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El deseo Imprimir Correo electrónico

El Escribidor ( Jacinto Méndez Capurro)

El entró y la vio. Ella estaba allí, sobre la alfombra del living. Desnuda en el silencio de la sala, como esperándolo.

El precisamente tenía ganas de algo así, y verla allí, donde no hubiera pensado, reavivó su deseo.

Una tenue claridad se filtraba por el ventanal del departamento, empujada por los rojizos matices del atardecer.

La miró de nuevo, pausadamente, estimulando un apetito que se le estaba haciendo carne.

Ella, impasible, permanecía en el piso. Su piel parecía suave, tersa, y sus protuberancia, turgentes.

El imaginó con placer, anticipadamente, su intimidad de color rosado. Quería acariciar esos vellos, esos pelillos rubios, casi transparentes.

La recorría lentamente con la vista. Ella se dejaba poseer con la mirada. Sus curvaturas lisas, llenas, eran casi perfectas. Tenía unas redondeces sutiles y bellas.

El pensó que, primero, podría recorrer su superpie con sus labios, sintiéndola cerca. Y pensó en el placer de deslizar sobre ella sus dedos, como patines sobre su piel, antes de hacerla suya.

Pensó en hincar sus dientes suavemente en esa anatomía perfecta, digna del mejor diseñador.

Ella se dejaba desear, desdeñosa.

Finalmente él no pudo más. Sudoroso, sediento y excitado como estaba, se abalanzó sobre ella. Ella no opuso resistencia.

Él la tomó en sus manos con fuerza, casi con brutalidad, y la fue acercando a su boca. Sintió su perfume salvaje.

Cuando iba a producirse el acto supremo el sonrió. Realmente era una agradable sorpresa.

Ella era bellísima y apetitosa. Era la mejor fruta de durazno que había visto jamás.

Entonces la comió.

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