempre optaba por jugar en la cara visible
de la luna y nunca lograba entrar en su parte oscura porque trataba de
saltar primero su propia sombra y nunca lo conseguía.

Cualquiera puede imaginar que aquel niño todavía estará luchando
inútilmente contra sus sueños. Aquella niña de las trenzas rubias, que
siempre se perdía en la cara oculta de la luna, una noche no volvió.

De hecho desapareció durante mucho tiempo y la familia, los vecinos,
sus compañeros de juego, realizaron batidas para encontrarla, viva o
muerta. La niña rubia no apareció hasta la luna llena de otro verano.

En medio de la noche se presentó de nuevo en la plazoleta. La traía de
la mano James Dean y ella arrastraba con un anzuelo un pez de oro de
gran tamaño, con una esmeralda en cada ojo.


El autor es escritor y periodista español

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