Tango Todo

París al atardecer

Fecha de Publicación: 07 - 03 - 2006.

Un paseo imaginario por la universidad medieval

A veces, cuando el sol enrojece los tejados de París en las
tardes luminosas que anuncian el final del invierno, una leve brisa recorre
las esquinas de la Île de la Cité, mece suavemente los toldos
de los cafés y tiembla entre las hojas de las revistas
expuestas, junto con los libros de ocasión, a la curiosidad de los
que distraen su ocio junto a las riberas del Sena. Es la hora en la que la Tour
Saint Jaques
se muestra altiva y soñadora, como si todavía se oyeran en
torno a sus piedras ennegrecidas por el tiempo, las plegarias de los
peregrinos que se congregaban junto a ella antes de iniciar su marcha
hacia la remota Compostela. Nunca el aire parece más diáfano, y la
luz opera mil prodigios al filtrarse por las vidrieras de Notre Dame y
de la Saint Chapelle. Todo nos invita entonces a desplegar
las velas de la imaginación y dejar que esta atmósfera de ensueño nos
transporte a épocas pasadas, cuando estudiosos procedentes de todos los
rincones de Europa llegaban hasta aquí atraídos por la intensa vida
intelectual de la ciudad.

Estamos
en pleno siglo XII y París se ha convertido en un núcleo
reconocido para la enseñanza de la teología y la filosofía – una universitas
magistrorum et scholarium
-gracias al prestigio alcanzado por maestros
insignes como Pedro Abelardo, hombre extraordinario de vida tumultuosa,
autor del método de las cuestiones, según el cual la verdad debe
alcanzarse sopesando con rigor los diferentes aspectos de la cuestión
examinada. Una muchedumbre de jóvenes ateridos bajo sus sayales remendados,
se agolpan en torno a un hombre de aspecto venerable, joven todavía,
que en un latín preciso va encadenando sus argumentos con
habilidad portentosa. El tema que desarrolla gira hoy en torno a la naturaleza
de las especies y géneros, los llamados “universales”, que en opinión
del maestro no son más que nombres que carecen de existencia real fuera
de la mente. Otras veces, le han escuchado hablar sobre las relaciones entre
la razón y la fe o acerca de nuevas teorías que pretenden explicar la forma
en que el entendimiento humano es capaz de extraer de las imágenes sensibles
la esencia de las cosas y elaborar juicios. Algunos de los jóvenes que
integran la audiencia se revuelven inquietos en las frías baldosas de
piedra, apenas iluminadas por la luz grisácea que cae desde altos
ventanales; les resulta difícil seguir el vuelo brillante del maestro. Tal
vez, se encuentran todavía deslumbrados por la vida agitada y
cautivadora de esta ciudad, verdadero crisol donde el pensamiento se renueva
sin cesar. Una vida, que tiene poco que ver con la existencia monótona y
ordenada que han dejado atrás en las llanuras polacas o a orillas del Báltico.
Es posible también que su conocimiento del latín pudiera bastarles
para comentar las Sagradas Escrituras en los estudios preparatorios de sus
ciudades de origen, pero resulte insuficiente cuando intentan comprender
los conceptos que aquí se manejan. Además, algunos de los compatriotas con
los que comparten alojamiento les incitan con demasiada
frecuencia a malgastar su tiempo, y su ya mermada bolsa, bebiendo cerveza y
enredándose con busconas en tabernas malolientes que abren sus puertas al
otro lado del río.

Son años de renovación en los que el mundo occidental busca
nuevas formas de conocimiento que permitan al hombre aproximarse a la compresión
de la creación y de la propia naturaleza divina. Durante los siglos
precedentes, el pensamiento filosófico se ha venido desarrollando
en total dependencia con la teología y los pensadores cristianos han
construido sus sistemas a partir de elementos neoplatónicos, tomando
como guía infalible el pensamiento de Agustín de Hipona. Por otra parte, Aritóteles
continúa siendo la referencia fundamental de los grandes filósofos islámicos
de Al Ándalus y Averroes, el más brillante quizá entre ellos, ha
tenido la audacia de declarar abiertamente la primacía de la razón
sobre la fe. Su influencia se deja sentir con fuerza en una ciudad como
París, abierta a todos los vientos, donde sus seguidores cristianos,
interpretando a su manera al sabio de Córdoba, formulan la tesis de que
las verdades conocidas por la razón pueden estar en franca contradicción con
la fe. Empiezan a difundirse traducciones árabes de las obras de Aristóteles,
que incluyen extensos comentarios sobre ciencia natural que producen un efecto
perturbador en los círculos escolásticos, familiarizados sólo con la lógica
del filósofo griego.

