ETC Magazine Revista On Line - Sobre la mitologia venezolana
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Amalivaca, el creador de aguas y vientos

En Venezuela, como en cualquier otra sociedad o cultura, existen numerosos mitos con el más diverso de los orígenes: algunos provienen de los grupos indígenas que poblaban o aún pueblan el territorio nacional, otros tienen su origen en las culturas africanas, y también la religión católica ha hecho sus aportes míticos.




Es importante señalar que aunque sean muy variados los nombres de los dioses, siempre representan más o menos lo mismo: el sol, la luna, las estrellas, fenómenos naturales, ríos, montañas, etc.
Según los indios Caribes y Tamanacos, Amalivaca fue el creador de la humanidad del Río Orinoco y del viento. Vivió mucho tiempo con los Tamanacos. Dotó a toda la tribu de inmortalidad, pero por culpa de la incredulidad de una anciana ( como veremos más abajo en este artículo), los indios se volvieron otra vez mortales. Se dice que muchos años atrás hubo una gran inundación. Amalivaca salió entonces en una canoa a recorrer el mundo y junto con su hermano Vochi arreglaron los desastres del diluvio.
En esta gran inundación solo quedó una pareja de humanos vivos. Ellos se fueron a una gran colina y desde allí comenzaron a arrojar los frutos de la palma moriche, saliendo de sus semillas los hombres y las mujeres que pueblan el mundo hasta ahora.

Amalivaca era visto como un hombre supuestamente blanco, como lo eran todos los tamanacos al principio de los tiempos, e iba vestido; tenía un hermano llamado Uochí; juntos crearon el mundo, la naturaleza y los hombres.

Al detenerse a hacer el Orinoco discutieron largamente, pues querían lograrlo de tal manera que se pudiera remar a favor de la corriente tanto aguas arriba como aguas abajo, a fin de que los remeros no se cansaran en el recorrido; pero ante la gran dificultad que ello planteaba desistieron de su empeño inicial.

Amalivaca vivió entre los tamanacos largo tiempo, en el sitio denominado Maita, en donde existe una gruta de piedras en lo alto de un cerro llamada Amalivaca Yeutitpe (Casa de Amalivaca) por haber habitado éste allí; y una gran roca conocida como Amalivaca Chamburai (Tambor de Amalivaca), que era precisamente su tambor.

Un día Amalivaca decidió regresar en canoa al otro lado del río, donde había venido y donde van las almas de los hombres después de la muerte. Cuando estaba listo para irse, ya en su canoa, les dijo a los tamanacos con otra voz distinta a la usual: uopicachetpe mapicatechí (mudarán únicamente la piel). Esto significaba que tendrían vida eterna, pues se rejuvenecerían constantemente como hacen algunos animales al cambiar la piel.

Una mujer vieja que lo oía dudó de lo que decía Amalivaca y pronunció un "oh" que parecía poner en tela de juicio lo anunciado por él; éste se enfureció y de inmediato les comunicó que todos tendrían una vida finita al decir con firmezas estas palabras: mattageptechí (morirán).
Los tamanacos atribuían la culpa de la pérdida de la inmortalidad humana a la incredulidad de aquella mujer.

Agradecemos a Ramona Valdermara que nos envió esta colaboración

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