ETC Magazine Revista On Line - El crimen perfecto
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El crimen perfecto Imprimir Correo electrónico



Hoy por fin me decidí. No es sencillo lo que os voy a contar. Estuve planeando esto mucho tiempo y junto al plan quería comprobar mi teoría.
Desde chico supe que el crimen perfecto no es imposible. Entendiendo por crimen, no solo el robo o hurto, sino también todo delito que pueda acarrear serias consecuencias en la vida y libertad del actor.
El delito debe ser realizado de manera tal que nadie sospeche que uno ha sido el culpable. Me propuse el día de mi cumpleaños número veinticinco pasar todas las barreras entre el bien y el mal, y, como una especie de juego cruel, demostrar que la seguridad no es suficiente para alguien que idea el crimen perfecto y de una manera tal que nadie podría sospechar jamás de él.
El primer paso fue elegir que atraco cometer y contra qué bien en particular. Yo siempre fui un sujeto ambicioso y nunca me conformé con lo fácil o lo burdo. Robar, siempre creí, y lo sigo sosteniendo es para los novatos. No deseo el poder económico obtenido de tal manera. Yo me arriesgo a lo peor de todo y quiero la recompensa mayor, mi deseo es ser Dios; y como tal poder jugar con animalitos "pensantes" (que en cierta forma no piensan tanto como para detenerme).
El plan lo idee solo en mi guarida, un cuarto pequeño ubicado en la zona de la recoleta. No es gran cosa pero sirve para concentrarme en lo mío. El lugar elegido para la fechoría no sería cerca si no en un lugar donde jamás he estado y donde nadie reconocería mi cara jamás. La hora... por la noche por supuesto, quién realizaría el crimen perfecto a la luz del sol. Si fuese en algún momento del día iluminado, dejaría de ser el crimen perfecto ya que perdería lo que a nosotros, los amantes del vértigo, le llamamos "mística criminal".
Por supuesto para la ocasión no tendré cubierta la cara y tampoco vestiré harapos. Si no, por todo lo contrario lo haré bien vestido, de esa manera nadie sospechará.
Días después de planear, a grandes rasgos en que consistiría la acción, decidí tirar la ruleta para ver cuál era la fechoría de turno. Giré la manivela y salió... Homicidio. Leí bien, y dije -No, es muy arriesgado-. No era que tenía miedo a quitar una vida ni impresión, solamente me parecía demasiado para el primer y último crimen realizado por mi. Por lo tanto decidí volver a hacer girar la ruleta, y vaya sorpresa que me di... nuevamente salió homicidio. Supuse que el destino me tenía planeada una noche agitada.
Estuve planeando varias horas como hacer para arrebatarle la vida a alguien, sin que nadie me vea, y sin que nadie sospeche nada de mi. El lugar ya lo tenía decidido, iba a ser en una callejuela de Flores. Elegí ese barrio ya que nadie podría jamás reconocerme ya que no he ido nunca por esa zona.
El problema central de la odisea estaba dividido en dos: por un lado quién sería víctima y por otro como la mataría. El lugar era seguro, nadie me reconocería. Nadie sospecharía de mi, hijo de un prestigioso abogado y nieto de un miembro de la corte suprema de justicia. Nadie jamás imaginaría ni por un segundo, no que yo le iba a quitar la vida a un ser, nunca se imaginarían ni un instante que se me podría haber ocurrido tal idea. ¿Cómo, yo, Joaquín Eduardo Carrara podría llegar a tener pensamientos tan perversos? ¿Yo? Que concurría a la iglesia todos los domingos y juntaba las limosnas...Yo, estaba decidido a dar por concluida la vida de un semejante. Y lo haría con placer. Y nadie jamás se animaría a levantar un dedo para acusarme sobre tal crimen.
Por fin había llegado el día. Cuando comenzó a oscurecer me di un buen baño completo. Luego me puse la mejor ropa que tenía. Salí y me tomé un taxi, el cual finalizó su recorrido en la intersección de dos calles del barrio elegido.
