Tango Todo

No se culpe a nadie

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.


Julio Cortázar
(Final del juego, 1956)

El
frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo,
tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera
en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da
cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier
cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse
pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras
se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y
empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por
culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta
hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin
asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer
el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una
uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del
pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está
fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al
extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro
brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que
no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la
tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga
dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de
nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna
maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida.
Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura
del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra
manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el
cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo
seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte
de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara
siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas,
por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo
mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó
la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las
mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano
tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no
logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería
que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le
aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo
sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar
profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca,
probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en
ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por
lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga,
quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del
pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa
manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido
salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede
hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar
el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar
perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de
lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del
pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara
ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y
aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan
dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo
la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo
eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una
vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará
impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato
es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera
del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como
un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo
por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese
movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando
enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la
espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado
completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la
mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del
pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera
del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el
pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado
y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese
pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y
ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la
distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad
de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza
un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera
en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya
está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga
hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su
cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría
descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha
perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa
especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una
prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie
puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a
culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución
sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar
la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el
cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo
como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en
algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira
hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha
pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el
azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si
le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces
más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga
izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano
derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga
o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los
movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata
metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a
escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de
golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con
todas sus fuerzas en eso que debe ser s
u mano y que le duele, le duele
a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un
último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata
izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo,
echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la
habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar
que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a
ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo
sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez
más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa
mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a
aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el
hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría
falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente
por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo,
arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda
impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá
ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que
tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la
frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe
que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y
no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja
vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver,
está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco
agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de
adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas
apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus
ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás
cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le
queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire
hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez
la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por
fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire
fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

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