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Niveles de encuentro vincular (2da. parte)

Fecha de Publicación: 07 - 02 - 2006.

En
la 1ª parte del artículo escribí acerca de tres niveles de encuentro
vincular (tomando como parámetro la relación de pareja).
Reflexioné sobre encuentros basados en los niveles físico, energético-emocional y el nivel mental-social (Ver 1ª parte).
En éste artículo reflexionaré sobre otros dos niveles de relación: el nivel del alma
que llamaré de “romanticismo consciente”, diferenciándolo del
“romanticismo inconsciente” relacionado con el nivel
energético-emocional y el nivel transconvencional o transpersonal.

Aclararemos antes, que éstos niveles (propuestos como reflexión) no son
de una necesaria efectivización lineal. Pueden estar todos conviviendo
-consciencia de ellos mediante- o puede haber prioridades temporales o
periódicos cambios en cuanto a su focalización consciente. Haciéndo una
analogía: es como vivir en un edificio vincular de cinco pisos, en
donde vamos de un piso a otro, no dejando, por eso, de ser moradores
de los pisos restantes. Quizá algunos pisos estén mejor amueblados, o
sean más cómodos o simplemente nos gusta más estar en ellos, pero los
otros pisos seguirán siendo nuestros.
Destacaremos, sí, que quizá, los pisos-niveles que hoy reflexionamos
son los menos habitados, aunque sí, evidentemente los más
significativos.
Nivel del alma (romanticismo consciente):
En éste nivel las motivaciones y experiencias que se ponen en juego son
aquellas que tienen que ver con imágenes del mundo interno (alma) que
buscan expresarse junto a otro/a.
Podríamos llamarlas “necesidades
del alma”; unas más conscientes que otras: necesidades de estima
integral, de respeto, de amar y ser amado, trascendiendo (sin negarlos)
los deseos de satisfacción física y/o posicionamiento y responsabilidad
social.
Es el nivel de las autonomías complementarias, donde cada uno ayuda al
otro a desarrollarse; donde se aprende a entablar un diálogo consciente
acerca de necesidades, deseos, fantasías y anhelos profundos; donde se
intenta trabajar cooperativamente el sentido más profundo del vínculo;
donde la relación se mantiene comprometida a la vez que abierta al
cambio y a las necesidades de individuación de cada uno; donde conviven
la libertad con el interés por el otro; donde se elabora la paciencia
para “digerir” posibles desilusiones, sanar heridas o atravesar
transformaciones dolorosas; donde cada uno aprende a respetar al otro,
no porque obedece los mandatos racionales y/o sociales, sino en su
constante emergente mismidad ( espontaneidad, honestidad, autenticidad).
Este es el nivel del enamoramiento, pero no por fantasías que me
despierta el otro vinculadas a anhelos infantiles insatisfechos (2º
nivel), sino porque empezamos a “escuchar”, quizá tenuemente, la voz
del alma del otro en algún atardecer compartido, o, más simplemente,
mientras nos acerca un té a la cama con una sonrisa.
Nivel transpersonal:
Este nivel lo hallo a partir de una cosmovisión transpersonal del ser
humano (no es éste el contexto para explayarme sobre ésta cosmovisión,
aunque no dejo de recomendar la lectura de uno de los exponentes de tal
línea: Ken Wilber). Es un nivel que, también, como el anterior, no
puede ser comprendido por nuestras capacidades racionales o modelos
socialmente aceptados como los más “exitosos” o los llamados
“políticamente correctos”.
Es el nivel de encuentro donde, ya más
allá de haber un “yo” y un “tu”, hay una fuerza misteriosa e
indefinible que “llama” a dos seres humanos a estar juntos, sin saber
el porqué de ésta unión. Podríamos llamarlo el nivel del destino o el
de las fuerzas trascendentes que los unen (y, también, separan) y los
invoca a develar el sentido esencial del encuentro. A veces, quizá (en
este terreno toda opinión es hipotética) esta unión puede verse
confluída con alguna actividad o proyecto común. Otras veces, no hay
experiencia social o personal compartida, aunque sí, una profunda
sensación de familiaridad, respeto y comunión, en donde con un simple
recuerdo del otro se experimenta el amor, que podemos definir aquí,
como la maravillosa experiencia de “no solo no saberse solo/a”, sino,
reconocido, afianzado, respetado y bendecido por el otro y todo dentro
de una Realidad que nos trasciende.
Hemos compartido, a través de este artículo, lo que he presentado con
el título de niveles de encuentro vincular. Es de desear que sirva, a
la comprensión de nuestros vínculos cotidianos y que su debate y
reflexión puedan ayudar a revisar creencias establecidas, a promover
nuevas cosmovisiones con sus experiencias congruentes y a construir
vínculos cada vez más asentados en el bien común (en gozo y
significación) que en la necesidad de seguridad basada en la falta de
confianza hacia los demás.
Hasta un próximo encuentro.

Javier Ignacio Alvarez

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