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Manos

Entre troqueles y prensas las manos dibujan y crean con el empuje de máquinas la figura, que va naciendo del empeño, del sudor y de su sangre. Tuercas, tornillos palancas, forjando mundo, añadiendo, quitando, soldando, lijando.

Manos callosas que con cincel y martillo, construyen y destruyen, labran y extraen, esculpen y parten la quimera en la piedra donde brilla el oro con afán de riqueza fácil.

Manos que tejen, que siembran el árbol y aran la tierra, hendiendo en los surcos la esperanza y con fe de cosechas, de diseminadas semillas, que tienen sed y que esperan ansiosas a las ubérrimas nubes.

Mano de anciano de arrugados pliegues, que acarician la piel sonrosada del niño, de renovados bríos e impaciente inquietud, llena de risas fáciles y alegres juegos.

Mano que sufre el dolor de la máquina, troquel y prensas que tragan huesos, piel, sangre y gritos, junto con el dolor de sentirse desmembrado.

Mano que llora cuando no hay pan y se desespera cuando ve a sus criaturas que piden alimento, como los pájaros en sus nidos, piando más y más y aún más y más.

Otra mano de niño, de mujer, de hombre, que queda extendida pidiendo limosna.

Manos que no aprietan el dinero de la paga volátil, que se escapa de entre los dedos como arena de playa.

Mano que se sumerge en el mundo del vicio, que se inyecta en las venas, que mete en sus pulmones, néctar prohibido, miel maldita, que crea ilusiones y merma esperanzas y acaba las vidas.

Mano que acaricia otra mano y en el silencio de una sonrisa y el sostén de una mirada, ellas se estrujan y se tocan, fomentando en un afán de apretarse, de acariciarse y querer decir en un te amo mudo, un apretón entre dedos, uñas, y piel.

Y las manos de amistad que con calor de madre, de padre, de hermano, de amigo, guían con su consejo y ejemplo y ciñen en un ardoroso abrazo el sentimiento de amar.

Rubén Patrizi
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