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Pasaporte

Fecha de Publicación: 27 - 07 - 2011.

Hace poco alguien me dijo: “La espiritualidad y todo eso que vos decís suena  muy lindo, está muy bien, pero…  se te nota que a pesar de todo a veces seguís enojada o te da bronca y… al fin, entonces,  no es tan así…”

Pensé ¿que digo?

¿Cómo transmito lo que siento? Entonces  dije que sí, que realmente así es dado que no soy santa, largamente no tengo las cualidades de bondad que un santo tiene, ni su capacidad  de amor  o de fe. No es fácil lograrlo. No es fácil siquiera saber cómo practicarlo.

Pero se encuentra una serena gratitud al intentarlo, gratitud  ante cada posibilidad, ante algún logro por pequeño que sea en cada intento de soltar el ego que entorpece lo único verdadero: el Amor. Y agradecí profundamente que me hiciera ese comentario, porque me sostenía en tratar de ser menos débil  para cambiar. Porque  en su decir se vislumbraba  mi búsqueda – no para sentirme halagada- sino para  ver que se puede intentar y compartir con quien está a nuestro lado. Con nuestro próximo (prójimo) en un verdadero y amoroso ida y vuelta de acciones y testimonios.

La búsqueda de la meta espiritual nos lleva por el camino  a recorrer. La Esperanza lo ilumina, lo enfoca y la Fe lo sostiene.

Nada nos garantiza que además de lo positivo, lo que nos alegra, nos da disfrute, no tendremos  circunstancias desagradables, penosas, enfrentamientos, injusticias, etc. Pero el modo de  atravesar tanto aquellos como estos últimos, es otro cuando  estamos conectados con nuestra espiritualidad real, con la Fuente de nuestro ser, con Dios, con nuestros maestros. Tiene otra profundidad, otra proyección, conlleva paz. 

Sentimos que hay una mirada distinta para lo propio y lo ajeno ante el miedo, el agravio, el desprecio, la indiferencia, la revancha, el rencor, hasta ante el odio y la envidia. Podemos experimentar otro modo de sentir más profundo, más  de Hombre en trascendencia, que nos identifica con la comprensión del dolor ajeno a través del propio. Por la impaciencia de los demás, aunque sea por momentos, podemos llegar a la paciencia propia. Entender que la compasión es estar con pasión en la vida, en la mía y en la de los demás. Que esa pasión es fuerza espiritual que se transforma en instrumento, en vitalidad de sentimientos, es decir en abundancia de vida en uno mismo que también puede abarcar el alrededor.

Siento que como causa última la espiritualidad es en la escuela de la Tierra el pasaporte de nuestra evolución.

Gracias por permitirme compartir este sentir.

Diana Alvarez

Publicado en ETC. Magazine en Julio de 2011

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