Tango Todo

Platero y yo

Fecha de Publicación: 13 - 02 - 2006.

de Juan Ramón Jiménez
(Español – 1881-1958)

Capítulo XXX

El Canario vuela


Un día, el canario verde, no sé cómo ni por qué, voló de su jaula. Era
un canario viejo, recuerdo triste de una muerta, al que yo no había
dado libertad por miedo de que se muriera de hambre o de frío, o de que
se lo comieran los gatos.

Anduvo toda la mañana entre los granados del huerto, en el pino de la
puerta, por las lilas. Los niños estuvieron, toda la mañana también,
sentados en la galería, absortos en los breves vuelos del pajarillo
amarillento. Libre, Platero, holgaba junto a los rosales, jugando con
una mariposa.

A la tarde, el canario se vino al tejado de la casa grande, y allí se
quedó largo tiempo, latiendo en el tibio sol que declinaba. De pronto,
y sin saber nadie cómo ni por qué, apareció en la jaula, otra vez
alegre.

¡Qué alborozo en el jardín! Los niños saltaban, tocando las palmas,
arrebolados y rientes como auroras; Diana, loca, los seguía, ladrándole
a su propia y riente campanilla; Platero, contagiado, en un oleaje de
carnes de plata, igual que un chivillo, hacía corvetas, giraba sobre
sus patas, en un vals tosco, y poniéndose en las manos, daba coces al
aire claro y suave…

Capítulo XXXII
Libertad


Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un pajarillo
lleno de luz, que, sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su
preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero
detrás. Había por allí un bebedero umbrío, y unos muchachos traidores
le tenían puesto una red a los pájaros. El triste reclamillo se
levantaba hasta su pena, llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo.

La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del pinar vecino un
leve concierto de trinos exaltados, que venía y se alejaba, sin irse,
en el manso y áureo viento marero que ondulaba las copas. ¡Pobre
concierto inocente, tan cerca del mal corazón!

Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo
trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula frondosa, batí
palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rebuznaba una vez y otra,
rudamente. Y los ecos respondían, hondos y sonoros, como en el fondo de
un gran pozo. Los pájaros se fueron a otro pinar, cantando.

Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos violentos,
rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome las gracias, hasta
lastimarme el pecho.


Nota relacionada:

Juan Ramón Jimenez
Premio Nobel de Literatura en 1956 – Haga click aquí

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