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Matrimonios efímeros

Fecha de Publicación: 18 - 05 - 2007.

La pareja y sus conflictos en el tiempo.

La promesa de amor “hasta que la muerte nos separe” hoy no tiene eco en lo que se ha llamado la familia contemporánea o posmoderna; en ella el tiempo de unión es relativo.   Tal es así que el promedio de duración del matrimonio se redujo a diez años en las últimas dos décadas.

¿Qué se ha modificado en los cimientos de la institución matrimonial, y en los vínculos en general, en nuestra sociedad actual?
El Pater familiae, la cabeza o jefe de familia, es una figura que se ha ido desdibujando, opacando.  Asistimos a la declinación de la función paterna.
Recordemos –por tomar algunos ejemplos- que recién en la década del 40 del siglo XX se abolió el derecho a los castigos paternos; y en 1985 la potestad sobre los hijos pasó a ser compartida y ya no una facultad exclusiva del padre.  No son hechos casuales y tienen sus consecuencias.

Milán Kundera en su novela “La Identidad”*1 nos traza una pincelada que define a la figura paterna de nuestros días: “Los hombres se han papaisado.  Ya no son padres, tan sólo papás, lo cual significa padres sin la autoridad de un padre”.
La figura patriarcal de antaño ha ido perdiendo fuerza y poder.  Esta descentralización reorganiza la estructura y la vida matrimonial.

Un segundo cambio es en relación al lugar de la mujer en nuestra sociedad actual.  Ella no solo comparte la potestad de los hijos con el esposo; sino que el sostén económico del hogar también lo comparte con él, en mayor, igual o menor medida.  Las mujeres han salido de la casa, y su función ha dejado de ser exclusivamente el cuidado y educación de los hijos.  Femineidad dejó de ser sinónimo de maternidad.  Hoy una mujer puede decidir querer o no ser madre.  Ser madre hoy no es algo impuesto, dado por hecho, para una mujer.  Es una elección.

De la mano de esta fractura –femineidad/maternidad-, va también la disyunción entre deseo sexual y procreación.  Concebir un hijo no es el único fin, y puede no serlo, de la intimidad sexual de una pareja, para una mujer. En estas disociaciones también podemos leer una explicación posible a que los casamientos acontezcan cada vez más a los treinta y pico y no ya a los veinte y pico. Estos cambios, fracturas, sacudieron las bases, que parecían inquebrantables, de los matrimonios tradicionales.

Ahora bien, los matrimonios no son acuerdos entre los padres para asegurar un patrimonio, son “por amor”.  Terminado el amor: el divorcio.  ¿Pero que sucede con ese lazo amoroso, que parece cada vez más efímero?.  Pareciera que esa unión no puede atravesar, ir más allá del enamoramiento.  Al aparecer el otro con su diferencia, sus particularidades el amor se desvanece.  

Esto no compete solo al vínculo amoroso, si no que es parte de “nuestro mundo actual”, en el cual el patrón pasó a ser la “conexión” rápida y momentánea, la satisfacción instantánea, la solución inmediata.  “Todo es posible”, asegura una publicidad televisiva sin esfuerzo, sin dudas, sin crisis, sin tiempo.Y el lazo amoroso requiere de tiempo y dedicación; de relacionarse y comunicarse con el otro; pero también conlleva crisis y desencuentros, como la historia misma del matrimonio.  Crisis no significa ruptura; sino que es la posibilidad de cambios de posiciones y lugares más enriquecedores.

Lic. Andrea González
Psicoanalista
Coordinadora Institucional del Centro Dos

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