Pasan los años. Está mediado el siglo XIII y en
las aulas de París resuena la voz poderosa de Alberto Magno, un dominico
ordenado en tierras alemanas que muestra un profundo interés por los fenómenos
naturales y los escritos científicos procedentes del Islam. Al
igual que Vincent de Beauvais, Alberto, el gran doctor universalis,
realiza una ingente labor de recopilación de conocimientos sobre la
naturaleza del mundo y las propiedades de las sustancias, facilitando la
difusión de las teorías sobre la materia heredadas del mundo antiguo.
Su discípulo más famoso, Tomás de Aquino, se empeñará en llevará a cabo
la labor titánica de conciliar la fe y la razón, defendiendo el
derecho del filósofo a investigar los misterios divinos, toda vez que la
existencia de Dios puede demostrarse, según él afirma, de manera racional.
Parece como si a la luz de esta teología natural, el hombre fuera a elevarse
hasta rozar la mente infinita de Dios, pero otros pensadores insignes, como
Duns Escoto y Guillermo de Occam, esgrimen argumentos contrarios a esa
confluencia de la razón con lo sobrenatural; tal como lo
entienden ellos, la voluntad divina es inescrutable y al hombre sólo le resta
someterse a ella. Al negar la existencia real de ningún tipo de universales y
afirmar que el entendimiento conoce a los individuos a través de la intuición,
contribuyen además a impulsar la investigación empírica. El pensamiento
medieval ha alcanzado ya el límite de sus posibilidades y la escolástica
languidece, al tiempo que el espíritu humano se muestra cada vez más
dispuesto a sacudirse los vínculos que durante tanto tiempo lo han mantenido
inmerso en un mundo regido por designios que trascienden al intelecto. Se
empieza a vislumbrar la llegada de una nueva era en la que el análisis
racional de la realidad terminará por convertirse en la guía más firme del
conocimiento, y París va perdiendo su enorme prestigio como faro
del saber. En el colegio de la Sorbona, que había sido fundado hacia
1257 para dar acogida a los estudiantes pobres interesados en la teología,
el discurso brillante de los grandes maestros se va hundiendo poco
poco en el olvido…

El tiempo se nos ha pasado volando y ya los últimos rayos de sol se han
consumido en el tamiz encantado de las vidrieras, dejando a las altas bóvedas
sumidas en la penumbra. Fuera, las torres se contraen con gesto adusto, y los
seres demoníacos que se
asoman a la ciudad desde las galerías
de la fachada, parecen contemplarnos con sorna. La catedral, encerrada ahora
en sí misma, se nos antoja un navío fantástico que surca la inmensidad de
la tarde dejando atrás una estela resplandeciente de sueños.

Al cruzar el Sena por el Petit Pont, el estrépito del tráfico nos
devuelve bruscamente a la realidad. Un poco más adelante, nos cruzamos con
una multitud abigarrada de jóvenes que se congregan en las
inmediaciones de la fuente Saint Michel. Dos chicas con mochilas a la
espalda, se despiden entre risas de un muchacho desgarbado con aire de
intelectual, que un momento después arranca su moto y se aleja, sorteando el
tráfico del bulevar. El aire, cargado de fragancias en las que se presiente
la primavera, se agita con las notas estridentes de un grupo de músicos
callejeros, que atacan con furia ritmos latinos frente a las
terrazas de los cafés. El alma de la ciudad se desborda, una vez más, por
sus calles, convertidas ya en ríos de luz.

Por Carlos Montuenga
Doctor en ciencias

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