Bajé del auto, encendí un cigarrillo y caminé unas cuadras. En el bolsillo derecho del saco tenía el arma elegida: una filosa cuchilla de mango de oro con perlas, el cual en su parte inferior tenía mis iniciales.
La noche estaba fresca y las calles del barrio no eran muy iluminadas. Me paré en una esquina y la cuestión era: ¿Hombre o mujer?. Elegí al sexo masculino, ya que no deseaba abusarme de una pobre mujer. El semáforo de la esquina estaba en rojo, y sin embargo un sujeto cruzó hacia donde estaba yo. Era la señal, ese hombre merecía morir esa misma noche. El barrio perfecto, la noche perfecta, nadie me conocía, no había testigos (solo un gato negro que miraba de reojo mientras husmeaba en la basura)...en suma el crimen perfecto.
Miré fijo al individuo que optó por salir a caminar la noche menos indicada, por el barrio menos indicado, y le pregunté la hora. Era un hombre alto, de mediana edad, usaba bigote y barba, anteojos y tenia una mirada bastante cálida.
Me contestó que eran las 00:30 hs. Pensé que era la hora perfecta para un crimen perfecto. Le pregunté también por una dirección (no tiene importancia cual era) mientras me contestaba tomé la suave cuchilla de mi bolsillo y la clave en su cuello sin dudarlo un minuto. Él se tomaba su yugular mientras yo acertaba con el cuchillo en su corazón. La sangre estaba haciendo un charco inmenso. La pobre víctima cayó al suelo y gemía del dolor, pero en vano, nadie escuchaba sus lamentos salvo el gato curioso que miraba. Me acerqué a él y le dije: -Lo siento amigo, pero hoy te tocó a vos-. Luego de decir estas palabras golpeé su cabeza y su abdomen con un puntapié, y eso fue lo último.
Me escabullí por un callejón, y tomé otro taxi para que me llevara hasta casa.
La mañana siguiente amanecí tranquilo, normal, completamente satisfecho conmigo, y sobre todo con la proeza que había realizado: Cometí el crimen perfecto. ¿Quién sospecharía de mí? El pobre Joaquín que cuidaba viejitas los Domingos luego de misa.
Me levanté y fui, como todos los días, a comprar el diario a la esquina. En la puerta del edificio estaba el portero me saludó muy agraciadamente, casi con cariño. Maldito, ¡¡él lo sabía!!!. Pero no permití que el pánico se apoderara de mí.
Llegué a la esquina, vi la tapa del Diario: "Brutal asesinato en Flores. No se sabe quien fue el asesino." La quiosquera me miró y dijo: ¿Vas llevar el diario de siempre? La miré fijo y en su mirada vi algo aterrador, ella también lo sabía.
Algo falló -pensé-. La volví a mirar y me sonrió. ¡Maldita sea! Sabía todo. No eran sospechas, miraba el diario y no decía nada. Ella estaba completamente segura de que yo había cometido ese homicidio.
Salí apresurado de ahí, y me crucé al quiosco a comprar cigarrillos. El quiosquero me los dio y me preguntó que tal había amanecido, y luego agregó que me vio anoche salir de casa. ¡¿En que fallé?!. ¡¿En que?! -le grité- El también sabía todo como si lo hubiese planeado conmigo.
Salí corriendo de ahí. Llegué a la puerta del supermercado y noté que todos me miraban y me acusaban con sus miradas justicieras. Todos a mi alrededor saben que cometí el horroroso homicidio. Todos me quieren ver muerto.
¡Está bien! -grité- ¡Lo confieso, Yo maté al hombre del diario!. Y en eso todos comenzaron a reir a carcajadas. Se burlaban de mi. Estaban esperando el momento de apresarme.
¡No lo harán! -Vociferé-. ¡Fui yo! Por favor llamen a la policía no merezco estar aquí, mi lugar es el calabozo!!!, y todos se reían simulando no entender. Creían que yo era tonto o que estaba loco.
Salí de ese local, y llegué a casa. Tomé un vaso de agua para tranquilizarme, y encima de la heladera estaba ese maldito gato. ¡¡¡Tu me delataste maldito!!! -le grité-.
Solo quiero decirles con esto, que el crimen perfecto no se puede realizar. No se como demonios me descubrieron, pero se que estaban allí...

Juan Ruiz

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