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Graciela Licciardi

Lleva el cuerpo invariablemente cansado. Algo le atrapa la lengua. No quiere pensar, sin embargo. Es inútil que trate de esconderse de sí misma. Piensa. Ya está hecho. Terminado.

Ahora su cuerpo de mujer está escindido por interminables silencios, por la impasión, por el destierro del sentir al que fue sometido.

Piensa. El otro cuerpo, el pequeñito, se había desintegrado, ya no puede remediarlo. Piensa, una a una va contando las circunstancias que la llevaron a esa determinación. Piensa y no es que quiera justificarse; en todo caso si lo necesitara también podría permitírselo.

Piensa. Acomoda sus huesos para sentarlos en el banquillo de los acusados en el que el juez siempre había sido ella misma. Piensa y ahora se dispone a limpiar los cuartos de su cuerpo casi en ruinas. Los va aseando con paciencia, con tesón, con el respeto que los momentos de dolor se merecen. Ahora ella escribe cartas que romperá apenas las haya terminado.

Con las palabras que escribe sale a caminar fuera de sí misma. Lleva una valija llena de nada. Piensa. Más tarde, posiblemente, golpeará puertas con precios altos de pagar. Este es el tiempo de estar sola, piensa, con su cuerpo, sin valija y un mínimo de orgullo temblándole por dentro. Por lo menos lo intenta. Piensa, por lo menos lo va logrando. Piensa que es difícil avanzar. Se considera a sí misma; reconviene el aire que respira con lentitud aciaga. Una por una recorre las habitaciones de su mente ocupada con miles de pensamientos, reproches, cavilaciones deformantes que le corroen el ánimo. Piensa y ahora su vientre es un gran hueco por donde se escapa la vida. Una herida que necesita cauterizar lo antes posible. Piensa. Es un aullido de niña de ojos oscuros por donde ya no pasan lágrimas. Es la habitación disponible. La habitación del desamparo.

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