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Museo Guggenheim Bilbao

Fecha de Publicación: 01 - 02 - 2006.

Diseñado
por el arquitecto norteamericano Frank O. Gehry, el Museo Guggenheim
Bilbao está situado en una parcela de 32.500 m2 que se halla a nivel de
la ría del Nervión, es decir a 16 m por debajo de la cota de la ciudad
de Bilbao y que está atravesada en uno de sus extremos por el colosal
Puente de La Salve, una de las principales entradas a la ciudad.

La arquitectura al servicio del arte

El edificio está compuesto de una serie de volúmenes interconectados,
unos de forma ortogonal recubiertos de piedra caliza, y otros curvados
y retorcidos, cubiertos por una piel metálica de titanio. Estos
volúmenes se combinan con muros cortina de vidrio que dotan de
transparencia a todo el edificio. Debido a su complejidad matemática,
las sinuosas curvas de piedra, cristal y titanio han sido diseñadas por
ordenador. Los muros cortina de cristal han sido tratados especialmente
para que la luz natural no dañe las obras, mientras que los paneles
metálicos que recubren a modo de “escamas de pez” gran parte de la
estructura son láminas de titanio de medio milímetro de espesor,
material que presenta unas magníficas condiciones de mantenimiento y
preservación. En su conjunto, el diseño de Gehry crea una estructura
singular, espectacular y enormemente visible, consiguiendo una
presencia escultórica como telón de fondo al entorno de la ciudad.

El nuevo centro urbano

La entrada principal del Museo se encuentra enfilando la calle
Iparraguirre, una de las calles neurálgicas que cruza diagonalmente
Bilbao, en un intento de extender el centro urbano hasta la puerta
misma del museo. Mediante una amplia escalinata descendente -diseño
infrecuente en edificios institucionales- se accede al vestíbulo del
Museo, resolviendo de esta forma con acierto la diferencia de altura
existente entre la cota de la ría y la del Ensanche de la ciudad, y
haciendo factible que un edificio de 24.000 m2 de superficie y más de
50 m de alto, no sobrepase la altura de las construcciones circundantes.

Una ciudad dentro de otra

Una vez pasado el vestíbulo y penetrando en el espacio expositivo, se
accede al atrio, uno de los rasgos más característicos del diseño de
Gehry, que está coronado por un lucernario cenital en forma de “flor
metálica”, del que brota un chorro de luz que ilumina el cálido y
acogedor espacio. La terraza, accesible desde el atrio y con vistas a
la ría y al jardín de agua, está cubierta por una marquesina apoyada en
un único pilar de piedra, con una doble función protectora y estética.
Una amplia rampa de escaleras que parte de la fachada posterior,
asciende hasta la escultórica torre, concebida para absorber e integrar
el Puente de la Salve en el complejo arquitectónico.
Los tres niveles de galerías del edificio se organizan alrededor de
este atrio central y se conectan mediante pasarelas curvilíneas,
ascensores acristalados y torres de escaleras a modo de ciudad
metafórica donde los paneles de cristal que cubren los ascensores
evocan las escamas de un pez que salta y se retuerce, las pasarelas que
suben por las paredes interiores son como autopistas verticales, y las
curvas de escayola que coronan el atrio sugieren los nervios moldeados
de un dibujo de Willem de Kooning. En definitiva, todo un artificio de
diseño arquitectónico llevado a su límite.

El espacio del arte

El edificio dispone de un total de 11.000 m2 de espacio expositivo
distribuido en diecinueve galerías. Diez de ellas tienen forma
ortogonal y aspecto más bien clásico, identificables desde el exterior
por su recubrimiento en piedra. En contraste, otras nueve salas son de
una irregularidad singular y se identifican desde el exterior por su
recubrimiento de titanio. A base de jugar con volúmenes y perspectivas,
estas galerías proporcionan espacios interiores descomunales que
mantienen el singular perfil exterior y por los que, sin embargo, el
visitante no se siente en absoluto desbordado. Las obras de gran
formato tienen cabida en una galería excepcional de 30 m de ancho por
130 m de largo, libre de columnas y con un tipo de suelo preparado
especialmente para soportar el trasiego frecuente y el peso de las
obras que aloja. Esta galería vista desde fuera discurre bajo el Puente
de La Salve por debajo y se topa en su extremo con la torre que simula
abrazar el puente e incluirlo en el edificio.
Existe una estrecha armonía entre las formas arquitectónicas y los
contenidos de cada galería. Esto, sin duda, clarifica el recorrido por
el interior del museo, que además, gracias al eje central del atrio y a
las pasarelas que llevan de una a otra galería permitiendo ver los
espacios expositivos desde otras perspectivas, facilitan la ubicación y
localización de salas y servicios en todo momento. Al penetrar en el
museo, el visitante descubre que bajo la externa complejidad de formas
arquitectónicas, se oculta un mundo ordenado y claro donde no pierde su
orientación.

Fuente: Guggenheim Bilbao

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