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Meditación y mandalas

Fecha de Publicación: 01 - 02 - 2006.

¿Qué es un mandala?

Mandala es una palabra de origen sánscrito, el idioma clásico de la India, significa círculo.
Aunque la palabra proviene de una cultura lejana el objeto que se
refiere está presente en todas las religiones y culturas como círculo,
rueda, corona, rotación, ornamentos, danzas. El círculo está definido
como la relación de una línea de puntos respecto de un punto llamado
centro , con el que mantiene cada punto idéntica distancia. Nosotros
también poseemos un centro interior, donde encontrar el equilibrio. El
sentirnos descentrados, fuera de foco crea inseguridad, disgusto, enojo
inmanejables, se dice “está fuera de sí”. En el mandala el centro
permanece generalmente vacío, un lugar donde encontrar espacio, paz,
tranquilidad a través de la meditación en ese espacio.
El centro puede ser el final y nuevo comienzo de un laberinto.
Una característica importante es el borde externo, semejando un muro
que encierra desconocidas riquezas y experiencias tantas como formas
y colores conforman el mandala.
Uno de los mandalas mas antiguos es La rueda de la vida, símbolo
central del hinduismo que representa el curso del cosmos, donde un
mundo finaliza y surge nuevamente testimoniando la continuidad del
devenir cósmico.
Los mandalas contienen diagramas, muchos creados específicamente para la meditación.
Si lo comparamos con nuestra vida…
…El centro es el inicio y el fin, mientras la vida transcurre nos
vamos acercando recorriendo laberínticos caminos hacia el borde, el
límite, la zona de mayor tensión, cuando llegamos a él ya poseemos un
bagaje de conocimiento acerca de nosotros mismos . pero es en el viaje
de regreso al centro, al vacío donde paradójicamente está todo la
sabiduría y donde completamos nuestro viaje hacia la propia
interioridad.
El mandala representa el macrocosmos y el microcosmos, lo personal y lo transpersonal.
Los dibujos interiores pueden estar coloreados con colores elegidos por
su efecto sobre la psique al meditar en ellos. Si elegimos crear
nuestro propio mandala, las formas, recorridos y colores que elijamos
pueden transmitirnos una idea acerca de cómo estamos o nos sentimos.
Los diagramas pueden ser muy detallados como los vitreaux de una
catedral neogótica o los rosetones de una mezquita o muy sencillos como
la representación de una flor con su centro y corola.
En el piso de antiguas catedrales pueden verse mandalas con laberintos
y otros formados por figuras gigantes. Tambien los planos de su
construcción mantienen este estilo
Una práctica meditativa de los monjes tibetanos es armar en el piso un
mandala hecho con arena coloreada, este trabajo lleva varios días, al
finalizarlo, el mandala se destruye significando que lo importante es
el camino, no el fin.

¿Por qué nos atraen?

Por
sus formas variadas, sus colores, la expresión de sus figuras la
repetición de motivos, la pureza de las formas. Su misterio. El
laberinto en especial moviliza a recorrerlo, cuando ponemos en el
nuestra atención meditativa, despierta en la mente procesos acerca de
la propia búsqueda. La vida también es un laberinto que vamos
descubriendo mientras la caminamos. Podemos imaginar desde el centro al
borde y de regreso nuestra propia vida y todas sus posibilidades y
dimensiones desconocidas.
Reflexionar al detenernos en algun sitio
del mandala sobre nuestro presente. Nos atraen tambien por que sí,
por que son hermosos, atractivos, bellos, nos entretiene mirarlos como
la apreciación de una obra de arte, sin especulaciones. Al mirarlos
podemos revivir la experiencia del niño al descubrir la alegría del
juego.

¿Cómo meditar en un mandala?

Mediante la observación tranquila de la imagen, concentrando la atención en su forma y color.
Dejando que la figura nos atrape y nos sumerja en su belleza ,mansamente.
Si tuviéramos la oportunidad de sentarnos en un templo y observar las
grandes aberturas de luz, el juego de los rayos del sol en los vitreaux
de las rosetas , y acaparar con tranquilidad toda su luminosidad,
podríamos sentir una paz cercana al misticismo.
Igualmente en el jardín de nuestra casa o en la sencillez de las flores
campesinas o en las de nuestro balcón.
Una margarita de dorado centro y blanquísimos pétalos puede
maravillarnos tanto como los mandalas mas complicados y antiguos.
Cuando al mirarlas ponemos en esa acción toda nuestra concentración,
sin prisas, entregados al sencillo acto de meditar.
Podemos crear nuestro propio mandala, darle formas y colores y
transformar la actividad en un acto de meditación.

María del Pilar Etchehon
Profesora de yoga
Acompañante Terapéutico

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