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Igual que Norberto, me pregunto muchas veces ¿Dónde esta?
Será solamente una palabra, la hermana hermosa.
La libertad.

A.C.

Poner el mundo a mi lado y medirme. ¿De qué sirve? Está bien, lo reconozco, soy lo que soy y no otra cosa. Nada cambiará ni nada justificará los caminos equivocados por los que he andado. Son equivocados hoy como también lo fueron ayer. Pero se trata de la convivencia con uno mismo compararse con el mundo, actuando éste de causa de justificación y por ende transformándome en un ente libre de culpa y cargo.
La almohada sabe que no es así y siempre me moja la oreja, obligándome a confesar. Con ella intento ser más sincero. Pareciera ser que sabe un poco más. Mi testimonio tiende a aclarar pero sigue sonando a justificación. ¿¡Cómo podría saber yo lo que estaba bien o lo que estaba mal!? Pero pronto mis cabellos tiraron enigmáticamente mis raíces. Está bien, mi naturaleza a ello tendía... a la verdad. Me pregunte ¿Realmente no sabía el bien o el mal? No podía más. Me senté en la cama porque tanta sangre en la cabeza me hacía mal. Podía ser que sabiendo que estaba mal, incluso sabía que no me podían culpar. Empiezo a pensar que esa mojada de oreja por la madrugada era lo mejor que me podía pasar en el día, y recién empezaba. El espejo reflejaba la peor parte de mí y yo estaba dispuesto a aprovecharlo. Este mismo me comentaba mientras el jabón corría por mi cara, lo duro que puede ser saber que la voluntad no está lavando los platos en el hogar de tu ser. Suelo ponerme en una situación de inferioridad frente al espejo. Su voz inconscientemente me intimida, y su mirada de sabiduría eterna, a la vez me inspira confianza. Saborear el té amargo me hacía pensar en las tristezas que provoca el camino de al lado. Entiéndanme, es mucho más difícil. Es pensarme un oso despierto durante el invierno y dormido durante el verano. ¿Cuál es la referencia a la que nos tenemos que atener? Sin quererlo ni antojarlo, las manchas de té sobre la taza vacía creaban unas formas sumamente extrañas. Sin creer, ni mucho menos en que esas manchas eran el mapa de mi destino, observaba al peculiar. Veía en ellas un grupo de álamos inclinados hacia un mismo lado. Dejé volar un poco mi cabeza, e imaginé un día ventoso sobre el campo despejado, en el cual esos pobres árboles no podían hacer otra cosa que sufrir los avatares de las impías ráfagas. Todos y cada uno de ellos, a causa del viento se veían arrastrados hacia la derecha, haciendo presumir que ninguno podía hacerle frente al gran dios Eolo. Solo uno de ellos muy protegido por los demás se mantenía inmune a los ataques naturales. El pobre álamo miraba el incomprensible comportamiento de sus pares y al verse en una actitud diferente se empezó a preocupar. Mientras tanto los otros no pensaban nada, si bien o mal, tan solo inevitable. Sorprendido por mi lograda imaginación, no entendí por qué termine pensando en eso. Tan solo encendí la radio. La misma me recomendaba salir con paraguas por la lluvia, con cuidado por la inseguridad y con tiempo por el tráfico de autos. Las propagandas me convencían de lo agitada que era mi vida, por lo que necesitaba un teléfono celular, sabía que no me gustaban los yogures ácidos, me decía que estaba gordo, que mi computadora era lenta y que la cerveza que tomaba no era la más rica, conviniéndome tomar la que ella me decía.

¡Ay, Ay, Ay!, que mañana más rara, que mundo más raro. No sé porque me justifico, no sé si me justifico, creo que el mundo me justifica, consolándome como los álamos se consolaban frente a la inevitabilidad de inclinarse por la fuerza del viento... el viento... el viento.

Nestor Sánchez Otharán

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